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Marcela Stieben | Periodista |  |
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madre soltera |  |
Cuando
el empleado de la sección Personal del extinto diario Tiempo Argentino
me preguntó algunos datos básicos para armar mi ficha-legajo yo estaba detrás
de un mostrador que me separaba de los empleados y él, sentado en su escritorio.
Casi con hastío, comenzó el interrogatorio de rutina: –¿Nombres?
–Marcela Beatriz. –¿Apellido? –Stieben,
se lo deletreo: S-T-I-E-B-E-N, de los alemanes del Volga.
–¿Fecha de nacimiento? –17 de octubre de 1957. –¿Estado civil?
–Soltera. –Bueno, entonces hijos no tiene... –... –Ah,
perdón, como me dijo que no estaba casada, yo pensé... –No tiene
por qué disculparse, está todo bien. –Es que yo no sabía, perdón,
je,je... Claro, qué tiene que ver el matrimonio con...
Viví este anecdótico episodio hace casi veinte años y nunca lo olvido, me asombra
que la maternidad pueda generar vergüenza porque esté fuera del matrimonio, pero
a esta altura de mi vida, con casi 44 años, debería saber que no vivimos en la
aldea de Los Pitufos... Este empleado se puso colorado cuando quedó
al descubierto que esa mujer (yo) que estaba completando los trámites para quedar
efectiva en el diario, portaría de por vida la irrefutable “prueba del delito”:
haberme entregado al amor y admitirlo en mi cuerpo. Un año antes, cuando estaba
de tres meses de embarazo, trabajaba en la redacción de una conocida revista y
el día en que tomé coraje para sincerarme con mis compañeros tuve una sorpresa
nada agradable. Pablo Tissera, un cura amigo con quien tomamos pavas y pavas de
mate en esa época, solía decirme: “Marcela, en algún momento te vas a tener que
sacar el cinturón, decirle al mundo que esperás un bebé”. A ver si se entiende
de qué hablo cuando digo tomé coraje: si una mujer tiene pareja (se casó, vive
con su novio, tiene un matrimonio de larga data o lo que fuera) y queda embarazada,
llega a su trabajo y lo cuenta y está todo dentro de “lo normal”. Seguramente
si me importara menos lo que los demás piensen de mí no me habría hecho mucho
problema, pero todos sabían que vivía sola y si tenía novio o no era algo que
nadie conocía. El hecho fue que cuando lo dije tuve a la mitad de la redacción
felicitándome y a la otra mitad diciendo cosas como: “Bien que me parecías una
santita, mirá lo que resultaste ser”. Sucede que habían jugado un Prode conmigo,
apostando dinero a si yo estaba embarazada o gorda. Los que ganaron estaban felices.
Y los que no, me odiaban y criticaban.
A la vergüenza
que me dio la burla y la mirada de los que sentían que yo había pasado los límites
de la decencia se sumó que la jefa de redacción me despidió al día siguiente.
Desde entonces peregriné por las redacciones buscando trabajo embarazada.
Yo venía batallando con el tema de la panza sin marido desde hacía tiempo: cuando
estaba embarazada soporté que mi padre me diera vuelta la cara cada vez que yo
pasaba cerca suyo... Su hija no sólo vivía sola y esperaba un bebé sin casarse;
el golpe mortal fue que todo el mundo supiera, casi como si portara un cartel
luminoso, lo que había hecho puertas adentro en mi casa, con mi sexualidad e intimidad...
Y si en algunas tribus se exhibe la sábana manchada de sangre para que la comunidad
entera verifique que la niña que ha contraído matrimonio era virgen, en este caso
el barrio entero comprobaría que ya no lo era... Una ceremonia nupcial hubiera
exorcizado el mal trago, quizá por eso cuando le dije a mi padre “Viejo, lo que
voy a decirte es tan difícil para vos como para mí, tengo que contarte algo: vas
a ser abuelo”, él se agarró la cabeza con las dos manos y sin mirarme (no me miró
en todo el embarazo) me preguntó, como buscando un milagro: “¿Y cuándo te casás?”
Cuando mi hijo nació fue un muy buen abuelo, pero no pudo tolerar la vergüenza
que le daba que su hija estuviera embarazada sin casarse. Era más fuerte que él...
Muchos creen que en esta época ya no hay discriminación
hacia las madres solteras. Se equivocan. Es cierto que no vivimos en tiempos medievales,
pero el prejuicio y la sonrisita se llevan de maravillas a la hora de señalarte
con el dedo, mientras otro sector de la misma sociedad te dice que sos por poco
la madre Teresa de Calcuta. Ni una cosa ni la otra...
Aprendí todo lo que pude de cada experiencia que tuve en la vida, pero se ve que
de algunas cosas uno no se libera tan fácilmente y a mí me pasó que adoré a mis
hijos desde siempre, desde que supe que existían en mi útero, pero lo que no podía
soportar era el juicio social. Por eso, cuando “reincidí”, ocho años después,
mi padre volvió a dejar de mirarme (esta vez golpeó puertas, ventanas, tiró ceniceros
por el aire y rompió cuanto pudo) y yo volví a no saber cuándo admitiría que no
estaba gorda sino que esa panza correspondía a un embarazo.
A mí, que me gusta que nadie se meta con mi vida, no me resultaba nada fácil que
mi sexualidad estuviera así de expuesta y que todos se creyeran con derecho a
preguntarme lo que les viniera en gana. Salía de casa tapándome la panza con mi
maletín para ir a trabajar hasta que nuevamente tomé coraje y pude decirlo.
Mis dos hijos son mis soles, son lo más grande y bello que me sucedió en la vida,
pero en ambos embarazos sentí deseos de vivir en una sociedad que no te haga sentir
vergüenza por comportarte de un modo diferente.
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