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Por José María Brindisi | Escritor, su último libro es “Berlín”
Fotos: Japo Pisani
  Te quiero, te alejo, te peleo, te adoro. La vida de a dos

Me pregunto cuántas veces la miré como ahora y pensé: “Una mujer debe saber dormir”. Ella sabe hacerlo, y me pregunto cuántas veces me acerqué sigilosamente para no despertarla, cuántas veces acaricié su espalda con la yema de los dedos y después la besé como un fantasma.
Cuántas se despertó y me siguió el juego, cuántas permitió que le bajara la bombacha unos centímetros para después entrar con suavidad y empezar a moverme como le gusta. Cuántas se hamacó también ella, imperceptible, y luego me dejó llegar hasta sus pezones, y endurecerlos, y hacer presión hasta que irrumpieran los primeros gestos de dolor, más bien hasta que lo intuyera.
Y después: seguir hasta que no pueda contener los suspiros, hasta que se conviertan en gemidos, hasta que no pueda parar de hablarle al oído y ella, ya en voz alta, me pida demasiadas cosas al mismo tiempo.
Me pregunto cuántas veces la miré como ahora y me contuve; cuántas veces tuve una razón para hacerlo. Cuántas veces me porté como un chico y, como ahora, levanté un poco la sábana y la espié, y me di cuenta de las infinitas posibilidades que guardaba en mi pequeñísima porción del mundo.
Cuántas veces, digo, como ahora, pude ver todo tan claro y tan simple, y como ahora me animé a disfrutarlo sin pensar en nada.

Difícil seguir a Lacan en aquello de que no existen las “relaciones sexuales”. Es decir, que no hay “relación” porque no existe el encuentro pleno. Mi problema con eso es que, relación o no, el sexo es quizá la actividad solidaria por excelencia: imposible disfrutarlo realmente si uno no está dispuesto a disolver una parte de sí mismo y perderse en el otro.

Julia es una buena amiga a la que le cabe un solo reproche: piensa demasiado. Todo el tiempo está preguntándose por qué hace algo, o para qué, o hacia dónde va, ese tipo de cosas. Vive en Londres con Lisa, su compañera desde hace una década, y hacen una pareja increíble, fácil de envidiar. Cada vez que viene discutimos de cualquier cosa hasta cualquier hora, y es algo que me fascina: comenzar una pelea a partir de alguna de esas máximas que tanto le gusta tirar al vacío, algo como “la única medida del amor del otro es el sufrimiento”, o bien “uno se equivoca todos los días: hay que apostar entonces por la forma personal que cada uno tiene de equivocarse”. Ella dice su frase y empieza el bombardeo de uno y otro lado, hasta que nos cansamos, abrimos una botella de vino tinto y decidimos dedicarle un rato a la melancolía, que ambos adoramos y que jamás confundimos con la nostalgia.
Pero repito: piensa demasiado. La última vez vino sola, y es probable que viajar haya sido una mala decisión. Estaba en uno de esos momentos en los que todo pierde sentido y apenas llegó empezó a decirme que no extrañaba a Lisa, que no sabía si en verdad la había elegido. Yo sabía que se precisaba más que eso para quebrarla, pero escuchar a Julia era doloroso y su sordidez empezaba a inquietarme. No es una cuestión moral, pero supongo que me molestó que estuviera con varias chicas. Incluso tuvo un pequeño romance con Mariana, lo que no dejaba de ser extraño porque Mariana jamás había estado con otras mujeres (pensándolo bien, Julia es tan seductora que no debería llamar mi atención en lo más mínimo).
La última noche durmieron en casa, y a eso de las dos de la mañana se levantó y me encontró en el patio, leyendo. Se sentó a mi lado, apoyó la cabeza en mi hombro y dijo: “Tengo ganas de volver”. Le dije que la entendía perfectamente (aunque no era cierto), que no se preocupara, y que tampoco se olvidara de llevarle un beso de mi parte. Antes de acostarse me prometió que iba a volver a escribir.
Tardé unos cuantos días en entender que me había dado una lección, y que ambas cosas estaban íntimamente relacionadas. Redescubrir a Lisa, reencontrar el placer de la escritura, justificar de nuevo toda su vida. Necesitaba eso y no sabía decirlo. Aunque tuviera siempre todas las palabras.

Por supuesto, cuando hablo de rehacerlo todo el tiempo no me refiero sólo a los regresos, a barajar de nuevo o empezar donde habíamos dejado. Hablo también de duplicar la apuesta, y a la vez quedarnos con la sensación de que seríamos capaces de multiplicarlo todo infinitamente. En eso Lucía es una verdadera experta, una especie de prestidigitadora que siempre guarda un as en la manga y me hace creer que todavía no la conozco, que casi todo de ella me es extraño y me será revelado en ínfimas dosis.
Ningún ejemplo, por sí solo, puede reflejar o demostrar lo que estoy diciendo, y sin embargo no hay otra manera de hacerlo.
En mayo del año pasado salió mi segundo libro, una novela, justo en el momento en que terminaba la corrección de unos textos para Internet que me mantuvieron durante diez días pegado a la computadora. Los últimos dos ni siquiera había dormido, y estaba tan cansado que cuando me llamaron de la editorial para avisarme que tenían un par de ejemplares y que podía pasar a buscar uno –para calmar un poco la ansiedad–, contesté que después los llamaba o iba para allá, pero de hecho era imposible: me faltaban unas horas de trabajo, y para colmo esa misma noche cumplía años mi mejor amigo. Terminé el trabajo, lo mandé por mail, fui a comprar un regalo y de ahí a la casa de Diego. Lucía estaba enferma, así que fui solo, y pese a que todo el mundo me preguntó por el libro estaba tan aliviado que lo borré de mi mente hasta el otro día. Cuando apenas podía mantenerme en pie, decidí volver a casa.
Lucía estaba despierta. Fui hasta su lado de la cama y le di un beso en la frente (seguía teniendo fiebre). Le pregunté cómo se sentía, si quería algo. Nada, dijo. Se sentía bien. Me di por satisfecho. Después rodeé la cama, me saqué los zapatos y en un último esfuerzo abrí los brazos y caí desmayado. Entonces noté algo duro, leve pero firme, debajo de mi pecho. Volví a despertarme, y mientras corría las sábanas y evitaba mirarla, supe que otra vez lo había hecho.
Cómo el libro llegó hasta ahí es otra historia, o no viene al caso. Lo que quiero decir es que no hay tristeza ni desengaño ni herida que pueda con eso. No exagero: ni siquiera se me ocurre algo que pueda hacerle sombra.

Aunque hubo varias y de distinto calibre, la última vez que Lucía y yo nos peleamos fue la peor de todas (no cuento esta separación, más breve, y que espero haya llegado a su fin). Ni siquiera hubo pelea, en verdad: apenas un par de malentendidos, alguna palabra que nunca debió decirse, la decisión apresurada de irme. Llevábamos viviendo juntos poco más de un año y de un momento a otro, sin que nos diésemos cuenta, todo se nos había ido de las manos.
Estuvimos sin vernos y casi sin hablar durante varios meses –su cumpleaños, el mío, las fiestas de fin de año–. Recuerdo que hice infinidad de cosas, pero me es difícil precisarlas. Recuerdo que me encontré con millones de amigos y me preocupé por mostrarles a alguien que no conocían. Y también, recuerdo, estuve con una chica francesa, demasiado hermosa, de la que creí o quise creer que estaba enamorado durante algunos días, hasta que una mañana me desperté y apenas podía recordar sus rasgos.
Cuando por fin me cansé de vivir la vida de otro, llamé a Lucía para que nos encontráramos. El impulso fue mío, pero me conmovió la manera en que ella se preocupó de mostrarme, desde el primer momento, que sentía lo mismo y que lo había sufrido tanto como yo. Digo: la sinceridad puede destruirnos, pero a veces es lo único que tenemos, lo único que en el fondo nos hace dignos.
Un poco más tarde, esa misma noche, Lucía dijo que no quería perderme, pero que estaba totalmente dispuesta a hacerlo. Al principio no supe qué decir, pero cuando empezaba a saberlo, por suerte, ella no me dio tiempo de decir nada. Se levantó la remera y me mostró el tatuaje: la gitana de los cigarrillos Gitanes, idéntica a mi hombro derecho, y debajo la frase Permanece oro (el nombre de mi primer libro).
Contra lo que hubiese creído de mí mismo, contemplar el tatuaje –esa marca que la acercaba a mí para siempre– me hizo sentir liviano, como liberado de un peso insoportable, que nada tenía que ver con la posesión sino con las infinitas posibilidades que el mundo volvía a ofrecerme. Estaba algo asustado, por qué negarlo, pero al mismo tiempo sentía que mi fuerza se había multiplicado por diez. Y recordé, por primera vez en meses, los nombres que habíamos imaginado para nuestro primer hijo, incluso la fecha que no me animé a proponerle.
Tampoco esa vez pude dormir. Me quedé pensando en las cosas que no había vivido durante esos meses, todo lo que me había perdido y que nunca podría recuperar. Estaba contento pero a la vez me sentía molesto, como si hubiese insultado mi inteligencia y provocado una herida que quizá nunca terminaría de cerrar.
Claro que no aprendí la lección, o no la aprendimos, y poco después volvimos a separarnos. Pero la sabiduría, se sabe, nunca nos pertenece: es patrimonio exclusivo de los otros.

En Another Woman, la película menos personal pero quizá más perfecta de Woody Allen, el personaje de Gena Rowlands dice sobre el final una frase que jamás he podido olvidar, pese a que olvido todos los finales: “Me quedé pensando si un recuerdo es algo que uno tiene o algo que ha perdido para siempre”.
Las palabras de la Rowlands vuelven a mí desde hace años como un estribillo pegajoso, y aunque jamás exigen una respuesta, últimamente han empezado a inquietarme. Pienso en ellas y se me ocurre que, a veces, todo depende de un par de circunstancias fortuitas, algo que se desliza o que no lo hace, una intuición, algo que percibimos o no en el momento justo.
Mi relación con Natalia, por ejemplo. Estuvimos juntos cinco años y durante todo el siguiente fue raro que pasáramos un par de semanas sin vernos. En lugar de apartarnos lentamente parecía que volvíamos a unirnos, y sin embargo, cuando todo se recomponía de un modo progresivo y cuidadoso, apareció Lucía y nuestras vidas tomaron otro rumbo. Pero suelo pensar, y no me equivoco, que pudo haber pasado lo contrario; no siempre es útil mirar en perspectiva y convencernos de que algo tiene una sola respuesta.
Lo que creo es que, aunque suene contradictorio, las cosas muchas veces son definitivas y son para siempre durante un tiempo. Quiero decir: así las sentimos, así las vivimos, incluso podemos verlas así desde el futuro. Es justo que lo hagamos.
Me gusta pensar mi relación con Naty de ese modo, como de verdad fue: una sucesión de pequeños milagros, de revelaciones íntimas y profundas que convirtieron mi vida en lo que siempre había deseado pero que pocas veces me animé a pedir en voz alta. Que sobreviviera o no es algo que ahora poco importa, y la línea que divide ambas posibilidades es tan imperceptible que ni siquiera me animo a vislumbrarla.
Veo a Lucía dormir como nadie durmió nunca, pienso en todo eso y de pronto, sin que lo espere, por primera vez encuentro una respuesta. Ahora entiendo que un recuerdo es ambas cosas: algo que tenemos y que al mismo tiempo hemos perdido para siempre.

Falta poco para que amanezca. Me hago una promesa: esta noche voy a descansar como mínimo ocho horas. Necesito hacerlo.
La veo dormir y me digo que tengo que cuidarla, que tengo que aferrarme a esto y no permitir que se vaya a ninguna parte. Pienso: dentro de diez años voy a ser mucho más joven que ahora. Y ella más hermosa.
Tengo ganas de ver el tatuaje, pero no quiero que se despierte. O sí.
También me gustaría decirle algunas cosas. O mejor: leerle unas páginas. Todavía no tuve tiempo de escribirlas, pero juro que están en mi cabeza, palabra por palabra. Es un relato sobre ella, o a partir de ella, aunque debería darle otro nombre. Muy bien: llamémosla Lucía, entonces.
Vuelvo a la cama. La abrazo y enseguida se acomoda a mi cuerpo. Le acaricio la espalda y después empiezo a besarla suavemente. Y así es como todo empieza de nuevo.

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Número 33/ Re-hacer el amor
 Tapa
 Sumario
 Te quiero, te alejo
 te peleo, te adoro
 El hijo del esposo
 de mamá
 Sobreviví por ella
 ...Y comieron
 perdices
 Mi casamiento duró
 una noche
 Fútbol y amor,
 un solo corazón
 Viejas nuevas
 formas de amar
 Foros

Beneficios del amor
Por Luis Gruss, del libro Malos poetas

Se habla mucho, acaso demasiado, sobre el lado oscuro del amor. La abundancia de crímenes pasionales, para colmo, parece dar razón a los enemigos del factor sentimental. Pero a lo sumo ese fenómeno confirma que el enamorado puede sucumbir a los efluvios de un fervor extraño, y que a veces, incluso, termina sumido en graves dolencias.