Un sistema bancario normal tiene en su vértice al Banco Central, que funciona como "el banco de los bancos" cuando presta a las entidades financieras en determinadas circunstancias (redescuentos por iliquidez, financiamiento de ciertas inversiones o exportaciones, por ejemplo); también toma depósitos y otros instrumentos financieros de estas entidades, a veces de manera imperativa (es el caso de los encajes y de los bonos de suscripción obligatoria), cuando quiere restringir la liquidez.
El Banco Central es el único que tiene el poder de emitir la "moneda central", materializada en los billetes y en las cuentas que los bancos tienen en ese banco. Ejerce la función de prestamista en última instancia: ante una crisis o necesidades imperiosas, cuando ya no funciona ningún otro recurso, entrega moneda a los bancos.
Ese es el rol que asume el Banco Central cuando tiene a su cargo el manejo de las crisis. Y de ahí viene el problema de entregar o no entregar dinero. De allí la importancia, en un sistema democrático, de un Banco Central que sea independiente (del establishment financiero, pero no de las instituciones nacionales, claro).
Además, con su potestad para fijar reservas obligatorias, el Banco Central puede quitarle a los bancos la disposición de sus recursos. Así, puede regular la actividad crediticia del resto de los bancos y, por esa vía, influir sobre la masa monetaria de un país.
Pero su función de regulador es mucho más amplia: el Central dicta normas para el funcionamiento de los bancos; supervisa el cumplimiento de la ley y de las citadas normas; controla el grado de liquidez y de solvencia de las entidades financieras; y hasta puede, en determinados casos, intervenir o liquidar esas entidades.
Parte de estas responsabilidades consisten también en la precaución, supervisión y prevención de crisis y malos manejos, exigencia de cumplimiento de requisitos de liquidez (caja, valores realizables líquidos).
El Central debe vigilar que los bancos se porten razonablemente bien a través de un fuerte poder de policía que permita prevenir una excesiva concentración del crédito y que también permita evitar especulaciones (que los bancos presten plata a evasores y mafias, o se dediquen a la especulación sobre el dólar, por ejemplo).
En síntesis, sin responder a los intereses de corto plazo del gobierno de turno, el Central tiene que ser independiente de los lobbies financieros. Debe existir una independencia operativa, pero no una independencia política; de lo contrario, quien hace la política económica es el Banco Central y no el Ministerio de Economía.