|
Soy juguetón. Empiezo a la madrugada, cuando tiro de la
sábana.
Sigo en el desayuno: ¿qué hay debajo de la servilleta?
Hoy, fresas.
La media mañana me sorprende en el trabajo: agarrá
el avioncito, tiene un pedido. Al mediodía llamo por teléfono.
Para adelante, inconscientes, la crisis no nos detiene (¿bruja
estás?).
La tarde se anuncia con sol. Quiero la pelopincho en mi escritorio,
aunque con una pecera me conformo. Surge un problema, lo atravieso
y no me quedo más tieso.
Llega el atardecer: hay mucha cáscara de maní para
romper. Ya se anuncia la noche clara: no nos queda nada, salvo las
ganas. ¿Vamos? Dale, príncipe. Arriesgate, doncella.
Hasta el 19 de diciembre este era nuestro
editorial. Días después, el país se dio vuelta.
Y, dato muy menor, pensamos: ¿Hablar
de juegos ahora? Hubiéramos querido que la inocencia
nos valga otro clima, un principio de año luminoso.
Pero sabemos también que a cacerolazos parimos hechos sorprendentes:
vos, usted, yo, nosotros, empezamos a fijar algunas reglas. Las
que hasta ahora nunca se cumplieron. Las que fueron violadas. Las
que se escondieron. Las pensadas para que siempre el ganador sea
el mismo. Nuestro desafío, al que te invitamos: lograr normas
distintas para dar nacimiento a un país en el que la palabra
juego tenga que ver, sólo, con la diversión.
Si lo conseguimos, nos van a sobrar motivos para derramar brindis.
Como asegura el proverbio ¿chino? un camino de
miles de kilómetros se inicia con el primer paso.
Feliz 2002
|