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Por Olga Viglieca | Periodista
  Civilización y barbarie Cómo cambió la noción de pudor a través de la historia

Da vergüenza estar sola el día entero arde un rubor terrible en su mejilla (pero la otra mejilla está eclipsada).

Con esa maestría describió la poeta mexicana Rosario Castellanos, en “Jornada de la soltera”, ese sentimiento cruel y casi obsceno que es la vergüenza; obsceno como todos los que comprometen el cuerpo de manera manifiesta, sin dejarle a la víctima la posibilidad de replegarse al hueco amargo pero protector de su soledad.

Porque la vergüenza avanza sin permiso sobre nuestra gestualidad como una sensación de alarma generalizada, de estupor urgido. Como una temblorina leve que agita las manos o desentona la barbilla mientras el rubor entorpece sin piedad el rostro, y hasta el cuello, y vuelve perceptible para cualquiera que nos precipitamos sin remedio en el temor al fracaso, al escándalo, a la impostura.
El rubor, esa vía de delación de nuestra vergüenza, tiene una explicación fisiológica: hay razones físicas para que sea evidente cuándo nos hundimos en el oprobio. El rubor, dicen, se produce como consecuencia del incremento del flujo de sangre en los capilares superficiales. Una emoción repentina puede provocar que los capilares se dilaten y se llenen de sangre, arruinándonos toda dignidad en la expresión. Conocí quien, a medida que se ponía rojo como un tomate, repasaba obsesivamente estas descripciones como un inútil conjuro cientificista. Un ritual maníaco al que la repetición del fracaso no había logrado desalojar.


A Y,  E V A
La vergüenza acompaña a los seres humanos desde el inicio de la Creación, si vamos a creerle a la Biblia. Y es justo pensar que fue imaginada para regodeo y autocomplacencia del poderoso. Obsérvese si no late cierta malicia la primera vez que el Libro sagrado la menciona, como si Dios, acechante, aguardara el momento en que la vergüenza iba a irrumpir para corromperles la vida a Adán y Eva en pleno paraíso:
“Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban”, dice el Génesis 2–25 para contar, apenas unos renglones después, que todo estado de gracia es breve y que, habiendo comido ya la pareja el fruto del árbol de la sabiduría, sólo se les antoja coserse un delantal con hojas de higuera para tapar sus cuerpos desnudos. El resto es sabido: el castigo ejemplar del Señor incluyó no sólo la expulsión del paraíso, la pérdida de la eternidad, la condena al trabajo, a los dolores de la parición y a otras aberraciones como ¡ay! la de avergonzarse de su propio cuerpo. La Biblia nos ofrece así tres enseñanzas que iban a marcar a fuego la libertad humana. Una: la sabiduría nos llena de vergüenza y nos condena a castigos implacables. Dos: las promesas del saber se condensan pronto en tediosas labores de punto. Tres: todas las calamidades humanas sobrevinieron por culpa de esa primera chica, desobediente e inquieta, condenada ad aeternum a avergonzarse de sí misma.

Por suerte y para alivio de nuestras trajinadas psiquis, en otros barrios de la misma época las preocupaciones eran distintas. No eran los cuerpos desnudos, las avideces eróticas o la seducción del conocimiento los que enrojecían las mejillas helénicas sino las repetidas ofrendas a Baco, las libaciones de la dulce vid del Peloponeso. Los griegos amaban sus cuerpos y les dedicaban tiempo y atención: hacia fines del siglo V a.C., varias ciudades tenían instalaciones que ofrecían baños de vapor y piscinas mixtas de agua caliente, templada y fría. El baño se convertía así en un complicado ritual de cuidados corporales, que incluía la práctica de ejercicios, masajes con aceites perfumados, una sucesión de baños a diferentes temperaturas, limpieza a fondo del aceite y el sudor de la piel y, al final, un nuevo ungimiento con cremas u otros afeites. El cuerpo, entonces, como reservorio de cuidados y cantera de placeres. Tal vez la mirada pícara y plural de los dioses olímpicos salvó a Grecia de la vergüenza bíblica y la alentó a vivir sin sonrojos los matices de la sensualidad y las exaltaciones de la pasión.

Para los griegos de la Antigüedad la discreción no era una virtud: así como el cuerpo podía ser expuesto a los ojos lujuriosos de dioses y mortales, también los sentimientos podían ser expresados libremente, sin vergüenza. La obediencia a la divinidad no era un mérito –toda la mitología griega es una pulseada de suerte diversa entre los dioses y los humanos– y las lágrimas no estaban reñidas con el coraje y el heroísmo. La idea tanguera de que “un hombre macho no debe llorar”, de que llorar –para los varones– es un acto bochornoso, no hunde ciertamente sus raíces en la época clásica. Y suplicar la ayuda de mami –eso que se le reprocha burlonamente a un gurrumín apenas cruza la puerta del jardín de infantes– era práctica habitual de los héroes homéricos, que no sólo suplicaban la ayuda de mami sino que lo hacían, sin vergüenza, a grito pelado. Y si no, alcanza con echarle una miradita a La Ilíada.

Aquiles era el más célebre y valiente de los guerreros griegos, esperanza de las tropas que habían invadido Troya en busca de la versátil Helena. Su madre, la ninfa Tetis, había vuelto a Aquiles invulnerable, excepto en un talón. Avanzada la guerra de Troya, el joven Aquiles se vio obligado –por un enroque injusto– a entregar a su amada Briseida para compensar un renuncio del gran jefe Agamenón. El capricho de Agamenón había desencadenado la furia de Apolo sobre las huestes helénicas y Aquiles entregó su adorado botín de guerra para aplacar al jefe, que había tenido que entregar el suyo para aplacar al dios. Acto seguido, cual cantante de boleros, el guerrero se abandona a su dolor sentado a la orillita del mar. ¿Y por quién clama el invulnerable Aquiles? Clama por su madre, por Tetis. Y la santa no le falla: presta, sube desde los abismos a secar las lágrimas de su hijo, a acariciarle los ensortijados rulos y a prometerle que se echará a las rodillas de Zeus hasta lograr que el jefe del Olimpo vengue el oprobio que acaba de sufrir su chico. Nadie se extraña ni avergüenza de ese trámite y nadie pone por ello en duda los atributos de semihéroe de Aquiles.

No es que los griegos no conocieran la vergüenza. La conocían, pero aplicada a otros acontecimientos. La vergüenza del griego era una vergüenza política y social, que tenía un referente preciso y preciado: las leyes de la polis, el respeto a la opinión pública. Era una vergüenza de ciudadanos que se miraban y juzgaban entre sí, buscando apasionadamente la estimación pública y ser recordados por toda la eternidad. Los héroes griegos no actuaban motivados en razones psicológicas, subjetivas o individuales sino impulsados por la exigencia de los semejantes, por el acatamiento al orden simbólico que sostenía la ciudad. Recién el monoteísmo cristiano logró transformar la vergüenza pública, la vergüenza trágica de los griegos, en culpa privada, en la secuencia pecado-confesión-arrepentimiento.

Este viraje de la cultura de la vergüenza a la cultura de la culpa produjo una de las confusiones más perdurables de la humanidad: la “des-politización” de los actos individuales, una engañifa cuya impostura el feminismo develaría con mucho esfuerzo dos milenios después, sintetizada en una frase: “lo personal es político”. Pero que a grandes trazos se mantiene inconmovible.




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Número 27/ El hombre y la mujer
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