Se podría discutir si se podía evitar instaurar el "corralito" en ese momento (acaso hubiese sido más racional pensar la salida de la convertibilidad y obligar los bancos a traer plata). Pero una vez instituido el corralito se evaporó la confianza que podía subsistir en la banca. Cualquier persona que pueda disponer de un depósito congelado lo va a retirar, lo que es muy desestabilizador para el momento económico: levantar el corralito con la confianza destruida sería un golpe de gracia al esquema de salida de la convertibilidad.
Al mismo tiempo, tampoco es una opción dolarizar o volver a la convertibilidad al tiempo que se levanta el corralito: el público ya entendió la falsedad de la afirmación que asegura que "hay dólares suficientes para todos los que quieran canjear sus depósitos por dólares"; los depositantes seguirán reclamando sus fondos, y como el Banco Central no emite dólares, la dolarización o nueva convertibilidad se derrumbará con un gran crash bancario.
Con respecto al corralito, la actitud que el Banco Central debería tomar es obligar a los bancos extranjeros a que traigan el dinero; ¿o acaso no era el acceso de esos bancos a fondos externos una de las ventajas de la extranjerización del sistema bancario, fuertemente alentada desde 1995? (ese año la banca extranjera recibía 16% de los depósitos; hoy, recibe casi el 50%). Por otra parte, hay que establecer una separación entre depósitos viejos y nuevos: debe quedar claro que los nuevos depósitos no deben estar sujetos al corralito, para no trabar la actividad económica actual.
En ese sentido es posible levantar de manera progresiva el corralito en la medida en que se consiga que la banca extranjera traiga plata o que exista reactivación, con lo que habrá repatriación de capitales para poder aprovechar las nuevas oportunidades de negocios. Pero como la reactivación no figura en el manual del Fondo ni en la imaginación de los decisores locales, el futuro es incierto.
Por último, no es la menor de las paradojas el constatar que los autores de la actual catástrofe bancaria son equipos económicos que, en nombre de mantener o recuperar la confianza de los capitales y de los depositantes, aplicaron todos los planes recesivos y de ajuste más salvajes e ineficaces, para terminar haciendo polvo la confianza de los depositantes y llevar al país al default que fue imposible evitar, con lo que despedazó lo que quedaba de confianza externa.
En nombre de la confianza, el gobierno anterior tomó íntegro el libreto del establishment financiero y de sus "analistas", incorporando incluso novedades como las leyes de déficit cero y de intangibilidad de los depósitos; con esa política, Cavallo logró en pocos meses hacer pasar el riesgo país de menos de 1.000 puntos básicos a más de 4.000, sin reducir el déficit fiscal ni mantener la disponibilidad de los depósitos.
Quizás por eso Ralph G. Hawtrey -economista de la escuela marginalista neoclásica de Cambridge- señalaba en los años '30 que el manejo de un Banco Central es más un arte que una ciencia. Un arte cuyo secreto radica en prevenir las crisis más que en administrarlas, empleando para ello una política monetaria activa que limite la inestabilidad y apoye la inversión y la producción. Un arte para, ante una crisis, distinguir entre insolvencia e iliquidez, para decidir a quién se rescata, a quién se interviene o se liquida.
Pero también un arte que supone opciones políticas: decidir a quién se perjudica y a quién se beneficia en determinadas ocasiones (como se realizó con el corralito, la pesificación, los seguros de cambio...). Por discreta que parezca, por técnica que se anuncie, por neutra que se proclame, la acción del Banco Central siempre se inscribe en el marco de una opción política de fondo.