|
¿Es el mismo
chocolate el que nos ensucia las narices? Yo estoy sentada
sobre mi cama, con la mirada hacia arriba (la cámara está
más alta) y una porción de bizcochuelo en la mano derecha.
Tengo el pelo atado en una colita, oscuro y tirante. Ella
está a mi izquierda, mira al mismo punto, tiene la piel transparente
de tan blanca y las manos embadurnadas con la cobertura marrón.
Por la estatura de ambas, por los globos, por el resto de
los chicos –¿quiénes son?– alrededor de la torta, yo debía
estar cumpliendo unos cinco años.
Mi álbum de los primeros años la tiene como coprotagonista:
Silvia estaba al lado mío en las fotos de la escuela, en las
de Palermo –al pie del ciervo– y en las de Parque Centenario,
bici sin rueditas, jeans, botamangas dobladas hacia afuera
y un pie a tierra. Ella era rubia de ojos celestes y pelo
lacio: la suma de la belleza. Yo era morocha con rulitos..
Silvia vivía del otro lado de una calle en mi casa porque
era algo horrible, pero sí en la de ella porque tenía otro
gusto, claro. Y el olor de las toallas y las sábanas de su
casa –dormía varias noches por semana allá– era sin duda superior
al de las de la mía, por mucho que nuestras mamás hicieran
las compras juntas.
En preescolar la complementariedad resultó clave para descifrar
el mundo: yo sabía leer en imprenta; ella, en cursiva. Nada
ni nadie podría engañarnos nunca más.
Como a los 8 casi la mato. Quién sabe por qué, nos estábamos
peleando en la casa de una tercera amiga, Andrea, que también
vivía en la cuadra. No me acuerdo el motivo pero debía ser
grave porque corrí, escapándome de ella, por un pasillo que
me tiró en la cocina. Y sobre el fuego había una jarra con
leche. No pensé: agarré la jarra, giré y lancé la leche hacia
la puerta por donde estaba entrando Silvia. Se salvó por unos
centímetros.
Cuando teníamos 9 años sus padres decidieron irse a vivir
a otro país. Empecé a llorar en el camino de vuelta del aeropuerto
y no paré por una semana. Nos escribimos. Primero, todos los
viernes. Después alguna vez por mes, sin parar, siempre, hasta
los 17 años. Entonces yo pasé dos meses en su país y la conocí.
Habían pasado ocho años, esos ocho años decisivos. Habíamos
jugado juegos diferentes, en lenguas diferentes. Yo había
vivido la dictadura y me estaba descubriendo latinoamericana.
Silvia no me gustó.
¿Cuál será la química de los amigos? ¿Por qué, a los cinco,
a los seis, Silvia sí y Roxana no? ¿Por qué Silvina –simple,
práctica, directa, dispuesta– y Constanza –hippie, trotskista,
yogui, marihuanera y aristócrata, según la época– y La Negra
–terrenal, acelerada, capaz de decir que “me gusta lo que
hago, pero más me gusta la plata, así que me voy adonde está
la plata”– y la Vivi cantarina que se llevaba los trenes por
delante y Marcela, analítica y contenida, y Gustavo, el ideólogo
estrellado; y Adriana, que cambió su puro cerebro por la música;
y Paula, la intelectual pop que comparte el día a día; y Diana,
diva y cenicienta; y Daniel, el malo más vulnerable del país
y Laura, nueva adquisición, valiente y nena, jugada y new
age? ¿Quién soy yo, para quererlos, tan distintos todos? Primera
hipótesis: los amigos son aquellas partes de mí que no fui,
que no pude ser, que no quise ser. Cada uno permite sacar
esa parte por un rato, actuarla sin peligro, porque con la
propina del café se la llevan de vuelta. Digo: no sólo gente
con quien estar: gente con quien ser.
En tercer grado cambié de escuela y conocí a Marina, mi gran
amiga de la primaria. Rubia, bajita, un asco de prolijidad,
Marina era la traga del grado sin vueltas. Y yo le pisaba
los talones. La crueldad de la época –estuvimos en la misma
escuela del 74 al 78– nos hacía ir con zapatos hasta los días
de gimnasia, así que la recuerdo, pobre, con unos pantalones
de gimnasia azules, a los que su mamá les había cosido una
tira blanca. Los pantalones terminaban en una especie de elástico
que pasaba por debajo del pie, calzado con guillerminas de
punta redonda. Marina nunca se olvidaba el mapa, nunca estaba
despeinada y, cuando el vóley escolar la hacía transpirar,
quedaba como desnaturalizada, como fuera de lugar. Ella era
perfecta en todos los campos; lo mío eran la lengua y la historia;
la geografía no si empezaban a pedir precisiones.
Sin embargo, no nos juntábamos a estudiar. Las tragas del
grado nos encontrábamos horas, tardes, días enteros... a jugar
a los Angeles de Charlie. Ella tenía una atracción loca por
las tres detectives; sentimiento que alcanzó su cima cuando
le sacó fotos al televisor, las hizo revelar como diapositivas
y se independizó así de los horarios de emisión. Hablo de
épocas anteriores al cable y a las videograbadoras, claro.
Yo nunca llegué a tanto, pero en la casa de Marina me tomaba
muy en serio mi personaje: yo era Sabrina, ella era Kelly.
A la tonta de Jill –el personaje de Farrah Fawcett– no la
hacía ninguna. A cierta altura de la primaria creo que nos
empezó a dar pudor ese juego, o tal vez la pasión que poníamos
en él, la intimidad que implicaba. Y la puesta en escena –bajo
la máscara de esa otra que era cada personaje– del deseo de
sufrir, gozar, amar hasta el asesinato o la humillación. Ese
juego era un secreto que revelo aquí por primera vez y espero
que Marina se haya mudado a Groenlandia y nunca se entere
de esta traición.
Tengo amigos –casi siempre, amigas– por épocas, y amigos de
siempre. No distingo calidades en esa diferencia. Amigos por
épocas, que acompañan un tramo en particular. Son vínculos
que suelen tener una intensidad a la altura de la de un buen
amor. Y de repente alguna circunstancia cambia y listo, se
terminó. A veces porque estuvieron demasiado cerca y fueron
testigos de situaciones indecorosas; siempre ha sido más fácil
matar al mensajero. A veces porque se acabó algo que teníamos
en común –una actividad, una lucha, un trabajo– y sin eso,
nos desconocimos. Como en el amor, no creo que el fin sea
el fracaso.
Es más doloroso cuando la época de una amiga pasa más lentamente.
Cuando me va dejando de gustar. Soy apegada, me resisto, pero
hay disensos de los que no puedo volver. Generalmente trato
de hacer como que todavía fluyen la inteligencia y el amor
entre nosotras e insisto en algunos encuentros. Reconozco
el final cuando me veo –frente a alguien a quien le soné los
mocos– cuidadosa, delicada en las opiniones. Cuando me pongo
el guante de seda es porque no queda nada.
Tuve dos amigas en la secundaria: Gabriela y Judith. Gabriela
era alta, tenía unos ojos muy celestes, hablaba con esa calma
de sahumerio y morral. Gabriela era la adolescente soñada
para mí, a comienzos de los 80. Era una escuela de mujeres
y si los amores eran nuestro tema principal, ella tenía sus
particu-laridades: un novio secreto, oculto. No era un desconocido:
en la división muchas lo trataban los fines de semana. Pero
nadie sabía que, cuando la salida terminaba, él volvía con
Gabriela, la besaba, le mandaba regalos. Yo también había
visto al Romeo pero para mí él era, sobre todo, un personaje
del relato cotidiano de mi amiga. La escuché, todos los días,
durante dos años. La acompañé al grupo donde él estaba y donde
se fingían indiferentes. Leí las cartas que él le mandaba
y ella transcribía para que, en la división, no se enteraran
de nada. Me emocioné con sus relatos. Hasta que un maldito
día empecé a desconfiar. Algo de lo que Gabriela decía no
cerraba. Traté de sorprenderla en contradicción; cada vez
mostró cintura y explicó la coherencia que yo no veía. Admiré
su destreza, pero no le creía más. Ni lo del novio ni lo del
hermano del novio enamorado irremediablemente de su belleza
doblemente prohibida, ni sus historias familiares, ni nada.
Un recontramaldi to día hablé con una de esas compañeras que
la trataban afuera de la escuela: “¿Cómo te lo íbamos a decir
justo a vos?”, me contestó, compasiva. Fui a buscarla y le
dije todo. No tuve la piedad de pensar que le pasaba algo,
que no debía sentirse a la altura de la vida, que ahora sí
me necesitaba. Lo único que vi fueron dos años de engaños
y el desgarro de mi propia pérdida. Lloró hasta que se aclararon
sus ojos celestes. Me pareció que así estaba hermosa.
Fue más o menos en la misma época –años 79, 80– que conocí
a dos de las que serían mis amigas para siem pre (por ahora).
A la Negra la tenía vista por los caminitos del club. A los
13 años era sexy y sabía que podía manejar el mundo con un
dedo... si lo movía suave. La muchachada se juntaba para verla
bailar, sin metáfora. Hacían rondas a su alrededor. Y tenía
13 años. El punto es que resultó que íbamos a estar juntas
en un campamento. Aunque teníamos la misma edad, yo era una
nena al lado de ella, pero unos días antes de salir me encontró
en el vestuario y ordenó: “Vos vas a ser amiga mía”. Estuve
de acuerdo.
Aprendí, en esos días en las sierras, que es lindo andar con
la reina de la fiesta, pero te condena a aplaudir en la ronda.
A la edad en que me preguntaba si podría seducir a alguien,
si le podría gustar a alguien, si no era petisa, gorda y con
granos purulentos, andar al lado de la Negra era una garantía:
no es ninguna vergüenza no desafiar en un fulbito a Maradona.
Aprendí, al lado de la Negra, que no había táctica posible.
A fuerza de hacer el ridículo lo aprendí, porque ella me explicaba
detalladamente lo que tenía que hacer y yo lo intentaba.
|