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Por Leila Guerriero , Escritora
  Me gusta ser mujer (y odio a las histéricas)

La Vida Real era una pesadilla. Entonces hice mi gesto heroico de la década: volví por un par de días a Buenos Aires y, sin conocer a nadie del mundo periodístico, dejé unos cuentos cortos en la recepción de Página/12 a nombre de Jorge Lanata. Tenía esperanzas de que los publicaran en el suplemento Verano/12. Dos semanas después, papá me despertaba a gritos porque en el Página de ese día habían publicado uno de mis relatos en la contratapa, donde solían firmar Gelman y Soriano. Llamé y me pasaron con el mismísimo. Fue como hablar con San Martín. A los tres o cuatro meses, y sin saber quién era yo, el hombre me ofreció trabajo en Página/30. Acepté, claro. Me recibió en su oficina y me dijo: “Andá y defendete como puedas. Por lo demás, y en cualquier ámbito, cuando te cierren las puertas no las golpees: tiralas abajo a patadas”. Desde ese día no lo vi más, salvo alguna excepción impersonal que no cuenta. El oficio no fue fácil, al principio. Para ese mundito intelectual yo no dejaba de ser la chiruza tímida que llegaba del interior; el paracaidista gaucho. Alguien sobre quien pesaban todo tipo de sospechas: por qué estaba ahí, a quién conocía, hija de quién era, espía a sueldo de cuál. Pero que yo fuera mujer era un detalle: daba igual. Siempre hay alguien que supone que se ganó el derecho a entrar en tu cama por pagarte el café de máquina del pasillo, pero esos son ripios muy menores. En lo que verdaderamente cuenta, el mundo laboral se dividió para mí en “notas que me interesan” y “notas que no estoy dispuesta a hacer”. Por lo demás, hice lo que me enseñaron en la única clase de periodismo que recibí en mi vida: me defiendo como puedo y pateo hasta que se caen las puertas que no se abren.
Pero ni entonces ni ahora creí que esta fuera una fórmula sólo apta para mujeres.
Todos hemos hecho cosas de las que nos arrepentimos. Yo, una vez, escribí un artículo sobre mujeres en el rock. Cuando llamé para proponerle una entrevista, Celeste Carballo, sin conocerme y por teléfono, gritó que periodistas como yo hacían que la música hecha por mujeres continuara siendo música de gueto, que nunca iba a participar en una nota tan miserable y que, además, me instaba a que renunciara ya mismo a la redacción y publicación de semejante engendro. No le hice caso. Encontré muchas bajistas, cantantes y guitarristas que tenían bastante para decir acerca del costado machista del Mundo Rock. La nota se publicó, y yo no tardé mucho tiempo en entender que me había equivocado y que la dama celeste tenía razón. Nunca más hice eso: retratar mujeres en ámbitos varoniles como una novedad de zoo.
Hay formas muy sutiles de discriminar. Mi nota sobre las mujeres del rock fue una.
No sé cuántas otras sandeces por el estilo habré cometido, pero ojalá no hayan sido muchas.
La pelirroja era divertida, artificiosa y se burlaba de su propia compulsión al consumo de ropa y horas de peluquería. Era un mujerón, ladina y astuta, sabía conseguir lo que quería y simulaba lo que no tenía con afeites tramposos. Por ser amigas, no podíamos ser más distintas. Ella era un canto al engaño y yo, de chica, había querido ser un cowboy para no tener más pertenencia que mi caballo; manicura, pedicura y cosmetóloga son tres deidades que ignoro y a las que ella les dedicaba semanal pleitesía. La dejé de ver cuando se puso tetas. Un día me llamó, me dijo tenés que venir a ver cómo me quedaron, fui y me esperaba con dos vasos de vino, media pizza y una teta –vendada– en cada mano.
–Tocá, tocá.
Pidió. Yo toqué, por no despreciarla y aunque la cercanía de un cuerpo femenino siempre me pone tensa. Quiero decir que no estoy acostumbrada a tocar mujeres, pero aquella noche sonreí, le toqué un poco las tetas y mientras mordía una porción de muzza dije:
–Mumm lindas. Te quedaron mumm, mumm lindas.
No la vi más –las tetas, supongo, la alejaron de mí para acercarla más a los hombres y a la peluquería–, pero todavía me provoca cierta ternura ese despliegue consciente de frivolidad. En esa exageración de la coquetería veo algo anacrónico, muy inocente y casi travesti. Algo de lo que soy incapaz pero a lo que, alguna vez, me gustaría jugar. Digamos, por un día. Digamos, mejor, por un par.

Son las siete de la tarde de un jueves de principios de julio y el taxista tiene el dial clavado en Radio 10. Chiche Gelblung conversa con Gabriela Acher y Gabriela Acher sostiene que el desencuentro de los sexos surge porque en el amor las mujeres necesitan tiempo mientras los hombres andan apurados. Que las mujeres queremos ternura y ellos sólo un poco de apretuje. Que ahora los hombres soportan una mirada crítica y, pobres tipos, se sienten disminuidos. Ellas están arrasadoras y ellos asustados, y por eso hay tantas mujeres solas.
Que me perdonen bien perdonada, pero suena a consuelo de perdedor.
El mundo masculino no está formado por un grupo de inhibidos, ni el femenino por un grupo de aguerridas. Esta, y otras definiciones, funcionan bien solamente en el Reino del Lugar Común, ese lugar atravesado por chistes burdos donde los hombres siempre son desconsiderados y las mujeres histéricas. Y yo no.
Me niego a agregar mi firma al pie de tanta revista femenina que define a las mujeres como esos seres a los que la depilación les duele, la menstruación les molesta y no encuentran placer más grande que reunirse entre ellas para hablar de “cosas de chicas”. No me siento parte de ese continente femenino formado por compradoras compulsivas, fóbicas al ginecólogo, temerosas de los años, necesitadas de palabras de amor después del sexo. No pienso que los hombres son todos iguales, ni que ya no hay hombres, ni quiero ni quise casarme, ni espero que me abran puertas.
No.
Me enervan las revistas femeninas que proponen cien maneras distintas de hacerle creer a él que tuviste un orgasmo y ocho fórmulas para que te proponga casamiento sin que se dé cuenta. Yo no sé qué es lo que hace mujer a una mujer, pero sé que esas cosas no te hacen más mujer: sólo te transforman en una persona desagradable.
Durante años mi pasado de chica pueblerina fue una molestia irritante y pensé que una buena forma de aplastar esa educación modosita y prejuiciosa era jugar, sin prudencia, a todos los juegos que la gran ciudad –y el mundo– me pusieran por delante. Así, aterricé borracha en sillones no siempre conocidos, tuve amores locos, malos amigos, amigos sensacionales, amigas descontroladas, hice mucho, dormí poco, y un día paré.
No me llevó tanto tiempo darme cuenta de que en mi canastita pueblerina quedaban unas cuantas cosas agradables que no valía la pena manchar con resentimiento. Todavía hoy tejo unas carpetas al crochet amorosas, tengo mi propia plantación de romero, salvia y perejil en el balcón, y conservo con orgullo mi lado salvaje que me dice que, si me lo voy a comer, lo puedo matar sin remordimiento. Todo esto a Diego le parece exótico y encantador, y en gran parte fue por eso que dejé de estar enojada con el pueblo.
Con Diego aprendí otras cosas. Aprendí a ser un buen salvaje, a necesitar poco, a ser austera y, sobre todo, a viajar de un modo en que a mí me gustaría que fuera la vida, siempre. Lenta, salvaje, amenazadora, a veces incómoda, extrema. Un animal de lujo. Hace rato que supongo que las cosas que importan –la bravura, la serenidad, la conciencia de la precariedad del mundo, la hidalguía, la dignidad, la elegancia y el coraje– no son patrimonio exclusivo de mujeres ni de hombres, y en esos viajes puedo ser valiente, noble y serena. Como la vez de la tormenta. Una tormenta en la montaña, lluvia a mares y una niebla empeorada por el humo de la quema. Diego y yo viajábamos en camioneta por la frontera entre dos países. El camino era cornisa, un jabón. En una curva inclinada con precipicio al fondo la camioneta se descontroló. Diego pudo frenar a centímetros del barranco, pero sabíamos que cuando pusiera un pie sobre el embrague la camioneta podía resbalar y mañana seríamos tapa de diario, llanto de familias o, con suerte, carne de hospital. Pero no dijimos nada. –Ponete el cinturón –masticó alguno de los dos. Diego puso primera, soltó el embrague, la camioneta se sacudió como un yacaré con una cola muy grande y empezó a bajar, a resbalar, a bajar, a resbalar. Cuando llegamos al llano, ni él ni yo dijimos nada. Nos pusimos ropa seca, y seguimos viaje sin otro comentario que una puteada diluida porque nos agarraría la noche. Llegamos a una ciudad, conseguimos un hotel y nos dormimos, roñosos y sin cenar. Si él tuvo miedo, yo no lo sé. Si yo tuve miedo, él no lo sabe. Me gusta recordar ese momento: el universo detenido en un instante feroz y Diego y yo bajando la montaña, mudos, envueltos en un silencio respetuoso. Dos caballeros conservando la calma. Fingiendo que no, aunque tuviéramos pánico. Nos queremos, también, por cosas como estas.
En el libro El camino de las damas (una recopilación de relatos de mujeres viajeras, realizada por Christian Kupchik) hay un capítulo en el que Karen Blixen –o Isak Dinesen–, la aristocrática danesa que vivió en Kenia, asegura que a lo largo de su vida tres frases le sirvieron como guía.
La primera es una sentencia latina.
Un romano necesita navegar hasta Cartago pero la tripulación se niega a embarcar porque el mar se presenta peligroso: “Entonces, cuenta Blixen, el romano les dijo: ‘Es necesario navegar, no es necesario vivir’. Me pareció muy acertada la idea, porque mientras naveguemos, estamos vivos”.
La siguiente es una frase en francés antiguo, descubierta en el escudo de armas de la familia Finch-Hutton: Je reponderay. Significa que uno puede responder y es responsable por lo que hace.
Pero la tercera, dice la dama, es la mejor. La tercera es su frase favorita. “Hace tiempo, en un puerto lejano y sin motivo aparente, me quedé observando a un barco que se alejaba. En un momento el barco comenzó a hundirse y en el medio de esa situación trágica se me reveló su nombre: Pourquoi pas? Por qué no. Desde entonces, esa expresión se quedó conmigo. Cuando la gente lo único que hace es preguntar ¿Por qué, por qué, por qué?, a mí me parece mucho más atinado preguntar ¿Por qué no?”.
Me gustaría que en mi escudo –o en mi tumba– escribieran alguna de estas frases.
Sería mejor, claro, si pudieran escribir las tres.


Las fotos de Gabriela Schevach que ilustran esta nota forman parte de un trabajo autoral sobre la identidad de género que realiza desde 1994.

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Número 27/ El hombre y la mujer
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