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Por Ariel Dilon | Periodista y escritor
Foto: Gabriel Díaz
  Una familia especial
Los Pravda somos una familia de ilusos. Tantos y tantos ilusos –ilustres como anónimos, soñadores de altura o confundidos rasos– a lo ancho del mundo y a lo largo de la historia, que a veces, como Fernando Pessoa (un Pravda por el lado de su tatarabuela inglesa), siento que no soy nada pero que llevo en mí todos los sueños del mundo. Y sin embargo nunca he podido hacerme ilusiones con la misma impunidad que, por ejemplo, mis tías de Tandil: ellas esperan cada una a su galán, desde hace cinco décadas; cada cual supone que el suyo llegará después que el de las otras (en eso son de una lealtad ejemplar); y en sus ensueños románticos se ven invenciblemente jóvenes. No se piense que se trata de unas locas: como todos nosotros, simplemente hay una evidencia a la que no se rinden, lo que no deja de tener su costado admirable.

En otra rama de mi frondoso pedigree hubo también un tal Fédor, jugador empedernido. Su caso ilustra lo que podríamos llamar el sistema de la ilusión: el tipo esperaba que una escalera real lo sacara del subsuelo; mientras se hundía irremisiblemente en la miseria no dejaba nunca de soñar con la próxima chance. Mi padre repitió ese sistema en un ámbito distinto al de las apuestas: pequeño industrial “honesto” en cierto país de equívoco nombre plateado, no abandonó nunca la ilusión de hacer el gran negocio salvador, mientras las devaluaciones y las aves de rapiña devoraban su candidez y sus reservas. A ese mismo país habían llegado mis abuelos con una ilusión en negativo: huían de la guerra, su ilusión era sobrevivir. Sobrevivieron. Su ilusión era fundar un porvenir sobre la base del olvido: intentaron olvidar ciertas afrentas, cierto idioma cargado de amenazas. Las afrentas regresaron transfiguradas, y la violencia recrudeció sobre ellos y sus descendientes en una lengua adoptiva. No estaban preparados para la guerra que creían haber dejado atrás. Nadie está preparado para la guerra, aunque la anuncien espesas nubes negras en el horizonte. Eso intentaban enseñar antepasados míos como Esopo, que compusieron historias de oráculos: la ilusión tiene tal poder negador que cuando lo predicho por fin acontece, igual resulta inesperado.

Como escribió en la pared otro pariente que pasaba una temporadita en el Borda: “En el país de los ciegos el tuerto está preso”. Es cierto que no puedo entregarme tan ciegamente como los miles y miles de ilusos que me precedieron, pero un poco de visión no basta: sólo enturbia las primeras dulzuras, sin ahorrar las amarguras del final. Así que de poco me ha servido el testimonio de los grandes desilusionados de la familia, que estudié con especial esmero: desde Sófocles –otro pariente, que contó cómo Edipo, al querer burlar al destino, cayó en su celada– hasta mi primo francés, Clément Rosset, un teórico que escribió Lo real y su doble. Ensayo sobre la ilusión.

Clément postula que el iluso es incurable: está ciego, “no porque no vea, sino porque no adecua sus actos a su percepción. No se puede ‘volver a mostrar’ algo a alguien que tiene ya ante los ojos lo que uno se propone hacerle ver”. En un momento de En busca del tiempo perdido, de mi tío abuelo Marcel, Swann tiene la fugaz revelación de que Odette, su amante, no es una enamorada sino una mantenida –lo que se deduce del hecho de que Swann le pasa una mensualidad–; pero de inmediato su mente se nubla, y el iluso olvida lo que literalmente tiene frente a los ojos, cegado por una “pereza mental, que en él era congénita”. Rosset define tentativamente esa pereza mental: “Un arte de percibir acertadamente, pero eludiendo las consecuencias”. Como diría otro pariente mío por el lado de los Fernández, mi buen tío Macedonio: la ilusión es hacer “esperar en el umbral a la Realidad.”

Incurable, congénita y sin duda hereditaria. Mis antepasados más remotos conocidos, unos griegos perdidos en la prehistoria familiar, se pasaron buena parte de sus vidas metidos en una cueva, contemplando lo que para ellos era el universo: en realidad las sombras que proyectaban en la pared los dedos de un bromista, que se había instalado en la puerta de la cueva y se entretenía con el engaño (algún idiota probablemente). De aquel mundo ilusorio vino a sacarlos mi tío Sócrates, hijo pródigo que regresaba de recorrer el mundo, según él, sin haber aprendido nada. Parece que el tío ahuyentó al idiota y el espectáculo del mundo cesó de repente, para perplejidad de todos y aburrimiento del pequeño Platón, que estaba entusiasmado con la sombra de un conejo que perseguía una zanahoria. Uno a uno, medio ciegos de tanto no ver y tambaleantes, fueron saliendo y comprobando lo extendido y coloreado que era ese otro aposento de la cueva, bajo un techo de luz y rodeado de simpáticas colinas y un mar azul, azul. Infiero que las fuerzas de la ilusión no tardaron en reorganizarse: a partir de una ocurrencia del tío Plat, los primeros Pravda concluyeron que el mundo que percibimos es ilusorio, y que el real está hecho de ideas. Lamentablemente, una indigestión mortal impidió a Sócrates explicarles que las cosas eran justo al revés. De allí, me temo, surgieron un montón de ilusiones que nunca se disiparon del todo: el más allá, la vida eterna y, más acá, la revolución. Lo que prueba que la ilusión es además contagiosa. Con el paso de los años y con la diáspora de los Pravda por el mundo, no faltó quien se pusiera a adorar a aquel idiota productor de sombras, dándole los nombres más diversos. Tampoco faltó el desilusionador que lo ahuyentara otra vez, rajándole una buena blasfemia. Mi tío William del condado de Avon, por ejemplo, un socrático hecho y derecho, de a ratos alegre pero más amargo que la cicuta, rezongó: “La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de sonido y de furia, que no significa nada”. Tío Will se dedicó al teatro, no de sombras precisamente, porque se le daban mejor las palabras.

Pero la ilusión resiste. Y tal vez tenga buenos motivos: puesto que todos vamos a morir, ¿se nos puede reprochar la tácita fe en que la gran Aguafiestas no nos llame justo hoy? Es la ilusión tipo freezer, también denominada Walt Disney. Por eso Macedonio era indulgente al afirmar: “Sin Fantasía es mucho el Dolor. Se hace, más de lo que es, fantástico.” Él proponía el “idealismo absoluto”, cruza de Parménides con Calderón de la Barca: “El Ser es porque es un sueño”, decía. Al contrario, mi tío Siddharta, que vivió en la India, también decía que todo es ilusión, pero presumía de haber escapado a lo ilusorio (es decir, a todo): tal vez sea apenas otra ilusión, alentada por sus miles de millones de sobrinos.

Es hora de reconocerlo: las esclarecidas advertencias de mis ancestros no me ayudaron a hacer dieta de ilusiones. Como dijo mi tío Calderón, “yo era un tonto, y lo que he visto me ha hecho dos tontos”. Ahora mismo me encuentro en plena fiebre y, lo que es peor, no quiero curarme: iluso entre los ilusos, me he enamorado perdidamente; lo que significa que el mundo “real” ha pasado a un modesto segundo plano: yo vivo en la más dulce, en la más intensa de las cavernas. Esta ilusión hace la vida infinitamente interesante y colorida, vuelve las percepciones vívidas, significativas.

La criatura más bella, nacida para mí, duerme en mi cama mientras escribo esta confesión; y las sombras bailan a nuestro alrededor como odaliscas. En el sueño que ella sueña –estoy seguro– debo ser el más bello de los hombres que hubo y habrá, el más viril, el más bueno y más valiente. Confío en que no nos despertemos nunca.

Para mal o para bien, la ilusión ha sido siempre el motor de la vida de los Pravda. Tal vez porque hace mucho tiempo renuncié a la ilusión de convertirme en un escritor original puedo darme el lujo de hacer mías las palabras de mi tío Gustave: la familia Pravda soy yo.

Número 30 / ilusiones
  Tapa
  Sumario
  Iluminaciones
  Con ojos color
  de miel
  El defecto de
  mi niñez
  Cubana filosofía
  de la ilusión
  Quiero que vuelvas
  Pasión
  Esos sueños de mi
  hermano
  Adiós, guitarra cruel
  Una familia especial
  Que la pena haga
   sus valijas
  Te perdí, te voy
  a encontrar
  El espejo
  esmerilado
  Foros