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Por
Liliana Heker | Escritora
Su último libro es La crueldad de la vida
Foto: Fernando Gutiérrez |
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| El espejo esmerilado |
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Cuando
yo era chica tenía la ilusión de que un día
los problemas se acabarían: aquello que me daba angustia
o miedo dejaría de atormentarme y yo por fin conseguiría
no andar a contramano por la vida. Se trataba sin duda de una
gran ilusión. Pero había también ilusiones
más modestas, estadios vaporosos en los que aquello que
debía ocurrir o yo suponía que iba a ocurrir
estaba aún latente y entonces podía alcanzar el
grado de lo perfecto. Debo hacer un esfuerzo para separar esos
estadios de los juegos del pensamiento en los que, pongamos
por caso, yo era una hermosa niña agitanada capaz de
ir sin ayuda de los Andes a los Apeninos u hoy encuentro en
un taxi el taximetrero es viejo y ni se percata
una razonable fortuna anónima que me salva y que, además,
pertenecía a un ser siniestro de dinero malhabido a quien
no me produce ninguna culpa esquilmar. Estos juegos pertenecen
al puro territorio de la fantasía: una puede ir y volver
de ellos sin atarse a plazos ni a circunstancias. Con las ilusiones
pasa otra cosa. Su condición de existencia consiste en
que una crea que un día van a ser una realidad. Será
por eso que estoy buscándolas en mis primeros años:
tengo la impresión de que ahora me ilusiono poco: tal
vez fui aprendiendo a prever el futuro con cierto cálculo
de error y hasta tuve la suerte, a veces, de que ciertas realidades
estuvieran a la altura de mis ilusiones. París no fue
inferior al sueño de París y las islas del Rosario
no se diferenciaban mucho de esa islita del náufrago
que yo había aprendido en las historietas.
Hasta la adolescencia, en cambio, las ilusiones eran de las
pocas cosas otra era la invención de historias,
otra los razonamientos, otra los libros que impedían
que muriera de aburrimiento. Eran ilusiones que solían
desembocar en una desilusión, y ahora que lo pienso,
es ahí, en la desilusión, donde debe morir toda
ilusión que se precie. Si acaba derrotada por la realidad
que la generó no merece siquiera que se la recuerde.
Yo tuve ilusiones de naturaleza diversa: una vez, a los trece
años, entré en un coro gracias a un enamorado
que era violinista y, durante los dos o tres meses que me duraron
el coro y el enamorado, me ilusioné con la suposición
de que un día no muy lejano iba a cantar hermosamente.
Era magnífico porque cantar siempre fue de las cosas
que más me han gustado en el mundo. Sigo cantando, claro,
sólo que tan mal como antes del violinista. Otra vez,
a instancias de una amiga habilidosa, fui a aprender corte y
confección.
Durante el mes en que soporté a la profesora y a sus
moldes, me ilusioné con la posibilidad de tener en el
futuro yo misma iba a hacérmelos todos los
vestidos que se me ocurrieran. Basta verme pegar un botón
para entender en qué terminó esa ilusión.
Pero mis ilusiones más fuertes siempre estuvieron vinculadas
a los espacios. Espacios que yo imaginaba espléndidos
y cuya esperanza de habitarlos me anticipaba la dicha.
Un día de diciembre de mis siete años me dijeron
que dos meses después iríamos a la costa. Era
mi primer viaje y era la primera vez que vería el mar.
Durante sesenta días rodé por arenas ingrávidas
y doradas y fui alzada por olas de un azul imposible. La arena
real resultó áspera y casi no se la veía
debajo de la multitud que en ese verano del cincuenta y uno
poblaba la Bristol; en cuanto al mar, su color no difería
demasiado del del río y el tamaño de sus olas
era imperceptible comparado con el de las mías. Más
adelante, otros mares y este mismo mar nuestro en inviernos
despoblados no desmerecieron mis sueños, pero ninguno
alcanzó el esplendor del que, una madrugada, mientras
esperábamos el auto que nos llevaría, yo sabía
o creía saber que me aguardaba ahí
nomás, al final del viaje.
Una ilusión tan intensa como la del mar fue la del primer
departamento. Yo tenía cuatro años, una prehistoria
en una pensión de Bahía Blanca y una historia
que en ese momento no me parecía breve en
la casa de mis abuelos y en la trastienda de un pequeño
negocio. Al principio, cuando supe que mi padre había
alquilado el departamento, todo consistió en soñar
cómo sería vivir en una casa que por fin sería
nuestra casa. Después se fueron agregando detalles. Ocurrió
que el edificio aún estaba en construcción, y
mi padre, cuando volvía de visitarlo, nos iba contando
los progresos. Recién ahora reparo en que él debía
pasar casi todos los días por el edificio en construcción
y también entiendo por qué mi madre, una y otra
vez, le decía algo cuyo sentido se me escapaba. Ay,
Goyito (le decía), sos siempre el mismo iluso.
Se lo decía porque mi padre, en cualquier circunstancia,
intentaba convencerla de que pronto todo se iba a arreglar,
pero también se lo decía por la manera en que
nos iba contando los avances de la casa. Yo registraba el verde
nilo de los pasillos, los grandes espejos del hall y, ya en
nuestro departamento, la luz que entraba por los vidrios esmerilados
de las ventanas. Tal vez los detalles eran imprecisos o yo,
a los cuatro años, no los comprendía muy bien.
Lo cierto es que, durante meses, me multipliqué en espejos
enfrentados y fui esmerilada por la luz de las ventanas. No
voy a abundar: sólo diré que en el hall había
dos espejitos de morondanga que ni siquiera estaban enfrentados,
y que una palabra tan hermosa como esmerilado apenas
significaba que yo nunca más podría mirar hacia
afuera. Supongo que a esa desilusión, a los vidrios opacos
y a la falta de espacio, les debo el descubrimiento de los libros,
los únicos capaces de rescatarme de la opresión
de ese primer departamento. También les debo la obstinada
pasión con que voy armando cada una de las sucesivas
casas que es mi casa. Y ahora me doy cuenta de que cada una
de ellas, también la amada casa de San Telmo en la que
escribo estas palabras, es, más que ninguna otra cosa,
una ilusión, algo que nunca termina de armarse pero cuya
urdimbre final yo conozco y en cuyo sueño de completud
me refugio como dentro de un aura. Si alguna vez tengo el dinero
suficiente (me digo) voy a voltear esa pared, voy a comprar
aquel sillón, voy a hacer una estantería. Y esto
me lleva a otra ilusión, con la que convivo, la ilusión
de tener el dinero que me va a permitir no preocuparme nunca
más por problemas de dinero. Y también me lleva
a la expresión más perfecta de esa ilusión:
el juego de azar. Compro un billete de lotería, o apuesto
a la quiniela un número que me persigue, o pongo una
ficha en una casilla de la ruleta, y mientras llega el día
del sorteo o la rueda gira yo vivo con la ilusión de
que voy a ganar y entonces todos mis problemas van a resolverse.
Con lo que vengo a descubrir que no soy tan distinta de la que
fui y que, pese al aprendizaje de la realidad, sigo siendo tan
ilusa como mi madre decía que era mi padre |
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