Editorial |
Nuevos rompecabezas
No hubo –les aseguro– voluntad de que este número saliera
así. Ningún redactor recibió ideas sobre cómo enfocar su texto: queríamos
ver qué surgía. Y apareció, libremente, un dibujo que se puede leer
como fiel reproducción de la época.
El hombre heterosexual que se ahoga en agotamientos,
en el cansancio de jugarla durante mucho tiempo de todopoderoso. Soy
lo que soy, lo que no soy, no soy nada, o soy todo, parece deslizar
su relato. Pero, básicamente, no esperen de mí solución alguna: me
cansé de dar. La mujer, en cambio, saca agallas. Goza con la antes
masculina idea de conquistar el mundo. Toma un lugar de lucha, de
poder, de definir un futuro. Con o sin hijos, da lo mismo, porque
la maternidad dejó de ser celebrada como el centro del universo.
En medio de tanta transformación, las otras identidades
no piden permiso. Existen, sienten, y con eso alcanza. Disminuyen
el rollo de la culpa y el debate por la conquista de los derechos.
Ahora sólo se trata de vivir. Así, una madre lesbiana habla desde
el amor más que desde la reivindicación. Relatos gays que son pantallazos
de cotidianidad y no de lucha. Una travesti que es empleada administrativa
y deja atrás el obligado disfraz de plumas. Un muchacho que nació
con cuerpo de mujer pero que proclama su hombría.
La identidad única no existe, parecen decir todos. O
hay tantas que ya no se pueden clasificar. Por eso, que cada cual
forme la suya.
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