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vergüenza estar sola el día entero arde un rubor terrible en su mejilla (pero
la otra mejilla está eclipsada).
Con esa maestría describió la poeta
mexicana Rosario Castellanos, en “Jornada de la soltera”, ese sentimiento cruel
y casi obsceno que es la vergüenza; obsceno como todos los que comprometen el
cuerpo de manera manifiesta, sin dejarle a la víctima la posibilidad de replegarse
al hueco amargo pero protector de su soledad.
Porque
la vergüenza avanza sin permiso sobre nuestra gestualidad como una sensación de
alarma generalizada, de estupor urgido. Como una temblorina leve que agita las
manos o desentona la barbilla mientras el rubor entorpece sin piedad el rostro,
y hasta el cuello, y vuelve perceptible para cualquiera que nos precipitamos sin
remedio en el temor al fracaso, al escándalo, a la impostura. El
rubor, esa vía de delación de nuestra vergüenza, tiene una explicación fisiológica:
hay razones físicas para que sea evidente cuándo nos hundimos en el oprobio. El
rubor, dicen, se produce como consecuencia del incremento del flujo de sangre
en los capilares superficiales. Una emoción repentina puede provocar que los capilares
se dilaten y se llenen de sangre, arruinándonos toda dignidad en la expresión.
Conocí quien, a medida que se ponía rojo como un tomate, repasaba obsesivamente
estas descripciones como un inútil conjuro cientificista. Un ritual maníaco al
que la repetición del fracaso no había logrado desalojar.
A
Y, E V A La vergüenza acompaña a los seres humanos desde
el inicio de la Creación, si vamos a creerle a la Biblia. Y es justo pensar que
fue imaginada para regodeo y autocomplacencia del poderoso. Obsérvese si no late
cierta malicia la primera vez que el Libro sagrado la menciona, como si Dios,
acechante, aguardara el momento en que la vergüenza iba a irrumpir para corromperles
la vida a Adán y Eva en pleno paraíso: “Y estaban ambos desnudos, Adán
y su mujer, y no se avergonzaban”, dice el Génesis 2–25 para contar, apenas
unos renglones después, que todo estado de gracia es breve y que, habiendo comido
ya la pareja el fruto del árbol de la sabiduría, sólo se les antoja coserse un
delantal con hojas de higuera para tapar sus cuerpos desnudos. El resto es sabido:
el castigo ejemplar del Señor incluyó no sólo la expulsión del paraíso, la pérdida
de la eternidad, la condena al trabajo, a los dolores de la parición y a otras
aberraciones como ¡ay! la de avergonzarse de su propio cuerpo. La Biblia nos ofrece
así tres enseñanzas que iban a marcar a fuego la libertad humana. Una: la sabiduría
nos llena de vergüenza y nos condena a castigos implacables. Dos: las promesas
del saber se condensan pronto en tediosas labores de punto. Tres: todas las calamidades
humanas sobrevinieron por culpa de esa primera chica, desobediente e inquieta,
condenada ad aeternum a avergonzarse de sí misma.
Por suerte y para alivio de nuestras trajinadas psiquis, en otros barrios de la
misma época las preocupaciones eran distintas. No eran los cuerpos desnudos, las
avideces eróticas o la seducción del conocimiento los que enrojecían las mejillas
helénicas sino las repetidas ofrendas a Baco, las libaciones de la dulce vid del
Peloponeso. Los griegos amaban sus cuerpos y les dedicaban tiempo y atención:
hacia fines del siglo V a.C., varias ciudades tenían instalaciones que ofrecían
baños de vapor y piscinas mixtas de agua caliente, templada y fría. El baño se
convertía así en un complicado ritual de cuidados corporales, que incluía la práctica
de ejercicios, masajes con aceites perfumados, una sucesión de baños a diferentes
temperaturas, limpieza a fondo del aceite y el sudor de la piel y, al final, un
nuevo ungimiento con cremas u otros afeites. El cuerpo, entonces, como reservorio
de cuidados y cantera de placeres. Tal vez la mirada pícara y plural de los dioses
olímpicos salvó a Grecia de la vergüenza bíblica y la alentó a vivir sin sonrojos
los matices de la sensualidad y las exaltaciones de la pasión.
Para los griegos de la Antigüedad la discreción no era una virtud: así como el
cuerpo podía ser expuesto a los ojos lujuriosos de dioses y mortales, también
los sentimientos podían ser expresados libremente, sin vergüenza. La obediencia
a la divinidad no era un mérito –toda la mitología griega es una pulseada de suerte
diversa entre los dioses y los humanos– y las lágrimas no estaban reñidas con
el coraje y el heroísmo. La idea tanguera de que “un hombre macho no debe llorar”,
de que llorar –para los varones– es un acto bochornoso, no hunde ciertamente sus
raíces en la época clásica. Y suplicar la ayuda de mami –eso que se le reprocha
burlonamente a un gurrumín apenas cruza la puerta del jardín de infantes– era
práctica habitual de los héroes homéricos, que no sólo suplicaban la ayuda de
mami sino que lo hacían, sin vergüenza, a grito pelado. Y si no, alcanza con echarle
una miradita a La Ilíada.
Aquiles era el más
célebre y valiente de los guerreros griegos, esperanza de las tropas que habían
invadido Troya en busca de la versátil Helena. Su madre, la ninfa Tetis, había
vuelto a Aquiles invulnerable, excepto en un talón. Avanzada la guerra de Troya,
el joven Aquiles se vio obligado –por un enroque injusto– a entregar a su amada
Briseida para compensar un renuncio del gran jefe Agamenón. El capricho de Agamenón
había desencadenado la furia de Apolo sobre las huestes helénicas y Aquiles entregó
su adorado botín de guerra para aplacar al jefe, que había tenido que entregar
el suyo para aplacar al dios. Acto seguido, cual cantante de boleros, el guerrero
se abandona a su dolor sentado a la orillita del mar. ¿Y por quién clama el invulnerable
Aquiles? Clama por su madre, por Tetis. Y la santa no le falla: presta, sube desde
los abismos a secar las lágrimas de su hijo, a acariciarle los ensortijados rulos
y a prometerle que se echará a las rodillas de Zeus hasta lograr que el jefe del
Olimpo vengue el oprobio que acaba de sufrir su chico. Nadie se extraña ni avergüenza
de ese trámite y nadie pone por ello en duda los atributos de semihéroe de Aquiles.
No es que los griegos no conocieran la vergüenza. La
conocían, pero aplicada a otros acontecimientos. La vergüenza del griego era una
vergüenza política y social, que tenía un referente preciso y preciado: las leyes
de la polis, el respeto a la opinión pública. Era una vergüenza de ciudadanos
que se miraban y juzgaban entre sí, buscando apasionadamente la estimación pública
y ser recordados por toda la eternidad. Los héroes griegos no actuaban motivados
en razones psicológicas, subjetivas o individuales sino impulsados por la exigencia
de los semejantes, por el acatamiento al orden simbólico que sostenía la ciudad.
Recién el monoteísmo cristiano logró transformar la vergüenza pública, la vergüenza
trágica de los griegos, en culpa privada, en la secuencia pecado-confesión-arrepentimiento.
Este viraje de la cultura de la vergüenza a la cultura
de la culpa produjo una de las confusiones más perdurables de la humanidad: la
“des-politización” de los actos individuales, una engañifa cuya impostura el feminismo
develaría con mucho esfuerzo dos milenios después, sintetizada en una frase: “lo
personal es político”. Pero que a grandes trazos se mantiene inconmovible.
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