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Piazzolla:
"¿Yo que toco, lambada?"
"Tóquese un tango, maestro", le gritaban. ¿Y yo que toco, lambada?".
En los años 80 ya las cosas habían bajado de tenor: la discusión se
limitaba al humor y en todo caso a la indiferencia. Pero no pasó lo
mismo en los años '60: Piazzolla debió salir a defender a golpes de
puño su música, avasallada por las fuertes críticas del ámbito del
tango.
"Tuve que defenderme, pelear, discutir, pero también confieso que
me divertí. Sin darse cuenta me ayudaron a forjar la fama de Astor
Piazzolla", diría el músico años después. La controversia iba a propósito
de si su música era tango o no, a tal punto que Astor tuvo que llamarla
"música contemporánea de la ciudad de Buenos Aires". Lo más insólito
es que mientras esta discusión acaparaba la atención, el tango perdía
oyentes, bailarines y público a raudales y las orquestas debían achicarse
o desaparecer.
Pero no era sólo eso: Astor provocaba a todos con su vestimenta informal,
con su pose para tocar el bandoneón (actuaba de pie, frente a la tradición
de ceñirse al fueye sentado, como Troilo). Sus declaraciones sonaban
a reto. A comienzos de los años '60, Piazzolla aseguraba que Mariano
Mores era una copia fiel de Francisco Canaro y cuando le preguntaban
por la orquesta de Alfredo De Angelis, manifestaba: "¿No pueden estudiar
y tocar algo mejor?".
Es que justamente Astor llegó adonde el tango no llegó. No sólo por
su música: el público que captó el Quinteto estuvo integrado por universitarios,
jóvenes y el sector intelectual, si bien estaba lejos de ser masivo.
Ya tenía fama de duro y bravo, de peleador, estaba en pleno período
creativo y se rodeó de los mejores músicos: Elvino Vardaro, Antonio
Agri, Osvaldo Manzi, Kicho Díaz.
Excepto una solitaria vuelta al Octeto, la formación de la primera
parte de los '60 fue, básicamente, el quinteto. De la mano de Adiós,
Nonino, Decarísimo -dedicado a Julio De Caro, con quien
había mutua admiración- y Muerte del ángel comenzó a elaborar
un camino que tendría picos en su concierto de Philarmonic Hall de
New York, su álbum con Jorge Luis Borges y Edmundo Rivero, el trabajo
con Alfredo Alcón y Ernesto Sabato, el reigistro con el Polaco Goyeneche.
Sobre el filo de la década de los '60 protagonizó un dúo con Horacio
Ferrer -prueba de ello son los temas Bicicleta blanca, Balada
para mi muerte y Balada para un loco- más la cantante Amelita
Baltar corporizando las canciones en placas y en vivo -incluso en
el violento Primer Festival de la Canción de Buenos Aires-, pareja
de Astor por aquellos años, a quien consideraba una gran voz.
Tiempo después daría otra prueba de su humor: "Como yo estaba en pleno
metejón con Amelita Baltar no me daba cuenta de la voz que tenía.
Dicen que el amor es ciego, y en este caso, también sordo".
TERCERA PARTE: Piazzolla...
y en el 2020 también
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