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Fue
así. Como una especie de revelación. Pasear la vista al descuido
por un paisaje amado y detenerse de pronto, azorada, observando
que alguien (¿el tiempo?) se ha llevado la pátina del recuerdo.
Usted dirá, ¿cómo sale con esto en una víspera de año nuevo,
cómo no hace planes de futuro, balances esclarecedores, exámenes
de conciencia? Y la verdad es que no. No puedo entregarme
a los clásicos operativos del límite que marca el final de
doce meses. No puedo someterme a esa rutina simplemente (y
es por eso que a usted le cuesta creerme) porque advertí,
esa mañana en Roma, que alguien me había robado las huellas
de la vida, de la infancia y, por consiguiente, que me estaba
negando un horizonte conocido. Realicé de pronto que los recuerdos
de infancia tienen a veces raíces más tenaces y rutinarias
que aquellos de la juventud. Que parecen anquilosados (sí,
los de la niñez) en la retina de la mente y que al verlos
alterados nos causa un terrible desasosiego.
Sin duda, fue así. Aquella mañana en Roma alguien me estaba
dando la pauta de la finitud de cada cosa al mostrarme blanqueados,
remozados, cambiados, los edificios mil y una vez contemplados
en la infancia.
Blanqueados e irremediablemente diferentes. Lisos como un
rostro luego del episodio quirúrgico. Y me sorprendí de haberlo
advertido sólo ahora. Y de no haber registrado (por aquello
de que terminamos por vivir sin tiempo) en su momento, que
seguramente me ocurrió lo mismo cuando, entre loas al ministro
Malraux, vi desaparecer el bosque oscuro que significaba Notre
Dame y al grito de “ahora se pueden contemplar todas las gárgolas
y los ángeles y los demonios alados” avalaba esa higiénica
tarea que muchas veces se llama ecología y que el sentido
común no puede sino aprobar. Me habían obligado a aceptar
que quedaban por el camino etapas de la vida. De mi vida.
Esa que se supone adornada por un título de propiedad. Y que
al modificarme los recuerdos me estaban condenando a sufrir
una norma universal. La de desaparecer algún día.
Y mi irracional desconsuelo provenía seguramente de ese afán
de inmortalidad en el que incluimos luces, colores, seres
amados, infinitos rostros a lo largo de una pequeñísima historia
pero, hasta hoy, registrada por nuestra cuenta en un nivel
inmutable en el que hay cosas que pueden pasarle a otros pero
jamás a uno mismo. Por eso quizás esta historia que no puedo
dejar de contarle. Este cuento que a lo mejor le produce cierta
irritación al advertir que una persona adulta como la que
escribe sigue aferrada a la pintura inmutable de un momento
feliz. Si todo cuanto dice el doctor Freud sobre las asociaciones
es cierto (y no tenemos por qué poner en duda su talento)
entonces ensamblar la víspera de un año nuevo y el final de
otro, terrible, como el que hemos pasado los argentinos con
esos recuerdos de los que uno no quiere desprenderse para
olvidar la realidad, no resultará demasiado absurdo. Será
necesario aceptar estos doce meses como parte del país en
el que se ha nacido. Un lugar amado que hemos intentado cambiar
mil veces y que, por suerte, aún nos provee de fuerzas como
para seguir pensando el lograrlo algún día.
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