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Mitad
tierra, mitad ripio, esa ruta es extraña. Su endeblez permite
que el vehículo la desintegre a velocidades curiosas. Que
la monte y la domine, y le indique hacia qué lugar girar.
Que la acaricie –cuando oscurece– con palmadas que la alientan
por lo soportado durante el día. Esa ruta suele aparecer en
geografías insensatas: los más la han visto zigzaguear en
la meseta y saben que sólo transita espacios desollados.
A ella me dirigí ese 31 de diciembre. Es noche y continúa noche. La idea de un camino que evite el sol resulta placentera. No hay que detener la marcha ni descansar, siempre falta para que llegue la claridad. Ese tipo de ruta no se deja atrapar: es ella la que te acepta. Conozco sus reglas: ruedo por una autopista velada hasta que la adrenalina hace lo suyo. El
corazón se sale de madre: yo, que desconozco todo de mecánica y apenas sé algo de erotismo, nunca he dejado de mantener una
relación sensual con el acelerador. Pide más y le doy. Exige un esfuerzo adicional y allí estoy.
Responde presuntuosamente, con vértigo, con trompos, con nociones perdidas. En ese momento, el de la unión desaforada, nos convertimos no en uno sino en
varios, en el mundo. Y llega el anuncio: estamos en la ruta.
Ella tiene la forma del deseo. A veces atraviesa pueblos tan ajenos que reconozco allí mi lugar. Un año anónimo, para construirse
de nuevo, sin pasado, sin nombre, sin raíces a las que honrarles la existencia. El sueño de ser un hombre que no busca nada salvo ser ignoto en un lugar desconocido. Estar obligado a subsistir, y poder reírse de los fines. Disfruto la mediocridad, ser parte del
todo, del bosque. Marrón como la tierra y como la madera. Uno más que se funde.
Pero el camino no ahorra su costado diabólico. El pueblo se esfuma con celeridad y llega, pronto, un rascacielos a la vera del mar. Paredes vidriadas, el agua se coagula en sus espejos. El edificio desborda gente de todo tipo: la hay con ojos aduraznados, con orejas puntiformes, con narices que asemejan antenas de gusanos. Todos se pelean por lograr un
espacio en los ascensores y hasta por subir las escaleras de emergencia. Logro ir más alto que los otros: me miran, me admiran, me recelan, me escupen. Soy feliz.
Sigo el camino, pegado al acelerador. Llega el cementerio: no es oscuro sino fluorescente. Leí
alguna vez, en esos cuentos de terror para chicos, que los huesos tienen fósforo y siempre imaginé que eso significaba luminosidad. Debe ser mentira, pero poco importa. El camposanto deja intuir, bajo una delgada capa de tierra, fémures y antebrazos que resplandecen de diferentes maneras.
La muerte, curiosa, atrae. Todos vamos a desmenuzar nuestra piel en sus contornos y el futuro,
agujero negro, succiona como un imán exagerado.
Pero no es mi momento. La ruta sigue su calidoscopio y me deriva a colores más claros. El campo se torna naranja y la tierra empieza a mostrarme contornos redondeados. Veo curvas sutiles y tentadores precipicios: quiero atreverme a la cornisa abrupta donde se
juega el todo. Miro hacia abajo y aparece lo que me ofusca y me atrae. Se distingue un templo totémico con gente que lo adora. Alcanzo a leer sus almas; distingo una seguridad que envidio, una placidez que nunca logré. Huyo: el mundo es corrosivo, no acariciante. En ese precipicio también me estrello con los sapos de otros pozos. Cambian, barnizados de ironía, de lugar: ellos no pertenecen a ninguna parte. Pueden observar socarronamente al resto porque la distancia les permite una mirada propia. Tan propia que nunca llegan a formar parte de nada.
El auto derrapa y empieza la caída. Pero la ruta –se los había advertido– es extraña. Baja y recoge al auto en medio del vacío. Le da una nueva oportunidad. Manejo, ahora, con menos acelerador. El paisaje reemplaza los naranjas por tonos más amigos: verdes, quizás algún azul. El clima cambia de humor: ya no abrasa, algo de fresco te sacude la piel, te deja respirar. La planicie parece exageradamente llana. Hay espacios destinados a montañas, pero las tiene que construir uno mismo. Juego, amalgamo piedras, tierra, paja. Todo está dado para modificar el paisaje. Dale hermano, vos podés.
Algo sucede. El acelerador ya no me controla, la ruta deja de moverse como un ciempiés. Es 31 de diciembre, aún, pero el mundo
ya no parece tan inhóspito.
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