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Civilización y vergüenza
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Editorial
Lo banal, lo terrible

  De chico nunca me dio vergüenza meterme el dedo en la nariz. Tampoco preguntar lo que no se debe, ni dar rienda suelta a una curiosidad desbordada. Menos me molesta hablar de la intimidad en el lugar que no corresponde, como aquella vez en la que cambié una cita de negocios diciendo la pura verdad: “Tengo hora con el psicólogo”. Ellos –no entiendo por qué– se pusieron rojos; yo, no.

  Sin embargo, lejos estoy de la inmunidad. Peor, me avergüenzan cosas mucho más banales. Siento, por ejemplo, un pudor irremediable si no pago mis impuestos y mis cuentas en su exacto vencimiento. Incluso cuando los servicios eran estatales y había que hacer colas –y casi nadie cumplía– yo tenía mis boletas prolijamente al día. También me ruborizo groseramente si llego tarde a una reunión, y más aún si prometí hacer algo y luego lo olvidé. Ahí sí mendigo disculpas, imploro a los dioses para que me saquen de ese laberinto mental y juro reparar con creces mi error.

 Pero las situaciones particulares que provocan este sacudón (“Tierra, tragame”) resultan poco importantes. Cada uno lleva la suya, como una mochila que no entiende de lógicas y todos nos hermanamos, más allá de la causa original, en lo que sentimos cuando nuestros rostros, ya morados, parecen encogerse.

 Estos son, claro, conflictos personales, y de eso trata el número. Maldita sorpresa: mientras lo preparábamos nos atravesó el ataque a los Torres Gemelas de Nueva York, donde los muertos parecen superar los seis mil. Historias amputadas. Sueños detenidos. Violencia ciega, sangre encarnada en dogmatismo y muerte. Esto nos habla de otra indecencia –esta sí, honda, desgarradora– que hoy no incluimos. La del odio, la de la negación del diálogo. Ojalá no fuera necesario dedicarse a ella a futuro, aunque no parece que esta época regale ilusiones. Sería una vergüenza, sin embargo, no poder al menos soñarlas.