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Por
Héctor Yudchak | Periodista Coautor del libro “El diario y la radio
van a la escuela” |  |
| | | ¿Que
fue de tu vida? |  |
Hoy
les voy a hablar de Juan. Un bocho, miren. En la primaria siempre el mejor alumno
del grado y, si me apuran, del colegio. Sempiterno abanderado, capo di tutti capi.
Lector empedernido, genio precoz, nacido de una humilde familia de Berazategui.
Y cuando les digo humilde quiero decir humilde. Con un padre medio abandónico,
porque trabajaba de mozo y no estaba nunca en la casa, y una madre fregona y gruñona.
Para colmo, a los pocos años le nació un hermanito y a partir de ese momento la
casa de Juan, se los juro, olía a pañal todo el día. En el comedor, donde Juan
tenía su sillón cama, había siempre un gran desorden y bastante mugre. Las revistas
de Juan se acumulaban en pilas inconmensurables y caóticas. Cómics y cosas así.
Nos fascinaba el álbum D’Artagnan, por sus grandes personajes, Dennis Martin,
Jackaroe y el enigmático Nippur de Lagash. Hoy les quiero hablar
de Juan, el tipo que me inició en la ciencia ficción, gran amante del rock progresivo.
Juan soñaba con ser el primer astronauta argentino, siempre lo decía. Y además
pensaba que para la época en que él fuera al espacio su primer destino sería Omega
Prima. No sé de dónde había sacado ese nombre pero tenías que creerle porque todos
nos dábamos cuenta de que Juan era un pibe fuera de lo común. Me acuerdo cuando
nos rateamos juntos al zoológico, gran rateada la nuestra. Nos tomamos un café
con leche con medias lunas en un barsucho y pateamos por ese zoológico feo y sucio
donde las ratas dominaban el terreno del león. De cada animal Juan aportaba datos
que ni los pocos guías que orientaban a los visitantes conocían. Me acuerdo que
uno lo miró y le dijo: “Pibe, sos canchero, ¿de dónde saliste vos?” Juan lo miró
con esos ojos chiquitos, achinados, que siempre cerraba un poco y que le daban
un aire intelectual raro en un chico y le contestó: “Seguramente no de un agujero
como vos”. El tipo nos corrió una cuadra afuera del zoológico. Cuando lo perdimos
de vista, nos cagamos de risa dos horas.
Hoy quiero
hablar de Juan. Yo lo envidiaba tanto, creo que él nunca se dio cuenta. Claro,
para él la amistad era algo vital, sanguíneo, era pura acción, nada de ponerse
a pensar demasiado en algo tan nimio como los sentimientos. Me parece que los
genios tienen siempre problemas con sus emociones y con las relaciones humanas
en general. Es como que están tan absortos en sus pensamientos tratando de ordenar
ese caos creador que tienen en sus cabezas que no perciben ni al mundo ni a las
personas que los rodean.
Juan tenía, además, un especial
magnetismo con las chicas. Fue el primero en tocarle una teta a la Galíndez. La
Galíndez fue la primera en tener tetas en el grado. Era un fenómeno, y todos soñábamos
con la Galíndez. Juan dijo un día: “Yo le voy a tocar una teta a la Galíndez”.
Y así fue nomás. Y se la ganó a puro chamuyo. Nada de malas artes. No sé si lo
deseaba tanto como si fuera un desafío, y para Juan no había nada que lo atrajera
más que aquello que nadie se animaba a hacer. El deporte no tenía mucha cabida
en la vida de Juan. Pero cuando se dio cuenta de que para que lo respetasen en
la barra tenía que jugar al fútbol y, además, no ser un tronco, me pidió que le
explicara “cómo es esto de la pelota” y al rato se había adueñado del medio campo,
como un caudillo de pura cepa al que todos querían en su equipo.
A mí me daba la impresión de que Juan podía ser lo que quisiera ser. No hablábamos
mucho del futuro pero yo lo imaginaba simultáneamente estrella de rock, figura
de la primera de Boca y periodista consagrado de la televisión, quizá porque era
todo lo que yo anhelaba ser. Y se iba a casar con la mejor mina. Y la vida le
sonreiría siempre, no porque fuera una decisión de la vida, sino por su propia
determinación. Hoy quiero hablarles de Juan. Porque acabo de verlo, en una de
las multitudinarias veredas del Once, con una bandeja colgando de su cuello, vendiendo
pilas, radios de dos pesos o alguna otra porquería fabricada en Taiwán. Un Juan
gastado, avejentado mal, con el cabello desordenado, a medio afeitar, con unos
grandes anteojos pasados de moda. Yo venía boludeando, mirando vidrieras y me
di cuenta de quién era en una rápida cruzada de miradas. El no pareció reconocerme
o quizá participó voluntariamente del silencioso pacto que se estableció en ese
instante entre nosotros. Sentí fuego en la cara y una necesidad imperiosa de alejarme.
Agaché la cabeza y dejé que me tragara rápidamente la boca del subterráneo.
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