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Por Daniel Link
Escritor.
El año pasado publicó su pimer libro de poemas,
"La clausura de febrero y otros poemas malos"

 Diario de un perezoso
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lunes 20|11 Hace unas semanas que no atiendo el teléfono ni contesto mensajes. Déjà fait: cada tanto caigo en esos períodos de indiferencia ante todo. Ventajas de las profesiones liberales (ventajas de clase): puedo caer en pozos profundos de inactividad sin que nadie lo note… Puedo reducir al mínimo las actividades necesarias para mi supervivencia física y posponer indefinidamente todas las demás. Ayer me pusieron el decodificador para los canales premium. Cada ronda de zapping dura ahora catorce segundos más. Supongo que mi cuota de masturbaciones semanales aumentará considerablemente estos primeros días. Hago listas con las cosas que debería hacer: mudarme, conseguir un plomero, comprar lamparitas, dejar de fumar, arrancarle a algún editor por mi novela La ansiedad alguna suma suculenta que me permita comprar las desproporcionadas cantidades de sustancias recreativas que mi amor y yo consumimos en las largas noches de caricias a las que nos entregamos.
Lo último que hice fue ese Foucault que gustó tanto pero que a mí me dejó vacío de deseos, de todo deseo. “La locura: ausencia de obra”, decía el maestro. He perdido como catorce turnos de dentista. He abandonado mis sesiones. Ya ni siquiera sigo con regularidad la programación de Sony. Apatía. Abulia. Rien.


martes 21|11 Me siento un poco fotofóbico pero me asusta cerrar los ojos. Esta mañana, a las seis, después de una noche tumultuosa, me preguntó: “¿Querés que me vaya?” Le contesté que sí. No quería que se fuera, pero decirle “no” me hubiera obligado a explicar más cosas. Y no tenía ganas. Rien. Ahora es la tarde y debería ir a un cajero automático para conseguir plata y poder retirar mi ropa del Laverap.


miércoles 22|11 Me llamó el director de Latido para pedirme un artículo sobre la pereza. Una meditación sobre la pereza. Una reivindicación del derecho a no hacer nada. En un rapto de inconciencia (o vanidad), acepté la propuesta. ¿Diario de un perezoso? ¿Libro del fracaso? Preferiría no hacerlo: Bartleby.
No sé si saldremos, esta noche, o nos quedaremos en casa. No sé dónde estará ni qué querrá hacer. Sólo puedo esperar su venida.


viernes 24|11 Cierro los ojos y lo veo. Abro los ojos y desaparece, borroneado por los ruidos del mundo (un televisor en segundo plano, el disco de Divine Comedy que no puedo dejar de escuchar en primer plano, un ventilador en tercer plano, el olor del tabaco, la ausencia del cuerpo que quiero y que deseo pero que no sé cómo retener a mi lado, de mi lado).
Cierro los ojos con fuerza y vuelve a aparecer. Es un chico flaco, de seis o siete años, tirado en el suelo, en un pasillo fresco y apenas iluminado por el tubo de un televisor en blanco y negro. Acostado en el suelo, el chico (¿pantalones cortos? ¿remera rayada? ¿zapatos?) mira televisión, mira la nada: un capítulo de Viaje a las estrellas que no comprende del todo, o un dibujo animado, lo que sea. Su cara redonda, con ojos grandes y orejas de las cuales sus compañeros de colegio se burlan ya con simpatía, parece una máquina de percibir, un perceptrón. Y sin embargo, el chico no ve nada. Mira nada, y no ve ni oye nada, acostado en el suelo fresco de un pasillo umbrío, frente a un televisor que murmura frases sin sentido. El chico no sólo no ve nada, tampoco entiende nada. Y está allí sencillamente porque la televisión le permite simular que hace algo, que ve algo, que entiende algo. Pero falta parte de sí: algo del orden de la voluntad, o de la furia, o de la esperanza. Y allí está él, tirado (¿pantalones cortos, remera?), ausente de todo y de sí mismo.
Abro los ojos y desaparece, o se borronea entre las lágrimas que se me escapan ante un fragmento particular de una canción de amor (tal vez este: “Everybody knows that I need you, except you”). “¿Cómo retenerte de este lado?”, pienso, casi en voz alta, porque siento (como cada vez que está ausente) que su ausencia es definitiva, que no me quiere lo suficiente, que no hago lo suficiente para que se quede a mi lado. Qué tristeza da a esta hora. Inútil intentar pensar en la pereza, salvo como forma activa de la melancolía, esa variación morbosa (y dulce) del luto, del duelo, de la pérdida. No tengo ganas de nada. ¿Alguna vez tuve ganas de algo? Néant.
Cierro los ojos, para evitar mayores derramamientos de solución fisiológica. Y veo de nuevo a ese chico de ojos y orejas enormes, perdido, ausente, absorto. Como si fuera un personaje de una novela de David Leavitt (tal vez, Amores iguales), me gustaría acercarme a ese chico y decirle que no esté triste, que no se haga problemas, que no sufra, que alguna vez va a entender todo (o al menos algo). Uno de sus mejores amigos de aquellos años se llamaba Bernardo. Los dos tenían una idéntica pasión por los animales de plástico, que ambos coleccionaban. Otro de sus mejores amigos se llamaba Bergman y todos le decían “el loco Bergman”. Nunca terminó de entender si era por él en sí o porque su padre regenteaba una clínica psiquiátrica (en la que, por esas casualidades del destino, el padre del chico fue internado en uno de sus desaforados episodios de alcoholismo). Con el loco Bergman se dedicaban a inventar planos de tesoros enterrados –tesoros que ellos mismos habían enterrado previamente–, dibujados, ensuciados y envejecidos para darle más verosimilitud a la búsqueda, en una instancia previa del juego que decidían olvidar más adelante. Otras veces fabricaban mortíferas armas marcianas con frutos típicos de la región y piezas sueltas de cañería (les encantaba el bronce). Estos dos amigos iban con el chico al colegio, a su mismo grado. Casi no hablaban, durante sus juegos infantiles.
Pero un espasmo amargo de llanto me devuelve a mí, a este presente diversamente sombrío, y me doy cuenta de que no hay manera de decirle a ese chico, como en la canción que suena ahora, “Tonight we’ll fly”. Nada que hacer, estaría mintiéndole. Sólo podría decirle: “Y lo que te espera, todavía”.
Abro los ojos. Pienso qué me pondré para la fiesta a la que voy a ir a la noche. Qué me pondré y con qué me colocaré, qué máscara de la histeria desarrollaré. “Tonight we’ll fly”. Cambio el disco. Bethánia me arroja a una tristeza más primitiva, más grasa. Me conecto a Internet. Chateo. Intento masturbarme, pero no tengo ganas. Busco bibliografía sobre “Pereza”, sobre “Abulia”, sobre “Ocio”, sobre “Melancolía”, sobre “Acedía”, sobre “Fiaca”. Sólo para llenar el tiempo, para simular que hago algo, para que parezca que ocupo mi tiempo, que lo aprovecho. Sólo para no cerrar los ojos y tener que ver a ese chico.
Sólo para no mantenerlos abiertos a la conciencia definitiva de este cuerpo que nunca supe y que nunca sabré retener de mi lado. Se fue, se llevó todas sus cosas. Algo de su ropa interior volverá del Laverap, debajo de la cama hay un par de zapatos suyos. En el escritorio de mi computadora, una carpeta lleva su nombre.
Me bajo archivos de la Biblioteca Nacional de Francia (cuya nueva sede, forrada con maderas del Amazonas, no conozco), hago búsquedas en la biblioteca de Duke University, donde está viviendo mi amigo Raúl Antelo.


lunes 27|11 “Todo lo que puedas hacer, hazlo en tu (pleno) vigor, porque no hay en el sepulcro, adonde vas, ni obra, ni razón, ni ciencia, ni sabiduría” (Eclesiastés, 9: 10). Qué deprimente es la Biblia. Entiendo la necesidad que tienen los Estados de moralizar al “pueblo”, pero supongo que podrían haber inventado métodos menos bizarros. Curiosamente, aunque el chico que alguna vez fui nunca tuvo educación religiosa, mi mayor temor infantil fue siempre (¡sigue siendo!) ser “un inútil”, o “un vago”. Cosas de la ideología, que se forma con pedazos de “sabiduría” tomados de aquí y de allí y se transmite así, clandestinamente. Por supuesto, lo más interesante sería relacionar la pereza con la melancolía y la acedía (tristeza de la inacción). De ahí, toda una política: no hay alegría en la pereza, pero hay felicidad, por su potencia revolucionaria.



Primera parte
Segunda parte
Tercera parte
Cuarta parte

Número 20 / Hacer fiaca
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  Me aburre no
  hacer nada
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