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Siempre que llovió, ¿paró?
Si el futuro desaparece, olvidémonos de la alegría.
De los proyectos. De la vida que merece tal nombre. Y ese futuro
para qué mentir aparece hoy
tornasolado por oscuridades y tristezas. Vivimos en un país
gelatinoso, sin reglas (¿o, perdón, la estafa será
acaso una regla?) y con ninguna certeza a la que asirse. En medio
de tanta tempestad, el hacer y el construir se tambalean desesperadamente.
Por eso, y por primera vez en estos 32 meses que lleva Latido en
la calle,
vamos a hablarles de dinero. Seríamos poco creativos si les
dijéramos que nuestros ingresos han caído. Pero, igualmente,
necesitamos hacerlo para mantener la transparencia que nos une a
ustedes.Sumado a esto las revistas soportamos, hace ya unos meses,
que nos gravaran con el IVA (gracias, Cavallo), y esto implicó
que nuestras alcancías se debilitaran un 10 por ciento. Ahora
el precio del papel viene de afuera y de los insumos
importados (tintas, pruebas de imprenta) aumentó el 40 por
ciento. Cifras poco eróticas para el tono de esta revista,
pero necesarias de conocer. Nosotros, es obvio, no deseamos trasladar
un centavo al precio de tapa porque cada lector carga sus propios
malestares y bolsillos enflaquecidos. Por eso, para intentar un
equilibrio, este ejemplar tiene ocho
páginas menos y un papel algo más liviano del que
solíamos utilizar. Ojalá nos comprendan: nos hubiera
gustado evitar el cambio pero no podemos. Es esto, o la nada.
Antes de saber que la Argentina colapsaba, ya habíamos empezado
a pensar el número que hoy tienen en sus manos. No habla
de crisis sino de recuerdos, de saudades, de buscar
lo nuevo en las raíces de lo vivido, de lo que hemos sido.
Es un ejemplar atípico de Latido: le pedimos a la gente que
eligiera una foto de su álbum y nos contara por qué
es su imagen preferida, la que revaloriza su costado más
humano y familiar. No hay notas en un sentido tradicional. Sólo
testimonios. Este tipo de búsquedas logra recordarnos que
aquí hubo buena y mucha madera. Contundente, poco volátil,
sin la ahora usual cualidad de evaporarse fácilmente. Con
esa certeza vale intentar lo difícil: recolocar el horizonte
en la agenda de nuestras vidas. Saber que sigue allá, algo
lejos quizá, pero visible y real.
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