Ir a la home de Terra
 
 Argentina
Mi RegistroContactoTerra, tu página de inicioAviso legal Política de Privacidad  



Por Magdalena Ruiz Guiñazú
Periodista
 Límite de tiempo
Ampliar foto

Fue así. Como una especie de revelación. Pasear la vista al descuido por un paisaje amado y detenerse de pronto, azorada, observando que alguien (¿el tiempo?) se ha llevado la pátina del recuerdo.
Usted dirá, ¿cómo sale con esto en una víspera de año nuevo, cómo no hace planes de futuro, balances esclarecedores, exámenes de conciencia? Y la verdad es que no. No puedo entregarme a los clásicos operativos del límite que marca el final de doce meses. No puedo someterme a esa rutina simplemente (y es por eso que a usted le cuesta creerme) porque advertí, esa mañana en Roma, que alguien me había robado las huellas de la vida, de la infancia y, por consiguiente, que me estaba negando un horizonte conocido. Realicé de pronto que los recuerdos de infancia tienen a veces raíces más tenaces y rutinarias que aquellos de la juventud. Que parecen anquilosados (sí, los de la niñez) en la retina de la mente y que al verlos alterados nos causa un terrible desasosiego.
Sin duda, fue así. Aquella mañana en Roma alguien me estaba dando la pauta de la finitud de cada cosa al mostrarme blanqueados, remozados, cambiados, los edificios mil y una vez contemplados en la infancia.
Blanqueados e irremediablemente diferentes. Lisos como un rostro luego del episodio quirúrgico. Y me sorprendí de haberlo advertido sólo ahora. Y de no haber registrado (por aquello de que terminamos por vivir sin tiempo) en su momento, que seguramente me ocurrió lo mismo cuando, entre loas al ministro Malraux, vi desaparecer el bosque oscuro que significaba Notre Dame y al grito de “ahora se pueden contemplar todas las gárgolas y los ángeles y los demonios alados” avalaba esa higiénica tarea que muchas veces se llama ecología y que el sentido común no puede sino aprobar. Me habían obligado a aceptar que quedaban por el camino etapas de la vida. De mi vida. Esa que se supone adornada por un título de propiedad. Y que al modificarme los recuerdos me estaban condenando a sufrir una norma universal. La de desaparecer algún día.
Y mi irracional desconsuelo provenía seguramente de ese afán de inmortalidad en el que incluimos luces, colores, seres amados, infinitos rostros a lo largo de una pequeñísima historia pero, hasta hoy, registrada por nuestra cuenta en un nivel inmutable en el que hay cosas que pueden pasarle a otros pero jamás a uno mismo. Por eso quizás esta historia que no puedo dejar de contarle. Este cuento que a lo mejor le produce cierta irritación al advertir que una persona adulta como la que escribe sigue aferrada a la pintura inmutable de un momento feliz. Si todo cuanto dice el doctor Freud sobre las asociaciones es cierto (y no tenemos por qué poner en duda su talento) entonces ensamblar la víspera de un año nuevo y el final de otro, terrible, como el que hemos pasado los argentinos con esos recuerdos de los que uno no quiere desprenderse para olvidar la realidad, no resultará demasiado absurdo. Será necesario aceptar estos doce meses como parte del país en el que se ha nacido. Un lugar amado que hemos intentado cambiar mil veces y que, por suerte, aún nos provee de fuerzas como para seguir pensando el lograrlo algún día.

Número 18 / Las fiestas
  Lectura
  Tapa
  Sumario
  Límite de tiempo
  Nacimiento
  La mesa familiar
  Viaje erótico
  Champagne rosado
  El día después
  Fantasías
  Balances
  Fin de año en Cuba
  Pan dulce
  Foros