Editorial |
Ni poco ni demasiado
Pocas palabras permiten tanto movimiento pendular como la obsesión.
Nos sentimos gratificados cuando le pedimos un trabajo a alguien y
nos dice que será “obsesivamente cuidadoso” en la calidad y en el
tiempo de entrega. Nos da miedo, en cambio, una persona a la que percibimos
obsesiva en otros hábitos: no puede cenar sino a las nueve de la noche,
interrumpe una conversación cien y una veces para preguntar sobre
algún peligro que –supone– acecha, y necesita chequear el pronóstico
del tiempo reiteradamente antes de salir por temor a encontrarse lejos
de casa con la ropa inadecuada. Los términos medios, en general, no
conmueven: la vida merece el vigor, la pasión, la adrenalina y no
los colores pasteles de lo más o menos. En el campo de la obsesión,
sin embargo, llegan a tener sus virtudes. Es cierto que la acción
compulsiva impide el disfrute y el goce. Pero no permitirse unas grageas
obsesivas cada tanto resulta en lo opuesto: el abandono. Ahí da lo
mismo que se haya hecho o que no, que te quiera o que simplemente
esté con vos porque sí, que haya decidido preocuparme por el futuro
o me quede sentado esperando lo fortuito. Hay veces en que la belleza
está en la justa medida. El de la obsesión parece ser uno de esos
casos.
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