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"Cuando
mi papá se enteró (en 1939) que yo trabajaba con Aníbal Troilo -relató
Astor- se vino para Buenos Aires, quería conocerlo. Debía hacer un
mes que estaba en la orquesta. Me acuerdo que fuimos a la casa de
Troilo, en la calle Soler, a comer una tallarinada que había preparado
su mamá. Mi papá hizo el viaje de ida y vuelta en el mismo día, en
la moto de un familiar. Nosotros en Mar del Plata siempre fuimos los
locos Piazzolla: mi abuelo, papá y yo. Cuando se despidió de Troilo
lagrimeaba, lo abrazó y delante de mí le dijo: "Cuídelo bien a mi
pibe, vea que apenas tiene 18 años, usted sabe lo que es la noche,
los cabarets, las mujeres". Troilo también se emocionó: "Quédese tranquilo,
don Vicente, yo me encargo de todo".
"Esa noche no teníamos actuación, entonces yo le dije a quien había
prometido cuidarme de todas las tentaciones. "Maestro, ¿qué le parece
si nos vamos a ese tugurio que hay en Avellaneda, el Doble Tres, a
ver si hacemos una diferencia jugando al pase inglés?" Yo no lo tuteaba,
ni siquiera le decía Pichuco, porque era siete años mayor que yo,
porque era el patrón y por la admiración que le tenía. El sí me tuteaba
a mí, pero estaba medio asombrado con mi propuesta: "¿Dónde aprendiste
a jugar a los dados?". Entonces le conté que a los doce años me escapaba
de mi casa de New York para ir a timbear. Troilo movió la cabeza de
un lado para el otro: "Gato, vos sos el diablo en persona, que Dios
te salve". Volvimos a las cinco de la mañana, secos los dos".
"Me puso Gato porque yo iba y venía, sin parar nunca. Estuve cinco
hermosos años en su orquesta, de 1939 a 1944. Fue otro bautismo
de tango, como el encuentro con Carlos Gardel o el descubrimiento
del Sexteto de Elvino Vardaro".
Fragmento del libro Astor Piazzolla. A la
manera de memorias por Natalia Gorín, Perfil Libros, 1990. |
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