Ante una devaluación, pedirán un tipo de cambio preferencial para pagar sus deudas, pero ocultarán los beneficios que, al mismo tiempo, le genera la devaluación.
Asimismo, un depositante que tenía una cuenta denominada en dólares querrá que se le entreguen billetes dólares, o que se le reconozca el tipo de cambio del mercado libre, por más que pueda haberse beneficiado por la pesificación en 1 a 1 de una deuda hipotecaria. Lo ideal sería hacer operar las debidas compensaciones y evitar ganancias injustificadas o pérdidas ruinosas.
De hecho, eso último podría hacerse con las deudas y activos dentro del sistema financiero argentino; la dificultad radica en que no hay una fórmula simple para aplicar, desde el momento en que la mayor parte de los activos en dólares del sector privado no financiero (al menos 120 mil millones de dólares) está en el extranjero.
Aunque en muchos casos una misma medida beneficia y perjudica a la vez a un determinado agente: por ejemplo, una persona se verá en parte perjudicada si se le pesifica un depósito en dólares a una tasa inferior a la del mercado libre, por ejemplo al tipo de cambio de 1,4 pesos por dólar (aunque en realidad gana mucho en poder de compra de bienes y servicios argentinos); pero al mismo tiempo se verá beneficiada si se le pesificó, en las mismas condiciones, una deuda en dólares.
Por ello, aparece como más simple pesificar todas las deudas y todas las acreencias en pesos de una sola vez, lo que favorecería a las grandes empresas que tengan fuerte endeudamiento en dólares (que sería pasado a pesos) y conserven importantes depósitos en dólares en el exterior. Un poco -o mucho- de inflación, provocada o no, y entonces el negocio esta completo: una nueva licuación de deudas.
No se trata de discriminar ahora por qué antes era igual para todos. Un sistema financiero siempre discrimina (si no, pregúntenle a alguna PyME por las facilidades de crédito en la era de la convertibilidad). Está en juego esta vez una discriminación positiva.
Así es como el Gobierno debe enfrentar el problema ineludible de discriminar entre grandes y pequeños deudores; de lo contrario corre el riesgo de salvar a quien no necesita ser salvado. La gran especialidad del modelo 1976-2002 es privatizar ganancias y socializar pérdidas, con las consecuencias a la vista.
En efecto, no tiene sentido regalarle dinero a las empresas que además de pasivos en dólares que declaran tienen activos en dólares, tanto en sistema financiero local como en el exterior. Por consiguiente es elemental que en la pesificación de la deuda a tasa preferencial se exija una declaración jurada sobre los activos en divisas que se poseen.
Las posibilidades de verificación son difíciles pero no imposibles en el plano internacional; son, por el contrario, en absoluto factibles fronteras adentro. Esta declaración sobre haberes en dólares, en particular en el exterior, debería ser una condición previa indispensable de la pesificación para grandes deudores.
Si, llegado el caso, los grandes principios son utilizados para esconder la fuga de capitales, si se considera el secreto bancario como el bien supremo, entonces existe la posibilidad de negar la pesificación de la deuda a quien no demuestre carencia de dólares.
Los bancos deberían moderar su apetito. En vez de pedir que se les compense la pesificación 1 a 1, deberían ser concientes que la compensación es el corralito. De hecho, deberían tener la posibilidad de elegir: compensar la pesificación pero sin corralito. ¿Qué preferirían?
La pesificación con facilidades es un instrumento político. No es la tabla de salvación generalizada, o no debería serlo. A los agentes chicos que no tienen otra opción, es factible -y hasta puede ser positivo- otorgarles la pesificación. Pero con las grandes empresas no existe ninguna razón: hay que estudiar el crédito, las garantías otorgadas, y si, por acaso, esas garantías no eran activos en dólares en el exterior (o en la Argentina).
Es un trabajo que requiere alguna capacidad técnica, bastante desarrollo jurídico, pero sobre todo precisa de decisión política. La Argentina de la post-convertiblidad se construye, para bien o para mal, todos los días.