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Un
día mi padre me llamó y me explicó lo de la semillita, acariciándome
la cabeza como si me estuviera dando el pésame. Entendí así:
entendí que el hombre metía un brazo adentro de la mujer -no
me pregunten por dónde-, y que con los dedos -que en mi imaginación
tomaban la forma de una tenaza que tenía mi abuelo Elías-
plantaba una semilla. El procedimiento me pareció asqueroso,
humillante y quirúrgico, pero enseguida vi que había solución:
-Yo voy a hacer al revés, le voy a meter una semilla a un
hombre.
– No.
–¿Por qué?
–Porque no.
“Porque sí” y “Porque no” eran dos respuestas con mucho rating
en casa, pero después de esta explicación botánica, mi educación
sexual tuvo todavía otro capítulo. Eran las cinco de la tarde
de un año en el que tuve siete años. Volvía a casa caminando
con Paola, una compañera de colegio, y el grito llegó como
un baldazo: dos varones de séptimo grado, desde la vereda
opuesta. Paola se arreboló. Le pregunté qué quería decir lo
que nos habían gritado, y me mintió que no sabía. Paré a tomar
la leche en casa de mi abuela Any y disparé:
–Abue, ¿qué quiere decir “las vamos a coger”?
–Quiere decir que te quieren tocar. Es algo que te hacen los
varones. Es muy feo.
A los siete años, entonces, estaba segura de cuatro cosas
acerca del sexo: a) que consistía en la introducción de una
semilla; b) que eso probablemente se llamara coger –yo era
intuitiva–; c) que se hacía con las manos o con tenazas; y
d) que era algo muy feo que hacían los varones y que las mujeres,
probablemente, padecíamos.
Putas. Eran todas putas. Las que atendían al sodero en bata,
las rubias, las viejas que no usaban enagua. Si caminabas
moviendo el culo, eras puta. Si volvías a tu casa después
de las once de la noche, eras puta. Puta era la que iba al
colegio con las uñas pintadas, puta la divorciada y puta la
hija de la divorciada.
En Junín, provincia de Buenos Aires, la ciudad donde viví
hasta mis diecisiete, la vida era complicada si nacías varón:
había demasiadas opciones. Pero si nacías mujer era fácil.
Tenías que tomar una sola decisión: eras casta o eras puta.
Y si eras como yo –estudiosa, clase media, hija de padres
respetables– se descontaba que puta no, y que te ibas a casar
con el himen enterito, si era posible con tu primer novio.
Ahora tengo 34, vivo en Buenos Aires desde los 18, comparto
casa con Diego hace 6 y me piden que escriba sobre lo que
me hace mujer. Lo que me ancla del lado hembra de las cosas.
Se me ocurre que a) no quiero escribir unos párrafos que pudieran
someterse al título “Me gusta ser mujer”; y b) que ser mujer
en Junín fue una experiencia cercana a lo vergonzante e imposible
de obviar porque allí empezó todo. Yo era un dechado: once
añitos, moralista, recatada. Mis padres no me dejaban usar
tacos altos, ni polleras cortas, ni maquillaje. Mi madre me
promocionaba como si yo me mantuviera alejada de las tentaciones
por voluntad y no por prohibición.
–Ay, qué grande que está– decían sus amigas, y mamá completaba:
–Sí, es muy madura para la edad que tiene.
Madura quería decir que yo no contradecía sus órdenes y que,
por lo tanto, nadie me había besado ni tocado y que, aunque
a escondidas leyera la Justine del buen marqués y me
agarrara bruta calentura, las cosas seguían bien porque nadie
se enteraba. La inocencia iba primero, y no importaba mucho
si era real o fingida: importaba lo que estaba a la vista.
Y lo que estaba a la vista era yo, tan casta.
El sexo prometía más amenazas que el hombre de la bolsa. Entonces,
era mejor no averiguar y mantenerlo lejos. Fue así hasta mis
nueve o diez años, cuando le pedí explicaciones a una amiga
mayor.
–Me explicás todo, ya.
–No, me da vergüenza.
Acá había algo interesante. Le ofrecí mi Mental Top a cambio
de algunas precisiones, nos encerramos en mi cuarto y me explicó.
Me dio impresión. Sobre todo, lo del pito. Suponía que esa
cosa parecida a un tornillo, que sólo había visto en los bebés
o en mi hermano menorísimo, tenía que adquirir una consistencia
casi metálica. El pito pasó a ser un arma amenazante y escondida.
En un baldío cercano a la escuela, las paredes estaban repletas
de unos dibujos como aviones con alas desplegadas y grandes
soles oblongos con pestañas (unos sexos que ahora se me ocurren
aterradores), pero los aviones y los soles pestañudos no se
parecían a nada que yo guardara bajo la bombacha o que adivinara
detrás de las braguetas que husmeaba con discreción. Tenía
miles de dudas, pero pánico de compartirlas con mis amigas.
Es que en mi pueblo todas éramos vírgenes pudorosas hasta
el casamiento.
Todas.
Yo era capaz de matar por esta convicción. Así era yo. Boba.
No creía en dios pero confiaba en El Himen. Mi amiga mayor,
la que me explicó los rudimentos del sexo, tuvo cuatro hijos.
Cinco años después de casarse, dejó estudio y empleo para
mudarse a un pueblo de dos mil habitantes donde su marido
había encontrado un trabajo que lo conformaba.
No sé en qué pensó mientras se mataba. No sé por qué se mató.
Sé lo que pensé cuando la vi en su cajón: que había que tener
cuidado. Que después de todo, la fórmula perfecta de la felicidad
(hijos, marido, la casita con césped) podía no ser la fórmula
perfecta de la felicidad.
Pero yo era joven, estaba rabiosa, se había muerto mi amiga
y el mundo me debía una.
De todos modos, me mantuve alerta.
Es noche de martes.
Diego lava lechuga. Yo corto cebollas, pico tomates, controlo
una salsa. Abrimos un vino. Después de comer, cruza sus cubiertos
y me dice que qué bien cocino. Que soy rebuena ama de casa.
Ahora –mucha confianza y años juntos– sólo finjo que me enojo
y él, que me conoce, finge que se sorprende con mi ceño fruncido.
Sabe que me gusta cocinar y tener la casa ordenada, pero sabe,
también, que imagino el infierno bajo la forma de las tareas
del hogar como ocupación obligatoria y excluyente. Tenemos
cuentas separadas, casa compartida y responsabilidades iguales.
En fin: casi. Porque si bien no hay nada que sea tarea exclusiva
de Diego, sacar la ropa del tendedero y guardarla en los placares
es una de esas cosas que “si-no-las-hago-yo-no-las-hace-nadie”.
A Diego, simplemente, no le importa ver la ropa colgada durante
meses, y yo prefiero que las medias y los calzones no me arruinen
la vista del balcón, de modo que una vez por semana me transformo
en mi mamá, que volvía del fondo con una parva de sábanas
oliendo a sol, y junto la ropa recién lavada. Cada tanto me
canso y revoleo mi derecho a la igualdad, entonces Diego dice
con ternura “Sí, gordita, tenés razón”, dobla un par de remeras
y a la semana otra vez: ahí voy yo, juntando broches por el
balcón. También soy la encargada de la sección “Comidas difíciles”
(Diego es del Club del Bifecito a la Plancha, si le toca cocinar).
Si llego tarde a casa sobre el pálido desierto de la mesada
lucirá, con suerte, el laguito rojo de un tomate cortado al
medio. Si es Diego el que llega tarde, de guacamole para arriba,
habrá de todo. Antes pensaba que estas cosas –el orden, la
comida caliente, una casa agradable– tenían que ver con cierta
sensibilidad femenina en la que, por cierto, me cuesta creer:
tengo amigos varones que viven solos y sus casas son tan agradables
como la mía y cocinan mejor que yo. Prefiero creer que son
síntomas –visibles– de mi educación de buen partido: prolija,
limpita y ordenada. Cosas que aprendí de mi madre: perfumar
la casa con cascarita de naranja, sacar las frazadas al sol.
Cosas que, confieso, me gustan.
Pero también trató de enseñarme otras que no me gustaron tanto.
En 1979 yo ni soñaba en compartir mi vida con un hombre, pero
tenía doce años y supongo que mi madre habrá pensado que era
momento de hablar por primera, y única vez, de mujer a mujer.
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