El equilibrio presupuestario es una norma simple y de aplicación casera. En principio, nadie debe gastar más de lo que gana. Pues bien, esta pauta elemental de comportamiento personal se complica cuando se la traslada al campo de la economía política, en el que participan otras variables y se actúa con una perspectiva de mediano plazo.
En ese campo intervienen los ciclos económicos y se ve con claridad que ese equilibrio es un instrumento de política y no un bien en sí mismo. Es elemental que en épocas de recesión haya que aumentar el gasto público, aunque se provoque déficit. En fases de auge, obviamente, es bueno disminuirlo. Pero los economistas neoliberales argentinos no se enteraron de esta verdad elemental.
El ejemplo clásico, repetido hasta el cansancio, es el de la Gran Depresión de Estados Unidos en los 30, en los que la política de ajuste del presidente Herbert Hoover llevó al desastre con cuentas equilibradas, mientras que el gasto público del presidente Franklin D. Roosevelt sacó al país de la crisis con fuertes déficit.
El cálculo es simple, pero excede al razonamiento de almacenero (con perdón de los almaceneros) que practican algunos economistas locales. Es obvio que si se renuncia al mayor factor de reactivación, que en este caso es el gasto público, se va a recaudar menos, con lo que se deberá realizar un nuevo ajuste (bajando más los sueldos y jubilaciones, por ejemplo). Al mes siguiente, seguramente se recaudará menos aún, y así sucesivamente.
Cuando se decide firmemente reactivar mediante el gasto público, en cambio, al poco tiempo esa reactivación aumentará la recaudación y terminará el círculo vicioso recesivo. El enemigo de la recesión es el gasto público y su aliado el menor gasto.
Este disparate económico de combatir una recesión con ajuste es el aconsejado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y ha sido criticado con dureza tanto dentro como fuera de Estados Unidos. En la Argentina tuvo su apogeo con la ley de déficit cero, que además de recesiva fue ineficiente. Si se proponía lograr que la Argentina pagara los intereses de una deuda dolarizada, no sirvió para nada.