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Nunca
tuve ilusiones. O más bien, dejé de tenerlas
a los 10 años.
Para que no viera lo que pasaba, mi vieja me había
mandado a casa de unos parientes. Se estaban jugando los partidos
finales del Mundial de México. Era 1970. Cuando terminó
el partido (jugaba Pelé; ganó Brasil) mi vieja
me llamó y me preguntó si quería ir a
saludar a mi viejo.
¿Qué? ¿Está vivo?
No me dijo, y se puso a llorar en el teléfono.
¿Ya les comenté? Tenía 10 años
y unos meses antes, la noche en que a mi viejo le dio el primer
infarto, había visto Drácula en Canal 11. A
mi viejo lo internaron una y otra vez a cada infarto y en
esos meses hablé mucho con mis amigos sobre la muerte
y uno más grande me dijo que había casos de
muertos que resucitaban sin volverse monstruos ni vampiros.
Que resucitaban buenos, tal y como se habían ido.
Yo tenía la ilusión de que mi viejo despertara,
volviera. Como Drácula. Al fin y al cabo, ya una vez
había perdido mucha sangre y se había salvado:
en la entrada de la Guardia del Hospital de Vicente López
yo la vi a mi vieja mostrarle a un vecino la marca que había
dejado la sangre de mi viejo en una pared cuando le tuvieron
que hacer una traqueotomía de apuro. Ella no sabía
que yo estaba cerca, escuchando.
Después pensé que a lo mejor, como Drácula,
mi viejo podía sobrevivir con poca sangre y a lo mejor
un día, desde el cementerio, volvía.
Sin lágrimas, solemne como puede ser un pibe a esa
edad, durante varias tardes me senté en el umbral de
casa para ver si doblaba la esquina: pelado, canoso, un poco
rengo. A veces de traje y hasta con sombrero. Como no venía,
solemne y sin lágrimas, dejé de ir a la puerta
de calle y me planté frente a una foto de mi viejo
joven.
A eso de las cinco de la tarde, cuando bajaba la luz, yo empezaba
a mirar fijo la foto y esperaba que la ganaran las sombras.
Entonces les juro mi viejo se iba convirtiendo
en Drácula y si eso sucedía ilusión
¡podía volver! Pero no volvió.
EL CONDE
Al poco tiempo, mi vieja se enfermó: algo de los intestinos.
Y tuvo que salir a laburar: mucama por horas.
Yo me volví transparente: creo que ella ya no me veía.
Peleaba por mí, se rompía el culo para criarme,
pero no me veía. Una vez me llevó a comer sándwiches
en un sótano de Lavalle; mientras yo comía solemne
a ella le resbalaban las lágrimas por la cara. Cuando
terminé nos levantamos y nos fuimos. Desde la muerte
de mi viejo había dejado de acariciarme.
Al poco tiempo me tuvieron que llevar a mí al médico.
No me acordaba de nada: se me había ido la cara de
mi viejo; pensaba en él y me venía Bela Lugosi.
No me acordaba cómo era su voz. El pediatra me revisó
y dijo que no tenía nada. Sólo que estaba deprimido:
le aconsejó a mi vieja que me metiera en un club y
que me dejara leer todo lo que yo quisiera. Era un buen pediatra
pero terminó como tantas cosas en aquel barrio: una
tragedia. Se tiró por el balcón. Los que lo
querían dijeron que porque era gay. Los que no, porque
era paidófilo.
En cualquier caso, su consejo de lectura libre me salvó
y al verano siguiente cayeron en mis manos los tres tomos
de El conde de Montecristo. Ahí entendí todo.
A Edmundo Dantés le habían robado la esposa,
la casa, la vida y lo habían mandado a la cárcel.
A mí me habían robado a mi viejo y, casi, a
mi vieja; la casa se caía a pedazos y mi mayor ilusión
no se cumplía.
Entendí todo: el motor de mi vida de ahora en más
iba a ser el resentimiento. No la venganza. Envidié
mucho a Edmundo Dantés: después de 12 años,
él pudo volver de la cárcel con otro nombre.
Volvió poderoso y, sobre todo, tenía de quién
vengarse. Pero yo, ¿de quién me iba a vengar?
¿Quién se había llevado a mi viejo? ¿Quién
lo había puesto en esa tumba sin nombre a la que durante
20 años no quise volver?
Gérard de Nerval se suicidó tirándose
de la Torre de Saint Jacques, en París. Al pie de la
torre, en una roca negra y a manera de homenaje, alguien grabó
su mejor poema, El desdichado.
Ma seule étoile est morte, et mon luth constellé
Porte le soleil noire de la mélancolie...
(Mi única estrella ha muerto y mi laúd
constelado
lleva el sol negro de la melancolía.)
Cuando la vida te quiebra el espinazo de pibe, cuando tu mejor
ilusión fracasa, el suicidio es una posibilidad. El
desdichado. De pibe nunca lo pensé. Alguna mano mágica,
amiga, me mostró el camino del resentimiento. El camino
de Edmundo Dantés, conde de Montecristo.
Es curioso: Gérard de Nerval trabajó como escritor
fantasma para el imperio de los Dumas. ¿Habrá
metido mano en El conde de Montecristo? ¿Habrá
conocido también Nerval el camino del resentimiento
y finalmente lo venció el sol negro de la melancolía,
el suicidio? ¿Qué es lo que lo lleva a uno a
ser El desdichado y no El conde...? Es decir: ¿cuándo
y cómo la melancolía y la depresión derrotan
al resentimiento, que mal que mal te hace vivir, aunque sea
con las ilusiones rotas?
ANESTESIA
En la adolescencia, el resentimiento me llevó a la
timidez. Durante mucho tiempo me vedó el placer. Busqué
el vértigo del exceso para ver si entonces aparecía
un placer tan grande que me librara del rencor sordo de los
excluidos.
Porque el rencor trae anestesia. Una vez leí algo así
sobre Andy Warhol. Dicen que era un tipo distante, inmutable,
anestesiado en sus sentimientos, incluso en las cosas más
sublimes que hacía. En Nochebuena, Warhol iba a cenar
a un hogar de caridad con vagabundos y marginales de la vida.
Pero allí tampoco se emocionaba. Lo hacía y
punto.
Algo parecido me pasaba a mí. Todo lo hacía
y punto. Sin demasiado placer y sobre todo, sin demasiada
ilusión. Viví cosas más intensas que
las que suele vivir un pibe de 18, 19 años. Había
sido heladero y trabajé varios veranos descargando
quesos de camiones que venían del interior; atendí
una tienda de trajes de disfraces y trabajé varios
años en teatros de strip tease. Era la envidia de mis
compañeros del secundario: tenía minas en bolas
al alcance de la mano en los años de la dictadura,
tiempos, también, de represión sexual.
Pero era como si todo eso le pasara a otro. Fue a otro al
que llevó preso la cana y a los 19 años lo quiso
procesar por gigoló. Fue a otro a quien una stripteasera
le dijo que estaba embarazada y que pensaba tenerlo. Fue a
otro a quien esa misma mujer que había crepitado en
sus manos se le casó con otro tipo en la cara en menos
de dos meses, yo sé que por despecho y por haber perdido
el pibe. Fue otro el que la acompañó a buscar
el traje de novia y ahí mismo se fue con ella al telo,
con traje y todo.
Por suerte, el resentimiento nunca me llevó a la encrucijada
Astier. Ya saben: Astier, Silvio Astier. El traidor de El
juguete rabioso. Traidor por excluido.
Excluido del dinero: pobre. Y excluido del saber: por eso
quema la biblioteca de la escuela. Cuando uno llega a la encrucijada
Astier sin algunos valores (yo prefiero hablar de ideología)
se vuelve un traidor primero y un corrupto después.
He conocido a muchos Silvio Astier mal resueltos en todos
estos años de hacer periodismo entre la clase política
argentina.
El resentimiento, en verdad, me llevó a estar más
cerca del Astrólogo de Los siete locos que de Silvio
Astier. Yo también soñé con una revolución,
con un golpe de justicia para que tanto canalla que uno ha
visto sufra y garpe por lo que hizo. Después descubrí
que las revoluciones, al menos como uno las leyó, tienen
mucho de intolerancia y de militarismo.
ESCRIBIR
La lectura me salvó. Primero de la depresión,
luego de la codicia. ¿Qué otra cosa podía
soñar entonces sino ser escritor? La pasión
por la literatura y la orfandad me llevaron a buscar padres
sustitutos en amigos escritores que conocí en el periodismo.
Me fue muy mal.
Admiré mucho a Andrés Rivera, mi primer jefe
de redacción. Pero, quién diría, a él,
tan políticamente correcto, tan revolucionario del
Cordobazo, la ira lo cegó e hizo que me echaran aunque
yo era el delegado.
Un par de años estuve muy cerca de Osvaldo Soriano:
vimos juntos el Mundial del 86, como no había podido
verlo con mi viejo. Me pasó los originales de dos de
sus novelas para que los leyera y criticara antes de publicarlas
y en una hasta puso el nombre de mi hijo mayor en clave, como
para que sólo los amigos lo entendiéramos. Pero
unos años después, cuando algo grave me estaba
pasando y necesité un amigo que me escuchara mano a
mano, me encontré con un típico escritor que
sólo hablaba de sí mismo, de las nuevas traducciones
que merecía su obra y de cómo en Italia lo equiparaban
con García Márquez y Vargas Llosa. Desilusionado,
nunca más lo vi. De todos modos, lloré mucho
cuando se murió. Lamenté demasiado no haber
podido decirle cuánto lo quise.
Poco a poco, me di cuenta de que mi búsqueda de padres
sustitutos me hacía volver al primer conde, a Drácula.
Era vampirismo puro: aprender y asesinar. Parricidios falsos.
Ilusiones perdidas.
Hasta que del modo más primario un día llegó
el primer síntoma de que había esperanzas para
curar la orfandad, el resentimiento, la anestesia.
Fue cuando nació Juan, mi primer hijo. Durante cuatro
días sentí que las piezas del Tetris de la vida
caían en su sitio sin esfuerzo. Sentí que algo
de lo que la muerte de mi viejo había provocado se
estaba reparando. Fui feliz.
Poco después, un día, me acordé: la tumba
de mi viejo seguía sin nombre. Y mandé grabar
como epitafio los obvios y magníficos versos de Miguel
Hernández:
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
Y besarte la noble calavera
Y desamordazarte y regresarte
Había enterrado por fin a mi padre y la ilusión
de que volviera. Pude hacer entonces el duelo por las cosas
que, mal o bien, había hecho y ya no iba a volver a
hacer. Mi cuerpo ya no iba a ser lo que fue. Ya no iba a volver
a amar a algunas mujeres que perdí; ya no iba a ser
algunas cosas con las que siempre soñé: maestro
de escuela, político bueno, sereno aburrido pero lector
impune, escritor.
EL regreso Trece años después de la muerte de
mi viejo me enteré de que tenía un hermano.
Otro hermano. Yo lo conocía, venía a mi casa
pero no sabía que era mi hermano. Era hijo de mi viejo
con otra mujer. Era 22 años mayor que yo. Julio, ¿no
te acordás? Uno alto, de bigotes, el que le enseñó
a manejar a tu hermano Lito.
Una pelea tonta por la pensión de mi viejo había
separado a mi hermano Julio de nosotros dos, los otros hijos
de mi viejo. Yo sólo sabía de él que
era taxista, que paraba en Los Ases, un boliche de Avenida
de Mayo y Tacuarí. Siempre que pasé por ahí
camino a Página/12 miré a ver si estaba. Pero,
¿cómo reconocerlo?
Pasaron los años. Un día, haciendo una entrevista
con Palito Ortega para Puntodoc me encuentro con alguien que
había conocido a mi viejo y a mi tío y ese hombre
también me habló de Julio, mi hermano. Me dijo
que trabajaba en el Congreso. No podía ser: yo vivía
a una cuadra del Congreso.
Lo llamé por teléfono, le dije quién
era pero él ya sabía todo de mí. Le había
preguntado por mí a otros periodistas; veía
mis notas en cnn. Le pregunté por qué nunca
me había llamado. Me dijo que no sabía si yo
sabía que él era mi hermano, si alguien me lo
había dicho.
Y así fue: 29 años después, sonó
el timbre de mi casa y era mi hermano Julio.
Pero no sólo volvió Julio. Con él volvió
mi viejo. Porque Julio tenía la misma edad que mi padre
cuando murió: 62 años.
Ojalá yo pudiera transmitirles el flash que fue ver
aparecer a mi viejo no como Drácula sino como Julio:
parecido y diferente a la vez. Otros ojos pero el mismo corte
de cara, tal vez la misma voz que yo había olvidado.
Como animalitos nos olimos, hablamos en voz baja, nos reconocimos.
No importaron la cultura ni la política. El era lo
Otro: era peronista, no leía libros, le encantaban
los autos, odiaba las cosas viejas.
Durante poco más de un año hablamos todos los
días. Me alcanzó a contar cosas de mi viejo
que nunca nadie me había contado. Que mi viejo mantuvo
dos casas durante un par de años, hasta que se separó.
Pero sobre todo me alivió: mi viejo no lo había
abandonado cuando se juntó con mi vieja.
Pero así como la vida te da las cosas, así te
las quita, y la ilusión de haber recuperado a mi viejo
a través de mi hermano duró poco.
Una maldita isquemia, un puto derrame cerebral lo dejó
hemipléjico y, sobre todo, afásico.
Julio ya no puede hablar: justo lo que los dos más
necesitábamos.
A veces, como ven, las ilusiones se cumplen, no como las soñamos
sino de otra manera, alambicada, caprichosa. Y como vienen,
se van.
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