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Por Marcos Aguinis
Escritor. Su última novela es “Los iluminados”.
  La mesa familiar
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Hace unas semanas visité las catacumbas de la isla de Malta, donde se alojó el apóstol Pablo luego de sufrir un naufragio. Allí, en las profundidades de la roca, se habían excavado múltiples nichos y corredores. Era un laberinto parecido a las catacumbas de otras regiones de la cuenca mediterránea. Pero en un espacio vasto, donde seguramente se realizaban las asambleas, apareció un círculo sobreelevado en torno al cual quienes concurrían se sentaban –en cuclillas o como fuese– para compartir el pan. La mesa. Redonda, magnética, notable. Tras los discursos o las homilías, tras el entierro de un ser querido o tras la discusión de temas urgentes, se desarrollaba la ceremonia de aflojarse y comenzar la ingesta que necesita el cuerpo. Era lógico que quienes participaban de esa granítica mesa se sintiesen hermanados. Mis recuerdos mantienen viva la mesa familiar de nuestra infancia. Cuando uno se esmera en reconstruirla, aparece en sus poliédricas versiones. Recuerdo a mis padres sonrientes y gozosos, pero también preocupados, incluso deprimidos. Era el lugar donde se hablaba de todo y donde yo preguntaba y era preguntado. Luego se incorporó mi única hermana, cinco años menor. Algunas veces surgían discusiones que amenazaban con malograr el deleite de la comida. Pero yo no recuerdo tanto la comida como la atmósfera: mi curiosidad podía alimentarse escuchando las historias e ideas que formulaban mis padres, así como aprender el idish que hablaban cuando no querían que yo me enterase; logré descifrarlo sin que me lo enseñaran.
A esa mesa familiar que llamaría “restringida”, añado la “ampliada”. La restringida tenía lugar en Cruz del Eje, donde viví hasta los 15 años. La ampliada, en la ciudad de Córdoba, en la que residía el resto de mi familia y hasta mis abuelos maternos (mi familia paterna fue exterminada por los nazis en Europa). Solíamos viajar a Córdoba con frecuencia y allí compartía una mesa familiar enorme, con abuelos, tíos y primos. Recuerdo con especial emoción la de Pascua, en la que confluían los sentimientos intensos de familia, solidaridad, libertad y esperanza. Los chicos podíamos, en una increíble asociación de orden y desorden, jugar y seguir la ceremonia del Séder (liturgia de la mesa pascual que celebra el éxodo de Egipto).
Llegué a cumplir veinte años con la sensación de que la familia que había conocido y con la cual compartía hermosas vivencias era inmortal. Hasta esa edad no se había producido baja alguna. Pero luego comenzaron las caídas. Una tras otra. Una tía, después mi abuela, un tío, otro más y así sucesivamente, hasta que se agregaron a la lista también los primos. Cesó la mesa familiar ampliada.
Y había dejado de tener la misma frecuencia la restringida, porque empezaron mis viajes y luego me casé. Sobrevino el inevitable desplazamiento. La mesa familiar restringida empezó a ser la que compartía con mi esposa y mis hijos. La ampliada, la que tenía lugar en la casa de mis padres. Era casi lo mismo. Pero no idéntico. Sus raíces son las que señalé al principio: el lazo que une con vigor.
Con mis hijos coincidimos en que nuestra mesa familiar fue exitosa. Nos esmerábamos para que todos nos reuniésemos en ella, aunque las exigencias laborales de mi esposa o mías fuesen de acero. Por lo menos una vez al día lográbamos el quórum total. Lo importante es que cada uno tuviese su lugar e importancia, desde el padre al hijo menor. Conversábamos mucho y bien, brindábamos por cada pequeño logro, sea en la escuela, en el club o en otra parte, nos hacíamos preguntas sin cesar, cuidábamos que nadie dejara de expresarse, con un respeto que no cancelaba la broma, a veces sarcástica. Cada uno se enteraba de lo que sucedía a todos, excepto los problemas que podían ser inentendibles o traumáticos para los niños. Por ejemplo, no transmitíamos las dificultades económicas que tuvimos en algunos momentos. Vivíamos con dignidad pareja, sin que faltase lo esencial. Esta conclusión no es mía, sino de mis hijos, cuando ahora saben detalles que antes evitábamos formular.
Antes y ahora, la mesa familiar constituye la más antigua expresión humana de lazo afectivo. Reunirse en torno a un punto donde luce el alimento común unifica y apacigua. Es notable que una ceremonia tan antigua que se pierde en las brumas de la prehistoria mantenga tanto vigor.

 

Número 17 / Los chicos
  Lectura
  Tapa
  Sumario
  Límite de tiempo
  Nacimiento
  La mesa familiar
  Viaje erótico
  Champagne rosado
  El día después
  Fantasías
  Balances
  Fin de año en Cuba
  Pan dulce
  Foros