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Por Rolando Graña | Periodista
Foto: Marcos Adandía
  Quiero que vuelvas

Nunca tuve ilusiones. O más bien, dejé de tenerlas a los 10 años.
Para que no viera lo que pasaba, mi vieja me había mandado a casa de unos parientes. Se estaban jugando los partidos finales del Mundial de México. Era 1970. Cuando terminó el partido (jugaba Pelé; ganó Brasil) mi vieja me llamó y me preguntó si quería ir a saludar a mi viejo.

–¿Qué? ¿Está vivo?

–No– me dijo, y se puso a llorar en el teléfono. ¿Ya les comenté? Tenía 10 años y unos meses antes, la noche en que a mi viejo le dio el primer infarto, había visto Drácula en Canal 11. A mi viejo lo internaron una y otra vez a cada infarto y en esos meses hablé mucho con mis amigos sobre la muerte y uno más grande me dijo que había casos de muertos que resucitaban sin volverse monstruos ni vampiros. Que resucitaban buenos, tal y como se habían ido.

Yo tenía la ilusión de que mi viejo despertara, volviera. Como Drácula. Al fin y al cabo, ya una vez había perdido mucha sangre y se había salvado: en la entrada de la Guardia del Hospital de Vicente López yo la vi a mi vieja mostrarle a un vecino la marca que había dejado la sangre de mi viejo en una pared cuando le tuvieron que hacer una traqueotomía de apuro. Ella no sabía que yo estaba cerca, escuchando.

Después pensé que a lo mejor, como Drácula, mi viejo podía sobrevivir con poca sangre y a lo mejor un día, desde el cementerio, volvía.

Sin lágrimas, solemne como puede ser un pibe a esa edad, durante varias tardes me senté en el umbral de casa para ver si doblaba la esquina: pelado, canoso, un poco rengo. A veces de traje y hasta con sombrero. Como no venía, solemne y sin lágrimas, dejé de ir a la puerta de calle y me planté frente a una foto de mi viejo joven.
A eso de las cinco de la tarde, cuando bajaba la luz, yo empezaba a mirar fijo la foto y esperaba que la ganaran las sombras. Entonces –les juro– mi viejo se iba convirtiendo en Drácula y si eso sucedía –ilusión– ¡podía volver! Pero no volvió.

EL CONDE
Al poco tiempo, mi vieja se enfermó: algo de los intestinos. Y tuvo que salir a laburar: mucama por horas.
Yo me volví transparente: creo que ella ya no me veía. Peleaba por mí, se rompía el culo para criarme, pero no me veía. Una vez me llevó a comer sándwiches en un sótano de Lavalle; mientras yo comía –solemne– a ella le resbalaban las lágrimas por la cara. Cuando terminé nos levantamos y nos fuimos. Desde la muerte de mi viejo había dejado de acariciarme.

Al poco tiempo me tuvieron que llevar a mí al médico. No me acordaba de nada: se me había ido la cara de mi viejo; pensaba en él y me venía Bela Lugosi. No me acordaba cómo era su voz. El pediatra me revisó y dijo que no tenía nada. Sólo que estaba deprimido: le aconsejó a mi vieja que me metiera en un club y que me dejara leer todo lo que yo quisiera. Era un buen pediatra pero terminó como tantas cosas en aquel barrio: una tragedia. Se tiró por el balcón. Los que lo querían dijeron que porque era gay. Los que no, porque era paidófilo.

En cualquier caso, su consejo de lectura libre me salvó y al verano siguiente cayeron en mis manos los tres tomos de El conde de Montecristo. Ahí entendí todo.

A Edmundo Dantés le habían robado la esposa, la casa, la vida y lo habían mandado a la cárcel. A mí me habían robado a mi viejo y, casi, a mi vieja; la casa se caía a pedazos y mi mayor ilusión no se cumplía.

Entendí todo: el motor de mi vida de ahora en más iba a ser el resentimiento. No la venganza. Envidié mucho a Edmundo Dantés: después de 12 años, él pudo volver de la cárcel con otro nombre. Volvió poderoso y, sobre todo, tenía de quién vengarse. Pero yo, ¿de quién me iba a vengar? ¿Quién se había llevado a mi viejo? ¿Quién lo había puesto en esa tumba sin nombre a la que durante 20 años no quise volver?
Gérard de Nerval se suicidó tirándose de la Torre de Saint Jacques, en París. Al pie de la torre, en una roca negra y a manera de homenaje, alguien grabó su mejor poema, El desdichado.

“Ma seule étoile est morte, et mon luth constellé
Porte le soleil noire de la mélancolie...”
(“Mi única estrella ha muerto y mi laúd constelado
lleva el sol negro de la melancolía”.)
Cuando la vida te quiebra el espinazo de pibe, cuando tu mejor ilusión fracasa, el suicidio es una posibilidad. El desdichado. De pibe nunca lo pensé. Alguna mano mágica, amiga, me mostró el camino del resentimiento. El camino de Edmundo Dantés, conde de Montecristo.
Es curioso: Gérard de Nerval trabajó como escritor fantasma para el imperio de los Dumas. ¿Habrá metido mano en El conde de Montecristo? ¿Habrá conocido también Nerval el camino del resentimiento y finalmente lo venció el sol negro de la melancolía, el suicidio? ¿Qué es lo que lo lleva a uno a ser El desdichado y no El conde...? Es decir: ¿cuándo y cómo la melancolía y la depresión derrotan al resentimiento, que mal que mal te hace vivir, aunque sea con las ilusiones rotas?

ANESTESIA
En la adolescencia, el resentimiento me llevó a la timidez. Durante mucho tiempo me vedó el placer. Busqué el vértigo del exceso para ver si entonces aparecía un placer tan grande que me librara del rencor sordo de los excluidos.

Porque el rencor trae anestesia. Una vez leí algo así sobre Andy Warhol. Dicen que era un tipo distante, inmutable, anestesiado en sus sentimientos, incluso en las cosas más sublimes que hacía. En Nochebuena, Warhol iba a cenar a un hogar de caridad con vagabundos y marginales de la vida. Pero allí tampoco se emocionaba. Lo hacía y punto.

Algo parecido me pasaba a mí. Todo lo hacía y punto. Sin demasiado placer y sobre todo, sin demasiada ilusión. Viví cosas más intensas que las que suele vivir un pibe de 18, 19 años. Había sido heladero y trabajé varios veranos descargando quesos de camiones que venían del interior; atendí una tienda de trajes de disfraces y trabajé varios años en teatros de strip tease. Era la envidia de mis compañeros del secundario: tenía minas en bolas al alcance de la mano en los años de la dictadura, tiempos, también, de represión sexual.

Pero era como si todo eso le pasara a otro. Fue a otro al que llevó preso la cana y a los 19 años lo quiso procesar por gigoló. Fue a otro a quien una stripteasera le dijo que estaba embarazada y que pensaba tenerlo. Fue a otro a quien esa misma mujer que había crepitado en sus manos se le casó con otro tipo en la cara en menos de dos meses, yo sé que por despecho y por haber perdido el pibe. Fue otro el que la acompañó a buscar el traje de novia y ahí mismo se fue con ella al telo, con traje y todo.

Por suerte, el resentimiento nunca me llevó a la encrucijada Astier. Ya saben: Astier, Silvio Astier. El traidor de El juguete rabioso. Traidor por excluido.

Excluido del dinero: pobre. Y excluido del saber: por eso quema la biblioteca de la escuela. Cuando uno llega a la encrucijada Astier sin algunos valores (yo prefiero hablar de ideología) se vuelve un traidor primero y un corrupto después. He conocido a muchos Silvio Astier mal resueltos en todos estos años de hacer periodismo entre la clase política argentina.

El resentimiento, en verdad, me llevó a estar más cerca del Astrólogo de Los siete locos que de Silvio Astier. Yo también soñé con una revolución, con un golpe de justicia para que tanto canalla que uno ha visto sufra y garpe por lo que hizo. Después descubrí que las revoluciones, al menos como uno las leyó, tienen mucho de intolerancia y de militarismo.

ESCRIBIR
La lectura me salvó. Primero de la depresión, luego de la codicia. ¿Qué otra cosa podía soñar entonces sino ser escritor? La pasión por la literatura y la orfandad me llevaron a buscar padres sustitutos en amigos escritores que conocí en el periodismo. Me fue muy mal.
Admiré mucho a Andrés Rivera, mi primer jefe de redacción. Pero, quién diría, a él, tan políticamente correcto, tan revolucionario del Cordobazo, la ira lo cegó e hizo que me echaran aunque yo era el delegado.

Un par de años estuve muy cerca de Osvaldo Soriano: vimos juntos el Mundial del 86, como no había podido verlo con mi viejo. Me pasó los originales de dos de sus novelas para que los leyera y criticara antes de publicarlas y en una hasta puso el nombre de mi hijo mayor en clave, como para que sólo los amigos lo entendiéramos. Pero unos años después, cuando algo grave me estaba pasando y necesité un amigo que me escuchara mano a mano, me encontré con un típico escritor que sólo hablaba de sí mismo, de las nuevas traducciones que merecía su obra y de cómo en Italia lo equiparaban con García Márquez y Vargas Llosa. Desilusionado, nunca más lo vi. De todos modos, lloré mucho cuando se murió. Lamenté demasiado no haber podido decirle cuánto lo quise.

Poco a poco, me di cuenta de que mi búsqueda de padres sustitutos me hacía volver al primer conde, a Drácula. Era vampirismo puro: aprender y asesinar. Parricidios falsos. Ilusiones perdidas.

Hasta que del modo más primario un día llegó el primer síntoma de que había esperanzas para curar la orfandad, el resentimiento, la anestesia.

Fue cuando nació Juan, mi primer hijo. Durante cuatro días sentí que las piezas del Tetris de la vida caían en su sitio sin esfuerzo. Sentí que algo de lo que la muerte de mi viejo había provocado se estaba reparando. Fui feliz.

Poco después, un día, me acordé: la tumba de mi viejo seguía sin nombre. Y mandé grabar como epitafio los obvios y magníficos versos de Miguel Hernández:

Quiero minar la tierra hasta encontrarte

Y besarte la noble calavera
Y desamordazarte y regresarte

Había enterrado por fin a mi padre y la ilusión de que volviera. Pude hacer entonces el duelo por las cosas que, mal o bien, había hecho y ya no iba a volver a hacer. Mi cuerpo ya no iba a ser lo que fue. Ya no iba a volver a amar a algunas mujeres que perdí; ya no iba a ser algunas cosas con las que siempre soñé: maestro de escuela, político bueno, sereno aburrido pero lector impune, escritor.

EL regreso Trece años después de la muerte de mi viejo me enteré de que tenía un hermano. Otro hermano. Yo lo conocía, venía a mi casa pero no sabía que era mi hermano. Era hijo de mi viejo con otra mujer. Era 22 años mayor que yo. Julio, ¿no te acordás? Uno alto, de bigotes, el que le enseñó a manejar a tu hermano Lito.

Una pelea tonta por la pensión de mi viejo había separado a mi hermano Julio de nosotros dos, los otros hijos de mi viejo. Yo sólo sabía de él que era taxista, que paraba en Los Ases, un boliche de Avenida de Mayo y Tacuarí. Siempre que pasé por ahí camino a Página/12 miré a ver si estaba. Pero, ¿cómo reconocerlo?

Pasaron los años. Un día, haciendo una entrevista con Palito Ortega para Puntodoc me encuentro con alguien que había conocido a mi viejo y a mi tío y ese hombre también me habló de Julio, mi hermano. Me dijo que trabajaba en el Congreso. No podía ser: yo vivía a una cuadra del Congreso.

Lo llamé por teléfono, le dije quién era pero él ya sabía todo de mí. Le había preguntado por mí a otros periodistas; veía mis notas en cnn. Le pregunté por qué nunca me había llamado. Me dijo que no sabía si yo sabía que él era mi hermano, si alguien me lo había dicho.
Y así fue: 29 años después, sonó el timbre de mi casa y era mi hermano Julio.
Pero no sólo volvió Julio. Con él volvió mi viejo. Porque Julio tenía la misma edad que mi padre cuando murió: 62 años.

Ojalá yo pudiera transmitirles el flash que fue ver aparecer a mi viejo no como Drácula sino como Julio: parecido y diferente a la vez. Otros ojos pero el mismo corte de cara, tal vez la misma voz que yo había olvidado.

Como animalitos nos olimos, hablamos en voz baja, nos reconocimos. No importaron la cultura ni la política. El era lo Otro: era peronista, no leía libros, le encantaban los autos, odiaba las cosas viejas.

Durante poco más de un año hablamos todos los días. Me alcanzó a contar cosas de mi viejo que nunca nadie me había contado. Que mi viejo mantuvo dos casas durante un par de años, hasta que se separó. Pero sobre todo me alivió: mi viejo no lo había abandonado cuando se juntó con mi vieja.

Pero así como la vida te da las cosas, así te las quita, y la ilusión de haber recuperado a mi viejo a través de mi hermano duró poco.

Una maldita isquemia, un puto derrame cerebral lo dejó hemipléjico y, sobre todo, afásico.
Julio ya no puede hablar: justo lo que los dos más necesitábamos.

A veces, como ven, las ilusiones se cumplen, no como las soñamos sino de otra manera, alambicada, caprichosa. Y como vienen, se van.

Número 30/ ilusiones
  Tapa
  Sumario
  Iluminaciones
  Con ojos color
  de miel
  El defecto de
  mi niñez
  Cubana filosofía
  de la ilusión
  Quiero que vuelvas
  Pasión
  Esos sueños de mi
  hermano
  Adiós, guitarra cruel
  Una familia especial
  Que la pena haga
   sus valijas
  Te perdí, te voy
  a encontrar
  El espejo
  esmerilado
  Foros