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Por María Moreno. Periodista y escritora.
Entre sus libros figura la novela “Affair Skeffington”
  Pollera y Pantalón Vida cotidiana y debates sobre géneros
F / M
     Cuando veo este signo escrito nunca entiendo bien a qué alude. Tardo un rato. Por eso a veces suelo meterme en el lugar equivocado. Antes de entrar en un baño público me demoro bastante estudiando la silueta de la puerta. No diferencio muy bien el monigote con pollera del de pantalón. Si el lugar es ambicioso y en cada baño hay, por ejemplo, la imagen de un actor o de una actriz, vacilo aún más. Pueden ser un par de posters que no quieran decir nada. O que detrás de esas imágenes ni siquiera haya un baño.

     Tengo problemas con las señales convencionales del género. Sí, ya lo sé, el género es una construcción social, una disparada del sexo biológico aunque hoy haya teorías que lo discutan de una manera nada simplista. Debo ser una de las pocas mujeres que tuvo que imponer en su infancia que le atribuyeran el género más vulgarmente asociado a su sexo. Por alguna razón, mi madre leía en mi cuerpo que la convencional cercanía entre sexo y género sería una desilusión. En mi contorno magro, larguirucho –cualquier cirujano hubiera visto en él, al menos cuando yo tenía doce años, un campo adecuado para una operación que me convirtiera en trans–, la ausencia de grasa y la brusquedad instalaban, sin hacerme masculina, una femineidad dudosa. Pero esa mirada de mi madre se había arraigado muchos años antes. Inútilmente deseaba yo, durante los bailes de carnaval, las pompas de un vestido de dama antigua, con su correspondiente peinetón de peltre, su corselete de raso bordado, sus vivos de puntilla y, como accesorios, los zapatos de Minnie Mouse o, en su defecto, el de holandesa con su cofia de extremos plegados y sus zuecos de madera pintados a mano. Una vez me dieron un traje de vaquera con su cinto, sus cartucheras y ¡ay! el sombrero de John Wayne. Conservo una fotografía donde poso con expresión trágica, el arma de juguete apuntando a cámara, chueca en el interior de mis botas de caña alta. El caño del arma está ligeramente inclinado hacia abajo porque la enarbolo sin fe, con la muñeca quebrada, convirtiéndola en un símbolo fálico fláccido, el pene de un hombre viejo que al llegar al hotel abre su billetera y descubre que se dejó el Viagra en casa.

     En otra fotografía estoy sentada al volante de un coche que es la réplica de la Ferarri de Fangio. Sonrío –ingenua de mí– porque imagino que si les presto el auto a los varones del barrio podríamos jugar a marido y mujer: algún “él” iría a su trabajo en automóvil, yo lo despediría rodeada por mis muñecas hijas agitando un pañuelo y en medio de mis muebles miniatura comprados a la compañía de plásticos Jugal. (Obviamente, ninguno de los varones que lograba hacerse del coche, lo devolvía inmediatamente luego de dar una vuelta manzana –ese era el pacto– y había que ir a rescatarlo.)

     Conozco a mujeres que dicen haber tenido que luchar contra lo que sus padres pretendían imponerles en nombre de la cuadrícula de su género. Algunas, incluso, recuerdan grandes escenas de rebelión que quedaron impresas en sus memorias como condecoraciones al mérito. Una evoca la potencia que sintió al trepar hasta la copa de un árbol altísimo y del que se negó a bajar hasta el atardecer. Otra se travestía para jugar al fútbol. Y una tercera, cuya cabellera rubia y rizada se había convertido en un fetiche familiar (hasta el punto de que su madre y su hermana mayor la sometían cada noche al suplicio de peinarla y desenredarla mediante reiterados cepillazos y tironeos), se la cortó poco después de tener la primera menstruación, llena de cólera y desesperación por el acontecimiento, con una tijera de cortar pasto. Luego se afeitó la cabeza e intentó clavarse un alfiler de gancho sobre la crisma, tratando de imitar al muñeco de Geniol, con la intención de ofender a sus padres, a quienes ella consideraba los injustificados dueños de la cabellera.

     Que yo sepa, todas estas chicas se identificaban a Jo, la más machona de las hermanas de Mujercitas, la desgreñada que monigoteaba con sus cintas para el pelo. Aunque unas pocas de ellas son ya abuelas, suelen decir hoy con la misma fe de antaño “yo era Jo” sin darse cuenta de que gracias a la fonética la frase suena como una simple declaración narcisista. Pero yo solía identificarme con la que se moría –cuyo nombre no recuerdo– desmoronándose primero dentro de su prisión de enaguas superpuestas y luego desfalleciendo hasta caer en cama, mortalmente lívida ya, los rizos dispersos sobre la almohada de tal modo que su cabeza, que apenas podía erguirse, se parecía –imaginaba yo– a la cola abierta de un pavo real. ¡Cómo fastidiaba a mis amigas en las representaciones teatrales que hacíamos con el libro de Alcott –el más tonto, atávico e insustituible de varias generaciones de mujeres– reduciendo mi papel a desmoronarme ruidosamente en el piso, vestida con una pollera de cretona perteneciente al guardarropas de la niñera y las ojeras pintadas con crayon violeta y prolongando mi inmovilidad hasta que un pie perverso me pisaba una mano!

     En el verano de 1954, el 8 de diciembre, la mayoría de mis compañeras de grado tomaron la comunión. Mi madre dijo que no tenía tiempo para llevarme a las clases de catecismo. Por entonces coqueteaba con los socialistas. Eso le permitía envolver en razones ideológicas un ascetismo que no era más que un sentimiento de inferioridad social debido a su origen proletario. Su desprecio al lujo no me ocultaba que algo en mí le hacía pensar que no encajaba con el vestido blanco, profusamente adornado por puntillas compradas en Al encaje de Bruselas y del que yo codiciaba especialmente la bolsa de las estampitas, festoneada y bordada a mano. Entonces, poco antes del 8 de diciembre, una mujer de labios pintados y peinado a la banana comenzó a visitarme todas las tardes, a la hora en que yo solía salir al balcón. Me dijo que era catequista de la iglesia del Carmelo y que preparaba para la comunión “a domicilio” a las niñas que no podían asistir a la iglesia durante la semana. Me enseñó el catecismo a través de unos papelitos escritos de su puño y letra, redonda y pareja. Sólo se lo conté a mi madre cuando ya había aprendido a rezar, quería que fuera una sorpresa. Pero ella armó una escena terrible. Las palabras que dijo sólo tuvieron sentido para mí con los años: en nuestro barrio las prostitutas que envejecían solían “reciclarse” como catequistas. Prácticamente mi madre me trató como si yo fuera un cliente.

     Vi cómo mis amigas se preparaban para la comunión sabiendo que yo no la tomaría. Recuerdo a una, con los volados sujetos aún con alfileres de cabecita, que de pronto levantó los jazmines chorreantes de un florero, subió la escalera de su casa –un chalet de dos plantas construido por la Fundación Eva Perón– y bajó con los ojos cerrados, como en éxtasis, mientras nosotras, las otras chicas del grado, coreábamos “ta, tan, ta, tan”, la marcha nupcial de Mendelsohn.

     Mi amiga Alicia, al revés de mí, no quería tomar la comunión. Persuadida de su femineidad por una menstruación precoz y el sabor de los primeros besos, no necesitaba la prueba del traje largo que hacía soñar con un vestido de novia. La madre de Alicia era una mujer que se jactaba de cierto origen aristocrático y consideraba mersa toda proliferación de puntillas y de moños. Así que le hizo hacer a Alicia un vestido largo totalmente liso y donde la bolsa de las estampitas parecía un sobre de correo. Alicia me mostró con malicia cómo sus pechos –ya usaba corpiño– despuntaban bajo el canesú y cómo a través de la malla de una de sus medias de muselina, se había escapado un largo pelo negro. Parecía una novicia enana. Igual la envidié.

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Número 27/ El hombre y la mujer
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  Me gusta ser mujer
   Pollera y pantalón
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