La característica principal del presupuesto 2002, el primero después de la seguidilla de presidentes, la devaluación y la pesificación, marca más una continuidad con las políticas anteriores que una verdadera renovación del funcionamiento de la economía. Un ejercicio presupuestario mucho más continuista que transformador, lo que acrecienta las debilidades de la economía argentina.
Una idea recorre el texto: hay que conseguir dinero fresco. El Gobierno sólo imagina nuevos desembolsos del Fondo Monetario Internacional, para quien parece estar diseñado este presupuesto más que para los miembros de la representación nacional. Ninguna idea innovadora, y una sensación de deja vu que no augura políticas diferentes a las conocidas durante el decenio pasado.
La devaluación aparecía inevitable a fines del año pasado, cuando las únicas opciones eran saber si se devaluaba antes de que se terminaran las reservas o si se tomaba esa determinación ya sin reservas con las que evitar un sobreajuste del tipo de cambio. Asimismo, la pesificación es la medida correcta a instrumentar para evitar el descalabro final de la economía, pero la elección de ganadores y perdedores del proceso devaluación/pesificación no fue la más equitativa, y se perpetúa en el presupuesto.
En vez de salir de la convertibilidad con políticas activas en materia de distribución del ingreso y con fuertes compensaciones para los sectores de menores recursos y para el Estado mismo, la prodigiosa y trágica licuación de las deudas de grandes grupos empresarios, comparable al encadenamiento de seguros de cambio que va de Lorenzo Sigaut a Domingo Cavallo, hace pesar una nueva e innecesaria hipoteca sobre las chances de reactivación.
Sin embargo, en el presupuesto nada se dice sobre la manera en que el Estado, por lo tanto los ciudadanos, se harán cargo de esa transferencia de ingresos. También se mantienen los pagos por intereses de la deuda en un 50 por ciento, lo que no parece coherente con una moratoria efectiva.
El carácter recesivo del presupuesto se confirma con las bajas en determinadas partidas sociales, en particular en educación. Pierde así el Gobierno la oportunidad de distribuir moneda a agentes que la usarían no para comprar dólares, sino para adquirir bienes de primera necesidad, lo que podría operar como motor de arranque para la reactivación, sin efectos importantes en la inflación ni en la cotización del dólar.
Hay que superar la óptica monetarista que sólo se fija en la cantidad de moneda emitida y no en los canales que sigue, en los agentes que la reciben y en el uso que le dan. Aun si tras algunos cambios de mano esa emisión va a parar a alguien que la quiera usar especulativamente, ya se habrá recuperado una demanda de moneda por aquello que Keynes llamaba el "motivo de transacción".
Es sorprendente que pese a las experiencias recientes, acaso demasiado recientes, en materia de ajustes sucesivos y consiguientes fracasos se insista en el camino de la "austeridad fiscal".