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 Argentina
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Por Patricia Kolesnicov
Periodista
 Pan Dulce
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Entre los dedos de los pies y en las pupilas. Así llegó el año 1999. Suave, como una harinita que se amasa, se retiene y se deja caer. Brillante, redonda luna llena y solitaria sobre el Caribe. Habíamos tomado vacaciones desde mediados de diciembre y después del vértigo de la productividad turística, de los museos, de los caminos de montaña y de las ruinas mayas, el merecido reposo y la última noche del año nos tocaron en Tulum, en una de esas cabañas sin piso y alumbradas por unas velas blancas y lánguidas colgadas de un candelabro con aires góticos.
El día había sido todo sol, aunque se anunciaba un frente frío que preocupaba a los pocos mexicanos que estaban en la playa y tenía indiferentes a los cientos de extranjeros, que no podíamos creer que el invierno fuera capaz de profanar esas playas de arenas salpicadas con chispas de coral azul o rojo.
Como a casi toda la gente que conozco, no me gustan las fiestas de fin de año. Como casi todos, no sé cómo evitar la cena y la familia y la sidra y la cuenta regresiva con la tele prendida, las miradas que pasan lentamente de brillantes a mustias no tanto de depresión como de aburrimiento. Ese año, sí. Ese año, Caribe, happy hour y a otra cosa. En las mesas cercanas, sólo ilustres desconocidos, gente de muchos idiomas que jamás se atrevería a preguntar sobre el balance del año y mucho menos sobre los planes para el próximo. Y cuyo gesto de máximo contacto podría ser, en caso de que existiera, alzar desde lejos un vaso. Con el corazón lleno de bellas
vaguedades, con la certeza de que la gente es buena y el mundo –Tulum lo atestigua– es hermoso. Con esa sonrisa sin amenazas que construyen la ajenidad y el alcohol.
El movimiento espontáneo fue fingir que era un día cualquiera. Uno de los días sin nombre y sin fecha precisa de las vacaciones que han hecho honor a ese rango. Falsa ilusión. Temprano, un cartel en el barcito anunciaba que había que reservar el menú: arrolladito, pollo con algo o cerdo con lo mismo, un vaso de algún alcohol más o menos barato y a brillar, mi amor. No era grave: habíamos zafado. En su paradoja, ese cartel confirmaba, a través de la opción, la homogeneidad y el anonimato. Ningún intento de arrancarnos una opinión sobre el posible menú. Ninguna melancolía respecto de la receta inolvidable de la olvidada tía abuela. Ningún forcejeo para definir quién marcaba ese año el territorio del evento. Y, sobre todo, ninguna mirada cargada de autocompasión y reproche cuando nos decidiéramos a emprender la retirada.
¿Cómo? ¿Y el pan dulce?
El encargado del lugar nos mira sonriente: la unión de ese sustantivo con ese adjetivo –pan, dulce– no convoca en su mente ninguna imagen. A ver: arrolladito, pollo o cerdo, alcohol... ¿y a las 12? El caballero sonríe con eficacia turística: “Esta noche va a haber música hasta tarde”, promete. Y no le sacaremos nada más.
Súbitamente, una se sorprende hija de sus tradiciones. ¿Cómo encarar un año nuevo sin separar con disciplina las frutas abrillantadas de las perfectas almendras? El debate familiar sobre el menú transmuta en perplejo soliloquio. Entonces, la idea brillante. Taxi al pueblo y a la confitería francesa. Del pan dulce, claro, nadie ha escuchado hablar. Pero a precio de oro conseguimos que nos preparen para esa misma noche una torta de chocolate. Hay que ir a buscarla más tarde. Con orgullo: hijas de las tradiciones, pero más hijas de la imaginación y la autonomía.
En los viajes se vive en paralelo: dos pesos de acá, dos pesos de allá; el subte de acá, el subte de allá; el picor de la comida de acá, el picor de la comida de allá y el éxtasis, la consumación del viaje cuando como en un mareo es difícil asegurar qué acá es acá. En ese paralelo, el fin de año se complica con la hora de acá, la hora de allá. Se puede escapar, pero ¿quién se atreve a dejar que cambie el almanaque de la cocina sin siquiera saludar? ¿Qué culpa permite olvidar, qué miedo ser olvidada? Y en las cabañas donde no hay electricidad, ni soñar con un teléfono.
Pero la torta y la hora se aliaron. Cuando en Tulum terminaba de caer el sol y era tiempo de salir a buscar el dulce que haría de fin de año un fin de año co-mo-co-rres-pon-de, allá (acá) en la Argentina el resto de la familia ya repetía los gestos, los lugares alrededor de la mesa, el menú de siempre. Felicidades por teléfono.
La comida, en platos descartables. Las manos, arrugando vasitos de plástico. Desde las cabañas contiguas, música de tambores. A las diez, las amigas que llegan desde el DF hunden las patas en la misma arena y se acerca el feliz año nuevo.
De una heladerita portátil sale un champán helado.

 

Número 18/ Las fiestas
  Lectura
  Tapa
  Sumario
  Límite de tiempo
  Nacimiento
  La mesa familiar
  Viaje erótico
  Champagne rosado
  El día después
  Fantasías
  Balances
  Fin de año en Cuba
  Pan dulce
  Foros