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 Argentina
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Por Analía Roffo
Periodista
 Balances
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Dice David Viñas que la literatura argentina nace con una violación: la del unitario sacrificado por los federales en El matadero de Echeverría. Sangre, salvajismo, irracionalidad. Ninguna evaluación, ninguna sensatez son posibles en medio de ese desborde. Tiene ferocidad la primera imagen de mis fiestas de diciembre. Cuarenta años atrás, ningún pollo venía eviscerado y sin piel. En la antesala de una enorme cocina, un cajón de doce pollos salpica el piso de baldosas con sangre. Tienen algunas plumas todavía; las cabezas bamboleantes delatan que la muerte sobrevino por el cuello. Descuento que en todas las casas las viandas llegaban en condiciones parecidas, pero a los cinco años, yo estaba convencida de que nadie escaparía del castigo: éramos culpables de la segura agonía de esos bichos, ninguna fiesta era posible si se fundaba en el salvajismo.
Por muchos años los pollos siguieron llegando en cajas y ensangrentados. Mi abuela los limpiaba, los destripaba y los convertía en platos deliciosos. Ya más grande, empecé a pensar que nos salvábamos del castigo por la masacre avícola, pero que esa orgía sacrificial nos había vuelto primarios, incapaces de revisar nuestra historia y nuestros vínculos. En mi casa, nadie hacía balances. Ni a fin de año, ni durante él. Por lo menos, nadie los hacía en voz alta. Eramos lo que hoy los sociólogos llaman “familia ampliada” (padres, abuelos, tíos, hermanos) y supongo que ya de por sí la convivencia era lo suficientemente abrumadora como para infligirle en la cara al otro el discurso minucioso sobre el debe y el haber del año. En cada uno debían acumularse resentimientos, incertidumbres, frustraciones... También logros y entusiasmos, seguramente.
Pero en mi familia se hablaba mucho y se decía poco: todos describían lo que hacían, jamás lo que sentían, así que un balance que implicara desnudar el corazón sonaba improbable. El acuerdo era tácito y, que recuerde, nadie lo rompió nunca. Todos perdimos por igual.
Con los años advertí, claro, que los pollos y su presencia coagulada no eran responsables de la clausura de la razón. En mi familia todos eran normalmente inteligentes. Pero nadie intentaba revisar, medir, sopesar. Como si esa tarea implicara, también, proponerse cambios. Si las cosas no habían sido satisfactorias, quizás algo debía ser cambiado. Y, sin necesidad de ponerlo en palabras, todos sabíamos que los cambios nos asustaban. Sin balance, ningún cambio es imperioso. Nadie nos demandará aquello que no prometimos, aquello que ni siquiera nos atrevimos a desear. Sin balance, el tiempo tampoco habrá ocurrido. El presente perpetuo tiene algo de tranquilizador en su inmovilidad.
Sin embargo, la procesión iba por dentro. Creo que había un desajuste irritado entre esa negación al balance compartido y las tormentas internas, que sin duda respetaban el estilo familiar: la tendencia al sobredimensionamiento de los conflictos y las carencias, la dificultad para barajar y dar de nuevo y no quedar atascado en la insatisfacción. No nos hubiera venido mal un desahogo colectivo para descubrir que nada era tan grave ni tan definitivo. Pero el dinamismo de la vida era sospechoso a veces, amenazante otras. Por eso, a fin de año, la premisa era la misma que durante los doce meses anteriores: nada de miradas para atrás, que suelen ser dolorosas y desacomodantes.
Ni siquiera creíamos, como Umberto Eco, que de la inmovilidad se pueden sacar enseñanzas conmovedoras. Hace poco, en Mantua, Eco les mostró a sus oyentes en una conferencia que la literatura de libro tiene infinitamente más riqueza que la que proporciona la libertad anárquica de los hipertextos de la computadora.
Moby Dick, por ejemplo, la novela de Herman Melville, narra la persecución desesperada del capitán Ahab a un animal fabuloso e inasible, la ballena blanca, tras la cual ese hombre obsesionado cifra el sentido de su propia vida. Quizá podríamos, frente a la computadora, combinar los avatares de Ahab y la ballena, casi como si eligiéramos rutas en una agencia de viajes, dice Eco. Pero la verdadera lección de esa espectacular novela es que las cosas son como son, no como determina el lector, que debe aceptar esa frustración y experimentar el estremecimiento del Destino.
Quizá precisamente de esa desazón huíamos todos en mi familia. De la incertidumbre y el piso móvil de cualquier cambio, pero también de una convicción arrasadora: nadie es tan fuerte ni tan libre como para diseñar su propio destino

 

Número 18 / Las fiestas
  Lectura
  Tapa
  Sumario
  Límite de tiempo
  Nacimiento
  La mesa familiar
  Viaje erótico
  Champagne rosado
  El día después
  Fantasías
  Balances
  Fin de año en Cuba
  Pan dulce
  Foros