| Editorial |
Una mano
Ese chico que dibujó unas inestables rayas inclinadas en su primer
día de su primer grado intuyó que desconocía demasiadas cosas. Y se
asustó por el tiempo que le llevaría aprenderlas: siete años –en esa
época– de escuela primaria, cinco de secundaria y aún la universidad.
Un espacio inconmensurable para una vida cuya historia cronológica
cabía, a razón de uno por año, en los cinco dedos de su mano.
A medida que ese chico crecía, su pesadilla sobre el tiempo necesario
para aprehender el mundo se convertía en ilusión. Se daba cuenta de
que tantos días sumergido en aulas de diferentes especies sólo lo
habilitaban para iniciar el vuelo. Torpemente, pero podía comenzar.
Y se largó.
El chico tuvo suerte: supo diferenciar la ignorancia –obcecada obstinación
por no saber– de la falta de conocimientos que siempre nos va a perseguir.
Y decidió que sólo valía preocuparse si en algún momento –algo cansado,
algo caprichoso– elegía considerarse demasiado gastado para intentarlo.
Mientras esto no suceda, todo está bien: aún queda algo por descubrir.
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