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Buenos Aires, 14 de abril de 2004 - 01:17 hs. Última actualización 01:46
Una mirada a su obra oscura Alejandra Pizarnik en su castillo El testigo lúcido, nuevo libro de María Negroni, analiza los textos oscuros de la famosa poeta muerta en 1972, y explora la distancia entre vida, expresión, literatura y crimen.
La poesía de Alejandra Pizarnik es incómoda. Alejandra Pizarnik es un personaje incómodo. Y La condesa sangrienta es uno de los textos más incómodos que dejó esta poeta que decidió morir en 1972, y que estrechó hasta el límite la distancia que separa la literatura de la vida. Su suicidio fue quizá una decisión estética, y esta coherencia es uno de los postulados de El testigo lúcido, el nuevo libro de María Negroni editado por Beatriz Viterbo.
La excusa son los textos malditos de Alejandra Pizarnik: La bucanera de Pernambuco, Los poseídos entre lilas, Hilda la polígrafa, pero sobre todo La condesa sangrienta. Y la propuesta, analizar una escritura que encontraba en el crimen y la obscenidad los únicos materiales para la expresión.
En sus últimos años, y en sus últimos textos, Pizarnik estaba obsesionada con las excrecencias. Sus libros oscuros insisten en esa temática, y Negroni los emparenta con Osvaldo Lamborghini, que en textos como El Fiord o El niño proletario lleva hasta el límite la estética del barro, el asco y el ataque a los sentidos.
En esa prosa, lejos de las restricciones que impone la belleza, es donde se desata el discurso de Pizarnik. Son, para Negroni, los textos en los que Pizarnik "desemboca, después del fracaso de la poesía". Allí intenta resolver la imposibilidad de escribir, y quizá también la imposibilidad de vivir.La condesa sangrienta, reescritura de una leyenda medieval (que en su momento reescribió Valentine Penrose), es el ejemplo central para Negroni, desde el que parten todas las asociaciones: hacia el diario de Pizarnik y hacia toda su obra, pero también hacia otros discursos obscenos o analíticos: Sade, Julia Kristeva y los filos del texto sobre los que insistía Roland Barthes.
Cuando el lector logra acostumbrarse a la escritura de Negroni, que despliega una suerte de análisis poético para tejer metáforas cada vez más extensas, se llega a comprender por qué la autora se dedica al asedio, a rodear con imágenes cada una de sus ideas: para ella, las palabras mueren en el texto, son "cadáveres" de la representación. El impulso expresivo queda atrapado en la palabra, y por eso se hace necesario intentar otras cosas: sugerir, encontrar los sentidos nuevos y las puertas traseras del lenguaje.
Esa era también la condena de Pizarnik, el motor que la hacía cometer nuevos crímenes (escribir) que daban como resultado nuevos cadáveres (textos). Una lenta muerte en el lenguaje, un aplastamiento del que sólo se puede escapar con más escritura, con el crimen o el suicidio.
Y es también el ciclo que cumple una y otra vez la condesa medieval: luego de cada asesinato, las jóvenes vírgenes del placer se transforman en cadáveres, que pronto pueblan los sótanos de su castillo. El testigo lúcido es la propia Pizarnik, que asiste a cada nuevo fracaso, pero insiste en acercarse a la muerte.
Negroni se dedica a cubrir las omisiones que hasta ahora ha sufrido el análisis de estos textos oscuros de Pizarnik. Para ella, La Condesa Sangrienta nunca ha sido visto como una novela gótica. No es nuevo este rigor en Negroni, que ya publicó libros de ensayos como Ciudad gótica o Museo Negro en uno de cuyos capítulos estaba la semilla de este nuevo libro; quizá la novedad sea el punto de vista, que busca lo más oscuro de la escritura de Pizarnik, para alejarla de la vaporosa imagen romántica de la poeta consagrada post mortem, y devolverla al espacio más intenso e incómodo de la vanguardia.El testigo lúcido
La obra de sombra de Alejandra Pizarnik
Beatriz Viterbo Editora
$ 15
Terra
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