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Por
Marcelo Birmajer
Escritor, su último libro es “Nuevas historias de
hombres casados”
Fotos: Luciana Betesh |
| | | La
vez que no pude |  |
Existen
varias especies de vergüenza. Nos avergüenza decir una estupidez, y podemos
entender este sentimiento como un modo de autodefensa y propensión al conocimiento:
para no sentir nuevamente esa vergüenza –una sensación desagradable, hiriente–
procuramos ser más discretos, informarnos mejor, respetar el conocimiento del
otro. Esta clase de vergüenza nos ayuda a librarnos de una de las peores experiencias
humanas: insistir en la estupidez. Existe también la vergüenza por haber cometido
un acto al que sabemos injustamente perjudicial para el prójimo. No sabemos bien
por qué lo hicimos, pero la vergüenza nos recuerda que el otro existe y lo estamos
dañando. También en este caso la vergüenza tiene un sentido positivo, una suerte
de “voz de la conciencia” que, como un shock eléctrico, nos permite distinguir
lo bueno de lo malo, lo atinado de lo estúpido. Sin embargo, existe una clase
de vergüenza sin sentido. Es la vergüenza que sentimos cuando se nos acerca la
persona que más nos gusta, es la vergüenza que sentimos porque sí, en el amor.
Es una vergüenza sin utilidad evidente: es la forma de vergüenza que más me gusta.
A los 17 años me enamoré perdidamente de la hija de un panadero, llamada Amanda.
Atendía el negocio de su padre a la vuelta de la casa de mi madre. Yo por entonces
no le revelé la canción de Víctor Jara que formaba parte de mi liturgia. Pero
lo cierto es que te recuerdo, Amanda. Me atraían tantas cosas de ella y ninguna
era normal, mientras que ella era, al menos por entonces, la chica más normal
que he conocido en mi vida: me atraía el hecho de formar parte de dos mundos enteramente
distintos –yo terminaba el secundario, era un militante de izquierda y no sabía
qué haría de mi vida, excepto intentar zafar del servicio militar; ella le tenía
miedo a la palabra “política”, sabía que trabajaría de panadera toda su vida y
sentía un moderado respeto por nuestras fuerzas armadas–. Me gustaba la blanca
opulencia de su cuerpo, siempre enfundado en un amplio vestido. Imaginaba sumergir
mi rostro en sus pechos como merengues y lamerle los pezones como bombones. Todo
el cuadro era terriblemente excitante para mi gula y mi lujuria, con el agravante
de que yo aún no había conocido mujer. No quería visitar prostitutas y había decidido
que, si me tocaba hacer el servicio militar sin antes haberme acostado con una
mujer, desertaría. Me fugaría. Pensaba fugarme primero a Uruguay y luego a Suiza.
No sabía con qué dinero. Pero el primer paso en mi camino hacia la adultez debía
ser, había decidido, poseer a Amanda. Comérmela como me comería uno de esos merengues
blandos –no los duros con dulce de leche y una guinda de mentira sino esas cosas
cremosas, prohibidas de tan dulces–.
Yo siempre le hacía
chistes a Amanda en la panadería, trataba de encontrar un tema y terminaba hablando
de lo que ella quisiera: del clima, de lo caro que estaba todo. Aunque tenía mis
límites: nunca acepté ninguno de sus comentarios en contra de la libertad de expresión.
De algún modo, como fuere, me las arreglé para que no resultara absurdo invitarla
a salir. Amanda no conocía mi vida como izquierdista y, salvo mi más íntimo amigo,
ningún otro sabía de la existencia de mi amor por Amanda. Pensé dos veces en pasarla
a buscar con un regalo, a la salida de su día laboral. Pero, ¿qué regalarle? Libros
me había dicho que no leía. Cuando le pregunté qué música le gustaba, me respondió:
“la radio”. Y aparecerme con una caja de bombones en esa suerte de casa de Hansel
y Gretel que era su propia panadería se me antojaba una redundancia.
Un día, sin pensar, me apersoné en la panadería a las ocho y media de la noche,
hora de cierre, con las manos vacías y detrás de la espalda. Pero salió junto
con el padre, que me miró como si me hubiera acabado de convertir en ladrón, y
tuve que desentenderme de la situación fingiendo que deseaba un kilo de miñoncitos
a última hora. En realidad, yo deseaba varios kilos de miñoncitos, la cantidad
de kilos que pesara su hija, yo la quería tener con manteca. Pero me llevé el
pan a casa. Tres días después me salvé de la colimba gracias a mi calamitoso estado
mental y tomé una decisión. Siguiendo los pasos de Michael Corleone en El Padrino
II, copiándolo desembozadamente, hasta en la ropa, me acerqué un día a las seis
y media de la mañana a la panadería y, amparado por el dulce y cálido olor del
pan recién hecho, le pedí permiso a don Vicente para salir con su hija. Don Vicente
me miró durante un largo rato: gracias a Dios no se le ocurrió pedirme que me
convirtiera al catolicismo, porque creo que entre la euforia por haberme librado
de la colimba y la lujuria virgen por su hija, hubiese entregado mi alma. Pero
don Vicente se apiadó, no vislumbró mi erección desesperada y se sintió poderoso
y sabio por el hecho de que ese escuálido pelilargo le suplicara una dádiva. Don
Vicente me dijo que sí. Salimos una tarde, y caminamos juntos por Tucumán. Rebotamos
en Agüero y regresamos a Tucumán y Pasteur, iluminados exclusivamente por luces
eléctricas. Regresamos de la mano y en la puerta del colegio donde hice la mitad
del primer grado nos besamos. Ella tenía un aroma aséptico y, aunque cuando mis
manos subieron, en el segundo beso, me las detuvo, pude sentir la goma espuma
humana, caliente, dulce y desesperante de sus pechos y supe que ella era lo que
yo siempre había querido: mi puente de placer hacia la vida. Nunca quise tanto
entrar en alguien como en ella. Caminando con dificultad, le sugerí conocer mi
casa, donde nos aguardaba el cuarto de servicio en el que yo dormía solo. Pero
se negó. La llevé a su casa y nos despedimos con un beso en la mejilla. Eramos
novios.
Nos vimos dos veces más y una tarde de domingo
aceptó venir a mi cuarto. Ni mis padres ni mis hermanos estaban. Sus corpiños
y sus pechos, en conjunto, eran lo más blanco que he presenciado desde que Lorca
le cantó a la gitana esa que se saca todo a la orilla del río. Pude besarlos y
tocarlos. Sólo me interrumpí para agradecer a Dios en silencio. Pero no me dejó
desvirgarnos. Tampoco ella conocía el misterio, y nos quedamos a las puertas del
mismo. Un par de días después cometí el error de llevarla a un bar de la calle
Corrientes, Corrientes y Riobamba, El azul, para ser más precisos. Como si ese
choque de mundos propiciara la tragedia, ella dijo: –A los comunistas
hay que matarlos a todos –mordió una medialuna, y agregó: –Eso dice mi papá.
–Mirá vos –dije. Sobrevino un silencio, y no pude impedir decir: –La verdad que
tu papá lo único que hace es decir pelotudeces.
Terminanos
nuestro café con leche como si nunca nada hubiera pasado e incluso nos besamos
con la lengua al despedirnos. Pero la siguiente vez que pasé a buscarla me dijo
que no. “¿Por qué no?”, pregunté. –Porque no tiene sentido –replicó, en la frase
más sofisticada que le había escuchado desde que la conocía. “Claro que no tiene
sentido”, quería decirle yo, “por eso es tan lindo. Todos los sentidos conducen
al aburrimiento y a la muerte. ¿Qué importa que tu padre sea un fascista? Dejame
que te fornique y que me burle de él. No hablemos, no respiremos, no encontremos
sentido alguno: hagámoslo”. Pero no hubo caso. No tenía sentido. Primero pensé
que me comería caliente el plato de la venganza contra don Vicente: me acostaría
con la hija del fascista, como fuera. Pero, finalmente, me comí frío ese plato
y, como sabían los griegos, entonces ya no era venganza. Me salvó la vida y de
Amanda, por aquel tiempo, la hermana de un amigo, a sus veinticuatro años y un
día antes de que yo cumpliera dieciocho. Gran parte de las penas de amor son culpa
de no saber prestar atención a la persona correcta: Graciela, como se me ocurre
llamarla ahora, me había estado deseando desde hacía meses. No era el merengue
amandeño, pero me sacó de pobre y nunca dejé de estarle agradecido.
Encontré a Amanda nueve años después. Usaba jeans y el pelo enrulado, en motas,
calculadamente desprolijo. Mantenía sus pechos como catedrales, pero ahora provocativos.
Usaba una remera definitoria y caminaba arqueando el cuerpo. Yo ya no era de izquierda,
pero ella comenzaba a serlo. Nos sentamos en un bar de la avenida Rivadavia y
lo primero que me dijo fue que su padre había muerto; una hora después agregó
que había muerto sin que ella pudiera expresarle cuán equivocado estaba. Había
llegado a odiarlo, ahora le resultaba indiferente. Amanda decía que su padre le
había arruinado la vida y que no había podido ser ella misma hasta los veinticinco
años; edad en que, me pareció que quería decirme, había perdido la virginidad.
Ahora estaba viviendo su juventud: leía a Cortázar y escuchaba a Caetano Veloso,
me mencionó títulos y melodías, pero me pareció que no disfrutaba de ninguno de
los dos. Sin esperar a que yo me le insinuara, me propuso encerrarnos en un albergue
transitorio para saldar nuestra vieja deuda. Le dije que por supuesto, pero no
pude. Se me mostró desnuda, con sus pechos que nunca me habían engañado, incluso
se dio vuelta de una manera que casi siempre me resulta infalible. Pero me faltaba
algo. Salí de aquel sitio cabizbajo, como aterido por una tormenta de humillación.
Nos despedimos con un beso en la mejilla. ¿Qué había faltado? Lo supe varios meses
después: ella no tenía vergüenza. Ni a los 17 años, cuando me había rechazado
sin pensarlo; ni en aquel sitio en penumbras, donde se me había entregado sin
ruborizarse. Yo quería que Amanda se avergonzara, que sus cachetes de crema enrojecieran.
Desde siempre yo había supuesto que, en su sencillez, yo lograría provocarle vergüenza,
y eso siempre me había soliviantado. La vergüenza en el amor es el sistema de
defensa con el que protegemos nuestra intimidad. Una mujer como Amanda, yo suponía,
me entregaría su verdadero misterio cuando yo lograra avergonzarla, cuando mis
manos tocaran lo inasible: su intimidad. ¿Y qué es la vergüenza en una mujer sino
la confirmación de que nuestros dedos han logrado rozar su misterio? Yo la había
perdido para siempre. | | | 
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