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Hace
unas semanas visité las catacumbas de la isla de Malta, donde
se alojó el apóstol Pablo luego de sufrir un naufragio. Allí,
en las profundidades de la roca, se habían excavado múltiples
nichos y corredores. Era un laberinto parecido a las catacumbas
de otras regiones de la cuenca mediterránea. Pero en un espacio
vasto, donde seguramente se realizaban las asambleas, apareció
un círculo sobreelevado en torno al cual quienes concurrían
se sentaban –en cuclillas o como fuese– para compartir el
pan. La mesa. Redonda, magnética, notable. Tras los discursos
o las homilías, tras el entierro de un ser querido o tras
la discusión de temas urgentes, se desarrollaba la ceremonia
de aflojarse y comenzar la ingesta que necesita el cuerpo.
Era lógico que quienes participaban de esa granítica mesa
se sintiesen hermanados. Mis recuerdos mantienen viva la mesa
familiar de nuestra infancia. Cuando uno se esmera en reconstruirla,
aparece en sus poliédricas versiones. Recuerdo a mis padres
sonrientes y gozosos, pero también preocupados, incluso deprimidos.
Era el lugar donde se hablaba de todo y donde yo preguntaba
y era preguntado. Luego se incorporó mi única hermana, cinco
años menor. Algunas veces surgían discusiones que amenazaban
con malograr el deleite de la comida. Pero yo no recuerdo
tanto la comida como la atmósfera: mi curiosidad podía alimentarse
escuchando las historias e ideas que formulaban mis padres,
así como aprender el idish que hablaban cuando no querían
que yo me enterase; logré descifrarlo sin que me lo enseñaran.
A esa mesa familiar que llamaría “restringida”, añado la “ampliada”.
La restringida tenía lugar en Cruz del Eje, donde viví hasta
los 15 años. La ampliada, en la ciudad de Córdoba, en la que
residía el resto de mi familia y hasta mis abuelos maternos
(mi familia paterna fue exterminada por los nazis en Europa).
Solíamos viajar a Córdoba con frecuencia y allí compartía
una mesa familiar enorme, con abuelos, tíos y primos. Recuerdo
con especial emoción la de Pascua, en la que confluían los
sentimientos intensos de familia, solidaridad, libertad y
esperanza. Los chicos podíamos, en una increíble asociación
de orden y desorden, jugar y seguir la ceremonia del Séder
(liturgia de la mesa pascual que celebra el éxodo de Egipto).
Llegué a cumplir veinte años con la sensación de que la familia
que había conocido y con la cual compartía hermosas vivencias
era inmortal. Hasta esa edad no se había producido baja alguna.
Pero luego comenzaron las caídas. Una tras otra. Una tía,
después mi abuela, un tío, otro más y así sucesivamente, hasta
que se agregaron a la lista también los primos. Cesó la mesa
familiar ampliada.
Y había dejado de tener la misma frecuencia la restringida,
porque empezaron mis viajes y luego me casé. Sobrevino el
inevitable desplazamiento. La mesa familiar restringida empezó
a ser la que compartía con mi esposa y mis hijos. La ampliada,
la que tenía lugar en la casa de mis padres. Era casi lo mismo.
Pero no idéntico. Sus raíces son las que señalé al principio:
el lazo que une con vigor.
Con mis hijos coincidimos en que nuestra mesa familiar fue
exitosa. Nos esmerábamos para que todos nos reuniésemos en
ella, aunque las exigencias laborales de mi esposa o mías
fuesen de acero. Por lo menos una vez al día lográbamos el
quórum total. Lo importante es que cada uno tuviese su lugar
e importancia, desde el padre al hijo menor. Conversábamos
mucho y bien, brindábamos por cada pequeño logro, sea en la
escuela, en el club o en otra parte, nos hacíamos preguntas
sin cesar, cuidábamos que nadie dejara de expresarse, con
un respeto que no cancelaba la broma, a veces sarcástica.
Cada uno se enteraba de lo que sucedía a todos, excepto los
problemas que podían ser inentendibles o traumáticos para
los niños. Por ejemplo, no transmitíamos las dificultades
económicas que tuvimos en algunos momentos. Vivíamos con dignidad
pareja, sin que faltase lo esencial. Esta conclusión no es
mía, sino de mis hijos, cuando ahora saben detalles que antes
evitábamos formular.
Antes y ahora, la mesa familiar constituye la más antigua
expresión humana de lazo afectivo. Reunirse en torno a un
punto donde luce el alimento común unifica y apacigua. Es
notable que una ceremonia tan antigua que se pierde en las
brumas de la prehistoria mantenga tanto vigor.
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