| Editorial |
Robots
No hacer nada. Eso me gusta: son los momentos en que más jugo le saco
a la vida. No porque los utilice para pensar demasiado, ni siquiera
para dormir las horas atrasadas que –alguna vez– prometí recuperar.
Tampoco porque me colme con demasiadas actividades, cuanto mucho una
apacible bicicleteada si no siento mucho calor ni tanto frío. Me gusta,
llanamente, por la capacidad que tiene el tiempo libre de conectarme
con esas –pocas– cosas importantes. O, mejor dicho, de enrostrarme
los elementos indecorosos de las otras horas, las demasiado abusadas.
Es así: se asegura –¿quién? ¿el mandato de época?– que mientras más
cosas uno realice, más feliz y orgulloso se va a sentir. Algunos,
entonces, nos convertimos en robocops con agendas interminables, corremos
a reuniones que sólo sirven para exhibir lo importante que es reunirse
y nos quedamos sin aire respondiendo mensajes poco estimulantes. En
breve: ocupados pero improductivos, repletos de trabajo pero incapaces
de ponerle nuestra firma personal a lo que hacemos. Sucede que en
la cima de la vorágine es difícil darse cuenta de que demasiado y
nada se parecen. Y que, a veces, las caídas resultarán algo fuerte
cuando la ola rompa sin aviso. Para evitarlo, para recordar lo que
uno quiere y no sólo lo que uno debe, es bueno reservarse cierto tiempo
para no hacer nada: hasta quienes analizan la vida en términos productivos
suelen reconocer que es una buena inversión.
|