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La Habana en su noche más larga el 31 de diciembre de 1958 era una extraña Habana muy diferente a la que describen con euforia ajena la fuga de Fulgencio Batista y la llegada del nuevo día aparentemente en libertad. Esta es la ciudad que nunca existió como la pintan, ese es el verbo, películas como El padrino 2 y Habana con una autoridad que la realidad nunca les concedió: todo está contado, a la Dumas, veinte años después. Esta es mi visión de lo que ocurrió.
Temprano esa noche me había reunido con el periodista americano Bob Henriquez y mi contacto habanero, Celia Sánchez, sin parentesco alguno con la Celia Sánchez en la sierra. Aunque, cosa curiosa, esta Celia Sánchez vivía en La Sierra, un barrio de La Habana, no lejos del cuartel general del ejército de Batista llamado Columbia, que pronto cambiaría de nombre de súbito.
Cuando la regresaba a su casa más tarde esa noche pronto nos vimos rodeados, cercados y prácticamente custodiados por los autos característicos del SIM, el temido por omnipresente Servicio de Inteligencia Militar. Pero pasaron de largo en carrileras opuestas por la calle Línea en dirección al campamento de Columbia. Celia siempre valiente y siempre acertada y ahora decisiva dijo:
–Pasa algo, tú –y siempre habanera. –¡Nunca he visto tanto carro del SIM!
–Es la noche de San Silvestre –dije.
–¿Noche de qué?
–San Silvestre, que es el santo del último día del último mes del año– le dije. Me miró asombrada por mi erudición inútil.
–Mejor me dejas en la esquina.
Ahí estábamos.
–Aquí estamos –dije.
–Tengo que hacer –explicó ella– unas llamadas por teléfono.
–Ten cuidado –le advertí.
–Descuida. Yo siempre tengo cuidado.
Desde detrás del timón la vi desaparecer en la esquina. Era la última vez que la vería ese año.
Regresé a La Habana tan extrañamente silenciosa, esta ciudad de los hablaneros, este barrio, ahora El Vedado, con tanta gente de la noche. Pero esa noche había la consigna, traída por vía indirecta, de sabotear no saborear la noche y que nadie saliera de su casa si no era necesario. Creí necesario dar una vuelta por La Rampa, que era el centro de La Habana nocturna, y salí por la calle L hasta la calle M a parquear en la esquina de la calle N. Pude hacerlo en la misma acera por detrás del Hotel Hilton, luego Habana Libre, donde algunos turistas no acababan de entender que pronto, mañana mismo, este hotel construido con los fondos del poderoso sindicato de los gastronómicos (es decir los obreros de hoteles, bares y restaurantes: camareros, cocineros y hasta pinches de cocina) funcionaba bajo la franquicia Hilton pero se convertiría enseguida en cuartel general del Ejército Rebelde y donde Fidel Castro tendría sus habitaciones privadas: desde sus balcones dominaría no sólo toda La Habana sino toda Cuba, rodeado de guardaespaldas y de los aspirantes a participar en su gobierno.
Ahora los diferentes lobbies y los múltiples pasillos que convertían al hotel en un laberinto del poder dejaban ver algunos turistas demorados o mareados que iban hacia sus habitaciones decoradas con un lujo nuevo. Sería irónico, sin embargo, que un día los huéspedes extranjeros podrían entrar y salir del perímetro turístico y los cubanos, los verdaderos dueños del hotel, solamente podrían visitar su interior si acompañaban a un turista en busca de una habanera complaciente, pero los cubanos de a pie, sus verdaderos dueños, se verían desplazados y tenidos como extraños en su casa. Pero esa, por supuesto, es otra historia.
Había entrado por una puerta lateral para dirigirme al salón de baile donde algunos trasnochados esperaban el fin del año, de la noche y algunos de sus días. Me encontré a la entrada con las hermanas Verano, dos gemelas llamadas Abril y Mayo que trataban de parecer diferentes en sus disfraces idénticos. Eran muy jóvenes y muy inocentes en apariencia.
Dentro, en una mesa delantera, estaban Ventura Dellundé, empresario, y “su encantadora esposa” (frase que no es mía sino de la crónica social de entonces) y Jesús Alvariño con su mujer Normita, actriz madura pero con voz de niña, y a su lado, sin compañía pero sin comparación, Carmita Ignarra, una actriz de belleza inusitada: rubia entre tanta mujer morena. Carmita me miró con sus ojos azules intensos y me senté a su lado. Toda esta compañía en una balsa de la noche escaparía de Cuba y moriría en el exilio. Ventura, como me escribiría, describiría Alvariño, fue el primero que, en su frase, “colgó los tenis”, con su sentido del humor macabro: Dellundé era un jugador de tenis asiduo.
–¿Basa algo? –me preguntó Alvariño imitando a la perfección el acento árabe de cuando fue Tamakún en la radio. Su lema había sido como una contraseña: “Donde la maldad impere, donde el peligro amenace allí estará Tamakún, el vengador errante”. Casi un programa del programa.
–Nada.
–¿Nada de nada o nada de nada?
–No sé nada –le dije–. Vengo desde la Sierra.
–Creí que venías de la Sierra– dijo Alvariño casi mirando histriónico sobre su hombro derecho buscando espías insomnes.
–Casi, casi –le dije sin olvidar que Bob Henriquez esperaba su contacto esa madrugada en el hotel Inglaterra para subir a la verdadera Sierra, la única: la Sierra Maestra. Me levanté y me despedí, no sin antes mirar, admirar el perfecto, gélido perfil de Carmita. La orquesta tocaba esa despedida musical tan de moda: “Yényere cumala, buenas noches, buenas noches”.
En mi casa todo el mundo estaba despierto, como esperando, no esperándome. Vivíamos, cosa casual, al lado de la residencia, siempre vigilada por dos policías de uniforme, del jefe de las patrullas motorizadas de la policía nacional. Al entrar con mi carro al garaje vi que la casa de al lado estaba a oscuras y no había ningún policía vigilando la entrada. Estas presencias por ausencia me intrigaron. Pero pensé que estarían durmiendo, aunque la policía, por diversas razones trasnochaba y en su vigilia vigilaba. Entré silencioso a la antesala oscura de mi casa y pude ver en la sala alumbrada pero no con demasiada luz, dispuestos, de derecha a izquierda, mi mujer, mi padre, mi madre y mi hermano que esperaban sentados: expectantes pero callados. En medio del silencio oímos un timbre: era el teléfono de al lado. Sin duda ahora sonaba en la casa a oscuras y seguía sonando. Siempre me han inquietado los teléfonos que suenan y nadie contesta.
Me senté junto a mi madre y en silencio oíamos todos el timbre del teléfono que nadie respondía. Entonces, como un eco cercano, sonó nuestro teléfono. Salté al contestarlo y una voz femenina dijo sin identificarse: “Se fue”. No dijo más pero era suficiente: sin saberlo sabía. Llamé, para corroborarlo, al director de mi revista que salió súbito al teléfono. Era cierto. “Me lo acaba de comunicar Miguel”, me dijo. Miguel era Miguel Angel Quevedo, el más influyente de los periodistas de entonces y director de la revista Bohemia, la más importante de Cuba. Singularmente la revista pasó de antibatistiana a ser el instrumento favorito para la toma inmediata del poder por Fidel Castro. El aparente muy amigo de Quevedo no tenía amigos: sólo cómplices –y fue la causa del destierro poco más tarde de Quevedo y finlmente de su posterior suicidio en Caracas.
Pero esa es otra historia. Tantas historias y una sola noche. No volví a ver a Bob Henriquez, con su nombre tan mezclado como su pronunciación. Pero sí vi, sana y salva, a Celia Sánchez. Era ella, siempre enterada, quien me había llamado por teléfono esa madrugada
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