Una pesada herencia
Por Ernesto Hadida, editor de Invertia Argentina

En 1983, el país que había dejado la dictadura militar era económicamente muy distinto al que encontraron las Fuerzas Armadas cuando, a través de un golpe de Estado, tomaron el control de la Nación el 24 de marzo de 1976. Los números hablan por sí solos: la deuda externa argentina aumentó de 7.875 millones de dólares en 1975 a 45.087 millones en 1983.

El mayor problema financiero que enfrenta el país en la actualidad nació, creció y se desarrolló durante la dictadura, y se triplicó entre 1976 y 1981, años en que el ministerio de Economía fue dirigido por José Alfredo Martínez de Hoz.

En materia económica, la contrapartida del establecimiento de una dictadura política que las Fuerzas Armadas bautizaron “Proceso de Reorganización Nacional”, fue una apertura comercial y una reforma financiera.

Martínez de Hoz, el primer titular de Economía de la dictadura, hijo pródigo de una antigua familia de terratenientes, integrante de la Sociedad Rural y formado en la monetarista escuela de Chicago, fue el encargado de llevar adelante el plan gestado para lograr una “nueva Argentina”, de acuerdo al slogan de la época.

Ese nuevo país comenzaba con la puesta en práctica de una idea que la sociedad argentina incorporó a su bagaje cotidiano de palabras: ajuste.

Plata dulce y tablitas amargas

El apretón económico de Martínez de Hoz comenzó con el congelamiento de los salarios de los trabajadores, que quedaron bajo el control de la Nación, que fijó aumentos en forma periódica. “El salario real ha llegado a un nivel excesivamente alto con en relación con la productividad de la economía”, afirmó el ministro en 1976.

El golpe que Martínez de Hoz le dio al salario real determinó que el ingreso de los trabajadores nunca vuelva a recuperarse: de hecho, entre 1976 y 1980 cayó un 40 por ciento. Los más afectados por esta caída fueron los obreros industriales, que sufrieron en sus bolsillos el derrumbe de la industria nacional.

Otra práctica que se inauguró en esa época fue el pedido de créditos a organismos internacionales: la Argentina recibió 400 millones de dólares de crédito por parte del FMI. Pero la administración de Martínez de Hoz tenía un enemigo aún peor para derrotar que el déficit fiscal: la inflación.

El país que encontró la dictadura estaba acosado por una creciente inflación que amenazaba con devorar la capacidad de consumo. En 1975, la inflación llega a subir mas del 300 por ciento al año, el PBI descendió un 1,4 por ciento y el PBI per cápita descendió un 3 por ciento. Mientras, los precios al consumidor subieron entre marzo del '75 y enero del '76 un 566,3 por ciento.

La respuesta que Martínez de Hoz encontró para una inflación creciente que, entre otras cosas, derrumbó la producción industrial y la hizo caer más de un 25 por ciento fue un experimento monetario: la famosa “tablita”.

En rigor, “la tablita” era un sistema de devaluaciones preanunciadas para que la ciudadanía, (y especialmente los empresarios) supieran cómo y cuándo se iba a devaluar. El plan de la tablita, especie de calendario de la devaluación, iba acompañado de una ley que traería aparejada la época de la “plata dulce”.

El 1 de junio de 1977 la “ley de entidades financieras” liberó el mercado de dinero y le dio garantía estatal a todos los depósitos a plazo fijo. Con esta norma, si un banco quebraba, el Estado devolvía el dinero. Comenzó así la especulación y la tristemente célebre “bicicleta financiera”.

Hasta la sanción de la ley de entidades financieras, la tasa de interés estuvo controlada por el Banco Central y siempre por debajo de la tasa de inflación, lo que le produjo un perjuicio a los ahorristas y un beneficio a los deudores (y a las empresas), ya que la deuda se licuó a través de la alta inflación.

Martínez de Hoz intentó corregir este proceso con un gesto totalmente liberal: mediante la ley de entidades financieras liberó las tasas de interés, por lo que cada banco ofreció a los ahorristas las tasas que creyó convenientes. Este mecanismo hizo que los bancos ofrecieran tasas de interés muy altas para captar más depósitos.

En octubre del '77, las tasas de interés alcanzaron un nivel del 135 por ciento anual. La distorsión de este mecanismo hizo que las empresas tuvieran que endeudarse en el extranjero, ya que debieron pagar altas tasas para lograr financiación en el mercado local.

Así, mientras los plazos fijos y las financieras se reprodujeron ferozmente, los que tomaron créditos hipotecarios durante esa época terminaron pagando tasas usurarias: el ejemplo fue la de la recordada circular 1.050 del Banco Central, que liberó las tasas de los créditos hipotecarios a la fluctuación del mercado, permitiendo a las entidades bancarias otorgar créditos a particulares sin fijar de antemano los intereses.

La circular 1050 determinó que miles de ahorristas terminaran pagando tasas siderales o que debieran entregarle sus viviendas al banco, ya que los intereses, fijados por un mercado de tasas que llegaron a mas del 100 por ciento al año, tornaba impagables los préstamos.

En 1978, el plan de Martínez de Hoz dio indicios de ser un fracaso total: la inflación anual llegó al 160 por ciento, y el PBI descendió durante ese año cerca de un 3,2%. Al crecimiento nulo del país se le sumaron los fuertes gastos del Estado: el 25 de junio del 1978 la Argentina ganó el Campeonato Mundial de Fútbol. Ese mundial, organizado en el país, costó cerca de US$ 500 millones, gasto que fue completamente cubierto por el Estado.

La perversión del sistema financiero se tornó difícil de dominar para el Gobierno: en 1979, los precios minoristas crecieron en un 139,7 por ciento, y la capacidad de consumo se redujo vertiginosamente. La situación de las empresas privadas empeoró, ya que, al abrirse la importación y disminuir el consumo, muchas de ellas debieron endeudarse en el exterior (debido a las altas tasa locales) para sobrevivir.

Al final, la distorsión en la banca terminó por perforar a muchas entidades financieras, que no pudieron hacer frente a sus obligaciones: el 28 de marzo de 1980 el Banco Central ordenó la liquidación del Banco de Intercambio Regional (BIR). A fines de ese año, cerca de 25 entidades financieras habían quebrado, casi todos bancos cooperativos o provinciales.

El fracaso de la gestión de Martínez de Hoz terminó por hacerse evidente cuando tuvo que tomar una resolución drástica: el 3 de febrero de 1981 el peso fue devaluado un 10 por ciento con relación al dólar.

Apostando al Dólar

Los ruidos políticos que acompañaron a la salida de la primera junta militar determinaron que el 29 de marzo de 1981 asuma un nuevo ministro, Lorenzo Sigaut. El nuevo ministro pasó a la historia por la frase “esta vez, el que apuesta al dólar pierde”.

Un mes después, Sigaut asistió a una nueva devaluación del peso: la moneda local perdió más de un 35 por ciento de su valor frente al dólar y se pagaron 8.800 pesos nuevos por unidad, el salario real cayó y se indexaron los créditos hipotecarios hasta mas de un 11 por ciento.

En tanto, la desocupación llegó al 5 por ciento y afectó a un millón de trabajadores. El PBI cayó ese año cerca de un 6 por ciento.

Durante 1982, Estados Unidos subió las tasas de interés, lo que empeoró aún más la situación de las empresas argentinas que buscaban financiamiento externo. Con el aumento de tasas, los capitales golondrina, que habían llegado a la Argentina por las altas tasas existentes, regresaron a Estados Unidos. El resultado del PBI cayó ese año un 5,7 por ciento.

Ese mismo año la guerra de Malvinas y la estatización de la deuda privada instrumentada por el presidente del Banco Central, Domingo Felipe Cavallo, no dejaron mucho margen para el crecimiento económico. A pesar que el nuevo ministro de Economía, Roberto Alemann, redujo el gasto al máximo, pero el país solo creció un 3,1 por ciento.

En 1983, con la llegada de la democracia, la dictadura militar abandonó el control del país. Sus últimos dos ministros de Economía son casi decorativos: José María Dagnino Pastore y Jorge Wehbe pilotearon la última etapa de la dirección financiera de la Nación, pero su tarea no fue más allá de meros actos administrativos.

Pastore y Wehbe intentaron, sin lograrlo, ordenar un poco las cuentas fiscales, a la espera de que el gobierno civil se hiciera cargo del desastre fiscal que deja el Gobierno.

La dictadura militar dejó una economía sin rumbo y un Estado quebrado: la deuda externa se cuadriplicó en los 7 años de gobierno del proceso; también aumentó la transferencia de capitales hacia el exterior y se redujo la producción y empleo industrial.

Como coroloario del proceso económico, también se lesionó la distribución del ingreso: la dictadura aumento la concentración de la riqueza, y entre 1976 y 1983 la brecha entre ricos y pobres creció un 50 por ciento.

La pesada herencia de la dictadura, expresada en la desmesurada deuda externa, debió ser afrontada por los posteriores gobiernos democráticos. Las promesas del equipo económico de la dictadura de desarrollar un capitalismo competitivo no sólo no se cumplieron, sino que comprometieron al país a un endeudamiento estructural que constituye, 25 años después, el punto mas vulnerable de la economía argentina.

 

Coordinación:
Diego Igal

Producción y textos: Guido Corsini, Leonardo D'Espósito, Martín Galarce y Víctor Pombinho.

Producción de archivo
y multimedia:

Nahuel Torterolo, Hernán Dzwonik y Damián Sánchez.

Diseño: Manuela Verrier