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lunes
20|11 Hace unas semanas que no atiendo el teléfono
ni contesto mensajes. Déjà fait: cada tanto caigo en esos
períodos de indiferencia ante todo. Ventajas de las profesiones
liberales (ventajas de clase): puedo caer en pozos profundos
de inactividad sin que nadie lo note… Puedo reducir al mínimo
las actividades necesarias para mi supervivencia física y
posponer indefinidamente todas las demás. Ayer me pusieron
el decodificador para los canales premium. Cada ronda de zapping
dura ahora catorce segundos más. Supongo que mi cuota de masturbaciones
semanales aumentará considerablemente estos primeros días.
Hago listas con las cosas que debería hacer: mudarme, conseguir
un plomero, comprar lamparitas, dejar de fumar, arrancarle
a algún editor por mi novela La ansiedad alguna suma suculenta
que me permita comprar las desproporcionadas cantidades de
sustancias recreativas que mi amor y yo consumimos en las
largas noches de caricias a las que nos entregamos.
Lo último que hice fue ese Foucault que gustó tanto pero que
a mí me dejó vacío de deseos, de todo deseo. “La locura: ausencia
de obra”, decía el maestro. He perdido como catorce turnos
de dentista. He abandonado mis sesiones. Ya ni siquiera sigo
con regularidad la programación de Sony. Apatía. Abulia. Rien.
martes 21|11 Me siento un poco
fotofóbico pero me asusta cerrar los ojos. Esta mañana, a
las seis, después de una noche tumultuosa, me preguntó: “¿Querés
que me vaya?” Le contesté que sí. No quería que se fuera,
pero decirle “no” me hubiera obligado a explicar más cosas.
Y no tenía ganas. Rien. Ahora es la tarde y debería ir a un
cajero automático para conseguir plata y poder retirar mi
ropa del Laverap.
miércoles 22|11 Me llamó el director
de Latido para pedirme un artículo sobre la pereza. Una meditación
sobre la pereza. Una reivindicación del derecho a no hacer
nada. En un rapto de inconciencia (o vanidad), acepté la propuesta.
¿Diario de un perezoso? ¿Libro del fracaso? Preferiría no
hacerlo: Bartleby.
No sé si saldremos, esta noche, o nos quedaremos en casa.
No sé dónde estará ni qué querrá hacer. Sólo puedo esperar
su venida.
viernes 24|11
Cierro los ojos y lo veo. Abro los ojos y desaparece, borroneado
por los ruidos del mundo (un televisor en segundo plano, el
disco de Divine Comedy que no puedo dejar de escuchar en primer
plano, un ventilador en tercer plano, el olor del tabaco,
la ausencia del cuerpo que quiero y que deseo pero que no
sé cómo retener a mi lado, de mi lado).
Cierro los ojos con fuerza y vuelve a aparecer. Es un chico
flaco, de seis o siete años, tirado en el suelo, en un pasillo
fresco y apenas iluminado por el tubo de un televisor en blanco
y negro. Acostado en el suelo, el chico (¿pantalones cortos?
¿remera rayada? ¿zapatos?) mira televisión, mira la nada:
un capítulo de Viaje a las estrellas que no comprende del
todo, o un dibujo animado, lo que sea. Su cara redonda, con
ojos grandes y orejas de las cuales sus compañeros de colegio
se burlan ya con simpatía, parece una máquina de percibir,
un perceptrón. Y sin embargo, el chico no ve nada. Mira nada,
y no ve ni oye nada, acostado en el suelo fresco de un pasillo
umbrío, frente a un televisor que murmura frases sin sentido.
El chico no sólo no ve nada, tampoco entiende nada. Y está
allí sencillamente porque la televisión le permite simular
que hace algo, que ve algo, que entiende algo. Pero falta
parte de sí: algo del orden de la voluntad, o de la furia,
o de la esperanza. Y allí está él, tirado (¿pantalones cortos,
remera?), ausente de todo y de sí mismo.
Abro los ojos y desaparece, o se borronea entre las lágrimas
que se me escapan ante un fragmento particular de una canción
de amor (tal vez este: “Everybody knows that I need you, except
you”). “¿Cómo retenerte de este lado?”, pienso, casi en voz
alta, porque siento (como cada vez que está ausente) que su
ausencia es definitiva, que no me quiere lo suficiente, que
no hago lo suficiente para que se quede a mi lado. Qué tristeza
da a esta hora. Inútil intentar pensar en la pereza, salvo
como forma activa de la melancolía, esa variación morbosa
(y dulce) del luto, del duelo, de la pérdida. No tengo ganas
de nada. ¿Alguna vez tuve ganas de algo? Néant.
Cierro los ojos, para evitar mayores derramamientos de solución
fisiológica. Y veo de nuevo a ese chico de ojos y orejas enormes,
perdido, ausente, absorto. Como si fuera un personaje de una
novela de David Leavitt (tal vez, Amores iguales), me gustaría
acercarme a ese chico y decirle que no esté triste, que no
se haga problemas, que no sufra, que alguna vez va a entender
todo (o al menos algo). Uno de sus mejores amigos de aquellos
años se llamaba Bernardo. Los dos tenían una idéntica pasión
por los animales de plástico, que ambos coleccionaban. Otro
de sus mejores amigos se llamaba Bergman y todos le decían
“el loco Bergman”. Nunca terminó de entender si era por él
en sí o porque su padre regenteaba una clínica psiquiátrica
(en la que, por esas casualidades del destino, el padre del
chico fue internado en uno de sus desaforados episodios de
alcoholismo). Con el loco Bergman se dedicaban a inventar
planos de tesoros enterrados –tesoros que ellos mismos habían
enterrado previamente–, dibujados, ensuciados y envejecidos
para darle más verosimilitud a la búsqueda, en una instancia
previa del juego que decidían olvidar más adelante. Otras
veces fabricaban mortíferas armas marcianas con frutos típicos
de la región y piezas sueltas de cañería (les encantaba el
bronce). Estos dos amigos iban con el chico al colegio, a
su mismo grado. Casi no hablaban, durante sus juegos infantiles.
Pero un espasmo amargo de llanto me devuelve a mí, a este
presente diversamente sombrío, y me doy cuenta de que no hay
manera de decirle a ese chico, como en la canción que suena
ahora, “Tonight we’ll fly”. Nada que hacer, estaría mintiéndole.
Sólo podría decirle: “Y lo que te espera, todavía”.
Abro los ojos. Pienso qué me pondré para la fiesta a la que
voy a ir a la noche. Qué me pondré y con qué me colocaré,
qué máscara de la histeria desarrollaré. “Tonight we’ll fly”.
Cambio el disco. Bethánia me arroja a una tristeza más primitiva,
más grasa. Me conecto a Internet. Chateo. Intento masturbarme,
pero no tengo ganas. Busco bibliografía sobre “Pereza”, sobre
“Abulia”, sobre “Ocio”, sobre “Melancolía”, sobre “Acedía”,
sobre “Fiaca”. Sólo para llenar el tiempo, para simular que
hago algo, para que parezca que ocupo mi tiempo, que lo aprovecho.
Sólo para no cerrar los ojos y tener que ver a ese chico.
Sólo para no mantenerlos abiertos a la conciencia definitiva
de este cuerpo que nunca supe y que nunca sabré retener de
mi lado. Se fue, se llevó todas sus cosas. Algo de su ropa
interior volverá del Laverap, debajo de la cama hay un par
de zapatos suyos. En el escritorio de mi computadora, una
carpeta lleva su nombre.
Me bajo archivos de la Biblioteca Nacional de Francia (cuya
nueva sede, forrada con maderas del Amazonas, no conozco),
hago búsquedas en la biblioteca de Duke University, donde
está viviendo mi amigo Raúl Antelo.
lunes 27|11 “Todo lo que puedas hacer, hazlo en tu (pleno)
vigor, porque no hay en el sepulcro, adonde vas, ni obra,
ni razón, ni ciencia, ni sabiduría” (Eclesiastés, 9: 10).
Qué deprimente es la Biblia. Entiendo la necesidad que tienen
los Estados de moralizar al “pueblo”, pero supongo que podrían
haber inventado métodos menos bizarros. Curiosamente, aunque
el chico que alguna vez fui nunca tuvo educación religiosa,
mi mayor temor infantil fue siempre (¡sigue siendo!) ser “un
inútil”, o “un vago”. Cosas de la ideología, que se forma
con pedazos de “sabiduría” tomados de aquí y de allí y se
transmite así, clandestinamente. Por supuesto, lo más interesante
sería relacionar la pereza con la melancolía y la acedía (tristeza
de la inacción). De ahí, toda una política: no hay alegría
en la pereza, pero hay felicidad, por su potencia revolucionaria.
Primera parte
Segunda
parte
Tercera
parte
Cuarta
parte
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