La Plata, 20 julio (Especial para NA, por Marisa Alvarez) --
Como al país, una enorme sensación de alivio recorrió a la
Provincia al cabo de una semana que había comenzado con las
tensiones en su punto más agudo. Tras la conmoción que provocaron
las masivas concentraciones que celebraron el martes el campo y el
oficialismo -ambas con fuertes aportes bonaerenses- y el fenomenal
clima de incertidumbre que enmarcó a las 17 horas del debate de
las retenciones agrarias en el Senado de la Nación, la ciudadanía
recuperó la calma perdida. Y la clase política bonaerense también,
aunque para ella el alivio de estas horas funciona como apenas un
respiro.
En el interior de la Provincia, los productores celebraron con
asados un final de la crisis -el rechazo del proyecto oficial en
el Congreso, de la mano del vicepresidente Julio Cobos, y la
anulación de las retenciones móviles- en el que muy pocos
confiaban. A sus comunidades las espera la urgente tarea de
recuperación de sus economías. En los centros urbanos de la
Provincia, la gente entendió que el desenlace de ese conflicto
-que le sirvió para descargar sus propios reclamos y del que
terminó sintiéndose parte- le devolvía certidumbres perdidas.
Para los economistas, no todo se volvió súbitamente color de
rosa. Señalan, como lo vienen haciendo desde hace meses, que la
inflación -como consecuencia y expresión del "desvío" de múltiples
variables- deberá ser asumida ahora como lo que es, un alto riesgo
que requiere ser abordado sin dilaciones para que no se convierta
en un problema irreversible. Pero la sociedad, con derecho, quiere
disfrutar ahora del impagable sabor de los alivios que suceden a
las crisis.
De una forma u otra, también es de alivio el clima de estas
horas en la clase política bonaerense. Para muchos de sus actores
-los intendentes del interior, por caso-, la crisis del campo se
había convertido en una opresión insoportable. Pero en esos
ámbitos las preocupaciones no ceden. Saben que se vienen tiempos
de duros reacomodamientos, signados por las marcas que en cada
sector dejó este conflicto.
La dirigencia de la oposición se siente fortalecida. En la
Coalición Cívica, en la UCR, en el peronismo disidente, en el
macrismo, los dirigentes creen que en el transcurso de esta crisis
la ciudadanía los visualizó cerca de ella, en particular en la
pelea que dieron en el Congreso nacional en contra del proyecto
del Gobierno. Pero saben también que ese rédito puede tener menos
vida que un lirio si no se manejan con inteligencia de ahora en más.
Los sentimientos son bastante más complejos en el oficialismo
bonaerense. Su realidad es compleja, para decirlo -en consonancia
con la consigna de la hora- "sin dramatizar".
En las provincias agrarias, en especial sojeras, las rebeldías
despuntaron en el oficialismo desde el comienzo mismo de la crisis
del campo, con excepción de Buenos Aires. Teniendo el mando de la
Provincia, de más de un centenar de sus 134 municipios y de la
Legislatura, y con una legión clave en la Cámara de Diputados de
la Nación, el peronismo bonaerense se alineó sin fisuras con la
Casa Rosada -y con el jefe del PJ, Néstor Kirchner- del principio
al fin de la crisis. Apenas tres diputados -sobre más de 40-
votando en contra del proyecto del oficialismo fue la única
expresión bonaerense de disidencia a lo largo de todo ese proceso.
En esta hora de balance, en el propio oficialismo bonaerense
entienden que este proceso terminó con tres derrotas para el
kirchnerismo. Perdió la pulseada con el campo, a la que el
Gobierno definió como una guerra decisiva; perdió "la calle" -una
batalla resuelta drásticamente con los actos paralelos del martes
pasado en el Congreso y en Palermo-; y perdió el Congreso, donde
la votación de las retenciones lo dejó sin la mayoría holgada que
tenía en el Senado y a cuatro votos del fracaso en la Cámara baja.
Por eso, en el peronismo bonaerense el alivio por el fin de una
crisis que se le había tornado asfixiante no alcanzó a tapar el
doloroso impacto de la resolución. Asumen sus dirigentes que a
ellos también los afectó duramente tanta pérdida. "Esta derrota
muestra que fuimos verticalistas al servicio de una estrategia
gubernamental y partidaria que resultó equivocada", resumía este
fin de semana un referente del Conurbano.
El saldo final, dicen, arroja un desgaste del gobierno nacional
que los alcanza y un resquebrajamiento de derivaciones
imprevisibles del frente interno.
La pregunta es: ¿esa dirigencia no vio hasta que llegó el
desenlace que estaba siguiendo sin chistar una estrategia errónea,
como sí lo vieron los peronistas cordobeses, santafesinos y
entrerrianos, entre otros? ¿No creyó nunca que la razón podía
estar del lado de los ruralistas, que son por lo demás una parte
sustancial de los votantes de esta provincia? ¿O está signada por
una lealtad partidaria temeraria?
Una visión dura de este espacio dice que, por una "condición
genética, exacerbada por el kirchnerismo", el peronismo bonaerense
está compuesto por un 10% de oficialistas auténticos; otro 5% de
antioficialistas también genuinos; y un 85% de "oficialistas no
convencidos", que asumen esa posición por razones acomodaticias y
que, por lo tanto, sobreactúan hasta convertirse en obedientes ciegos.
Como sea, en estos meses, y en los últimos días en particular,
esa dirigencia vio el abismo. Y ya nada será igual.
Nadie imagina, en el propio sena de la fuerza, una rápida
formalización de líneas internas. Pero mientras un grupo
permanecerá ultrakirchnerista y otro seguirá yendo a tomar café
con Eduardo Duhalde hasta ver cómo evoluciona la situación, una
mayoría parece haber consolidado, con los acontecimientos de las
últimas horas, la intención de trabajar, con vistas a las
elecciones del 2009 y a la renovación de autoridades del PJ
provincial, en un armado que les otorgue identidad propia e
"independencia partidaria".
En sus palabras, apuntan a generar "un peronismo que tenga
autonomía de los liderazgos nacionales, de modo que un eventual
final del kirchnerismo no lo obligue a retroceder a esquemas y
jefaturas de varios años atrás".
Por su lado, Daniel Scioli busca atenuar los costos de su
alineamiento incondicional a la estrategia que la Casa Rosada y
Néstor Kirchner desarrollaron en la crisis del campo.
El Gobernador actuó desde la convicción de que, con los
gobiernos de las otras dos grandes provincias del país -Santa Fe y
Córdoba- parados en la vereda del campo desde el arranque mismo
del conflicto, un posicionamiento del gobierno bonaerense también
en favor de los ruralistas, desestabilizaría peligrosamente al
gobierno nacional. Entendió, así, que era una cuestión de
"responsabilidad institucional" respaldar a la Casa Rosada. Y a
ese factor se sumó la fuerte dependencia económica y financiera
que históricamente -y ahora también- tiene esta provincia con las
arcas de la Nación.
Pero en la Gobernación se analiza que hubo además gruesos
errores de cálculo en las evaluaciones políticas del conflicto que
le acercaron a Scioli. Aludían a una pulseada de corta duración y,
por lo tanto, de acotado desgaste. Apostaban a la capacidad de
Néstor y Cristina Kirchner para doblegar a quienes los confrontan
y para evitar desmadres. Se subestimaba la profundidad de la
protesta del campo y la adhesión que cosechaba en otros sectores
de la sociedad. Y nunca imaginaron un final de derrota de la Casa
Rosada. Pasó todo lo contrario.
En las tensas horas del jueves, aún sin señales sobre cómo
reaccionarían los Kirchner ante el rechazo del proyecto
oficialista en el Senado, Scioli marcó un límite. Salió a advertir
que había que respetar esa decisión y actuar en consecuencia; y a
rescatar como un logro de las instituciones ese veredicto legislativo.
Desde entonces, el Gobernador se ha cuidado de cuestionar la
decisión de Cobos, en una suerte de respaldo implícito; pide
autocrítica en el oficialismo. Y espera no tener que asumir en los
próximos tiempos posturas que no tengan que ver con cuestiones que
pueda resolver desde su gestión.
MA/EW