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Por Viviana Lysyj | Escritora, autora del libro "Erótopolis"
Foto: Díaz/Gutiérrez
  Entregate a mis deseos
Hace algún tiempo que se conocen, así que ya están acostumbrados a los jueguitos de alcoba. No saben si van a estar siempre juntos porque últimamente el mundo está dando pruebas de que todo lo sólido se desvanece en el aire. Aunque sólo sea una verdad relativa, convengamos que no hay nada más cierto que la adecuación o el ajuste casi geométrico de dos cuerpos con sus respectivas mentes.
Entre los jueguitos bilaterales que han ido inventando, hay uno que a ella le fascina y que está relacionado con un videoclip de Garbage donde aparecen imágenes de androginia. Hombres que parecen mujeres y mujeres que parecen hombres. Boys que van al toilette de girls y viceversa. Así que a ella últimamente le da por hacerle un peinado extraño a su amante. Sí, ella le dice a él quiero que seas mi princesa rusa y entonces toma la cabellera del hombre (ella tiene pelo negro muy corto y él pelo rubio hasta los hombros) y arma un peinado imperial con ayuda de hebillas plateadas. Dado que para construir el peinado ella tiene que treparse sobre él, él se tienta y le acaricia los pechos pero ella lo rechaza enojada. A medida que va encontrando el modo de combinar los mechones con las hebillas, sus axilas se hamacan frente a la boca del hombre y cuando él alarga las manos para acariciarla ella lo empuja. De a ratos le sostiene el cabello en alto como si contemplara una tiara de diamantes y luego le abre la boca y le da unos cuantos besos lentos capaces de calentar las piedras de un castillo gótico. De tanto en tanto pone cara de mala y desvía la mirada hacia abajo y cuando ve el sexo de él lo felicita por estar tan erguido ahí en su rincón. Sí, lo felicita diciéndole muy bien, Juan Manuel, y Juan Manuel no es otra cosa que una versión castellana del “John Thomas” de cierta literatura anglosajona o el “maestro Jacques” en Francia, un nombre simpático y amigable para designar al pene. Entonces él da un brinco y quiere tirarse encima de ella pero ella vuelve a retarlo porque si llega a arruinar el peinado de princesa rusa ella se toma el ascensor y se va. Cuando retorna el silencio ella lleva el peine hacia abajo con la intención de hacer del pubis masculino un jardín de hierbas enhebradas con brillantina pero él la aparta con un movimiento parecido a una llave de karate. La cosa está tensa. En cualquier momento empiezan a revolcarse adentro de un círculo como dos luchadores de sumo. Como finalmente él hace silencio, ella trae sombra azul y desliza el maquillaje sobre los párpados y luego aplica kohl en la línea inferior de los ojos. Entonces la mirada de él, azul clara, se pone dura. Parece una foto de David Bowie en escena con plumas o lentejuelas en tiempos de androginomanía. No empieces a portarte como una chica mala, le dice la mujer al hombre al tiempo que clava las rodillas en el colchón y esos dos muslos son como dos cuchillos sujetando el tórax de su Adonis y ahí es cuando él la huele, muy de cerca, con su sexo tan cerca de su nariz y entonces la toma de las muñecas con toda su fuerza y la coloca a ella abajo amenazando con que se acaba el jueguito del peine y empieza el jueguito del cepillo. A esta altura hay en el aire una tensión de riña de gallos. Quién pica primero. Quién despluma al otro. El la mira fijo con sus intensos ojos claros maquillados de azul. Otras veces, cuando juegan al salón de belleza, él es más dócil. Ha llegado a ponerle spray y a hacerle rulos con las tenazas candentes y a besarle el cuello rodeado de un collar de perlas. Pero hoy él está arisco. Está a punto de decirle a ella que se vaya a jugar a la peluquera con su mejor amiga y que si tiene fetichismo capilar él lo va a resolver rapándose y si no lo quiere rapado es porque no lo quiere de ningún modo. Entonces él se dispone a mostrar quién gana la batalla: ahora van a jugar Juan Manuel y vos. Ella piensa que después de todo no es una mala combinación, todas esas hebillitas plateadas y la sombra azul pertenecen al hemisferio superior y Juan Manuel reina en la jungla inferior y en esa combinación del reino animal y la producción escenográfica está la gracia más sublime. Y así mientras John Thomas frota y frota en su esforzado cepillado del hemisferio sur, ella deja de disociar ambos hemisferios y se convierte en una mujer gobernada por una sola corriente.
Número 31 / Juegos
 Tapa
 Sumario
 La vida es un
 gran juego
 Poemas
 Expulsada de
 la infancia
 Sos mi principito
 Indios y vaqueros
 Entregate a
 mis deseos
 Pantalones mojados
 Qué nada te importe
 Adrenalinas del azar
 Foros