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Por Patricia Kolesnikov
Periodista
 Hoy quiero contarte algo
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¿Es el mismo chocolate el que nos ensucia las narices? Yo estoy sentada sobre mi cama, con la mirada hacia arriba (la cámara está más alta) y una porción de bizcochuelo en la mano derecha. Tengo el pelo atado en una colita, oscuro y tirante. Ella está a mi izquierda, mira al mismo punto, tiene la piel transparente de tan blanca y las manos embadurnadas con la cobertura marrón. Por la estatura de ambas, por los globos, por el resto de los chicos –¿quiénes son?– alrededor de la torta, yo debía estar cumpliendo unos cinco años.

Mi álbum de los primeros años la tiene como coprotagonista: Silvia estaba al lado mío en las fotos de la escuela, en las de Palermo –al pie del ciervo– y en las de Parque Centenario, bici sin rueditas, jeans, botamangas dobladas hacia afuera y un pie a tierra. Ella era rubia de ojos celestes y pelo lacio: la suma de la belleza. Yo era morocha con rulitos..
Silvia vivía del otro lado de una calle en mi casa porque era algo horrible, pero sí en la de ella porque tenía otro gusto, claro. Y el olor de las toallas y las sábanas de su casa –dormía varias noches por semana allá– era sin duda superior al de las de la mía, por mucho que nuestras mamás hicieran las compras juntas.

En preescolar la complementariedad resultó clave para descifrar el mundo: yo sabía leer en imprenta; ella, en cursiva. Nada ni nadie podría engañarnos nunca más.

Como a los 8 casi la mato. Quién sabe por qué, nos estábamos peleando en la casa de una tercera amiga, Andrea, que también vivía en la cuadra. No me acuerdo el motivo pero debía ser grave porque corrí, escapándome de ella, por un pasillo que me tiró en la cocina. Y sobre el fuego había una jarra con leche. No pensé: agarré la jarra, giré y lancé la leche hacia la puerta por donde estaba entrando Silvia. Se salvó por unos centímetros.

Cuando teníamos 9 años sus padres decidieron irse a vivir a otro país. Empecé a llorar en el camino de vuelta del aeropuerto y no paré por una semana. Nos escribimos. Primero, todos los viernes. Después alguna vez por mes, sin parar, siempre, hasta los 17 años. Entonces yo pasé dos meses en su país y la conocí. Habían pasado ocho años, esos ocho años decisivos. Habíamos jugado juegos diferentes, en lenguas diferentes. Yo había vivido la dictadura y me estaba descubriendo latinoamericana. Silvia no me gustó.


¿Cuál será la química de los amigos? ¿Por qué, a los cinco, a los seis, Silvia sí y Roxana no? ¿Por qué Silvina –simple, práctica, directa, dispuesta– y Constanza –hippie, trotskista, yogui, marihuanera y aristócrata, según la época– y La Negra –terrenal, acelerada, capaz de decir que “me gusta lo que hago, pero más me gusta la plata, así que me voy adonde está la plata”– y la Vivi cantarina que se llevaba los trenes por delante y Marcela, analítica y contenida, y Gustavo, el ideólogo estrellado; y Adriana, que cambió su puro cerebro por la música; y Paula, la intelectual pop que comparte el día a día; y Diana, diva y cenicienta; y Daniel, el malo más vulnerable del país y Laura, nueva adquisición, valiente y nena, jugada y new age? ¿Quién soy yo, para quererlos, tan distintos todos? Primera hipótesis: los amigos son aquellas partes de mí que no fui, que no pude ser, que no quise ser. Cada uno permite sacar esa parte por un rato, actuarla sin peligro, porque con la propina del café se la llevan de vuelta. Digo: no sólo gente con quien estar: gente con quien ser.

En tercer grado cambié de escuela y conocí a Marina, mi gran amiga de la primaria. Rubia, bajita, un asco de prolijidad, Marina era la traga del grado sin vueltas. Y yo le pisaba los talones. La crueldad de la época –estuvimos en la misma escuela del 74 al 78– nos hacía ir con zapatos hasta los días de gimnasia, así que la recuerdo, pobre, con unos pantalones de gimnasia azules, a los que su mamá les había cosido una tira blanca. Los pantalones terminaban en una especie de elástico que pasaba por debajo del pie, calzado con guillerminas de punta redonda. Marina nunca se olvidaba el mapa, nunca estaba despeinada y, cuando el vóley escolar la hacía transpirar, quedaba como desnaturalizada, como fuera de lugar. Ella era perfecta en todos los campos; lo mío eran la lengua y la historia; la geografía no si empezaban a pedir precisiones.

Sin embargo, no nos juntábamos a estudiar. Las tragas del grado nos encontrábamos horas, tardes, días enteros... a jugar a los Angeles de Charlie. Ella tenía una atracción loca por las tres detectives; sentimiento que alcanzó su cima cuando le sacó fotos al televisor, las hizo revelar como diapositivas y se independizó así de los horarios de emisión. Hablo de épocas anteriores al cable y a las videograbadoras, claro. Yo nunca llegué a tanto, pero en la casa de Marina me tomaba muy en serio mi personaje: yo era Sabrina, ella era Kelly. A la tonta de Jill –el personaje de Farrah Fawcett– no la hacía ninguna. A cierta altura de la primaria creo que nos empezó a dar pudor ese juego, o tal vez la pasión que poníamos en él, la intimidad que implicaba. Y la puesta en escena –bajo la máscara de esa otra que era cada personaje– del deseo de sufrir, gozar, amar hasta el asesinato o la humillación. Ese juego era un secreto que revelo aquí por primera vez y espero que Marina se haya mudado a Groenlandia y nunca se entere de esta traición.

Tengo amigos –casi siempre, amigas– por épocas, y amigos de siempre. No distingo calidades en esa diferencia. Amigos por épocas, que acompañan un tramo en particular. Son vínculos que suelen tener una intensidad a la altura de la de un buen amor. Y de repente alguna circunstancia cambia y listo, se terminó. A veces porque estuvieron demasiado cerca y fueron testigos de situaciones indecorosas; siempre ha sido más fácil matar al mensajero. A veces porque se acabó algo que teníamos en común –una actividad, una lucha, un trabajo– y sin eso, nos desconocimos. Como en el amor, no creo que el fin sea el fracaso.

Es más doloroso cuando la época de una amiga pasa más lentamente. Cuando me va dejando de gustar. Soy apegada, me resisto, pero hay disensos de los que no puedo volver. Generalmente trato de hacer como que todavía fluyen la inteligencia y el amor entre nosotras e insisto en algunos encuentros. Reconozco el final cuando me veo –frente a alguien a quien le soné los mocos– cuidadosa, delicada en las opiniones. Cuando me pongo el guante de seda es porque no queda nada.

Tuve dos amigas en la secundaria: Gabriela y Judith. Gabriela era alta, tenía unos ojos muy celestes, hablaba con esa calma de sahumerio y morral. Gabriela era la adolescente soñada para mí, a comienzos de los 80. Era una escuela de mujeres y si los amores eran nuestro tema principal, ella tenía sus particu-laridades: un novio secreto, oculto. No era un desconocido: en la división muchas lo trataban los fines de semana. Pero nadie sabía que, cuando la salida terminaba, él volvía con Gabriela, la besaba, le mandaba regalos. Yo también había visto al Romeo pero para mí él era, sobre todo, un personaje del relato cotidiano de mi amiga. La escuché, todos los días, durante dos años. La acompañé al grupo donde él estaba y donde se fingían indiferentes. Leí las cartas que él le mandaba y ella transcribía para que, en la división, no se enteraran de nada. Me emocioné con sus relatos. Hasta que un maldito día empecé a desconfiar. Algo de lo que Gabriela decía no cerraba. Traté de sorprenderla en contradicción; cada vez mostró cintura y explicó la coherencia que yo no veía. Admiré su destreza, pero no le creía más. Ni lo del novio ni lo del hermano del novio enamorado irremediablemente de su belleza doblemente prohibida, ni sus historias familiares, ni nada. Un recontramaldi to día hablé con una de esas compañeras que la trataban afuera de la escuela: “¿Cómo te lo íbamos a decir justo a vos?”, me contestó, compasiva. Fui a buscarla y le dije todo. No tuve la piedad de pensar que le pasaba algo, que no debía sentirse a la altura de la vida, que ahora sí me necesitaba. Lo único que vi fueron dos años de engaños y el desgarro de mi propia pérdida. Lloró hasta que se aclararon sus ojos celestes. Me pareció que así estaba hermosa.

Fue más o menos en la misma época –años 79, 80– que conocí a dos de las que serían mis amigas para siem pre (por ahora). A la Negra la tenía vista por los caminitos del club. A los 13 años era sexy y sabía que podía manejar el mundo con un dedo... si lo movía suave. La muchachada se juntaba para verla bailar, sin metáfora. Hacían rondas a su alrededor. Y tenía 13 años. El punto es que resultó que íbamos a estar juntas en un campamento. Aunque teníamos la misma edad, yo era una nena al lado de ella, pero unos días antes de salir me encontró en el vestuario y ordenó: “Vos vas a ser amiga mía”. Estuve de acuerdo.

Aprendí, en esos días en las sierras, que es lindo andar con la reina de la fiesta, pero te condena a aplaudir en la ronda. A la edad en que me preguntaba si podría seducir a alguien, si le podría gustar a alguien, si no era petisa, gorda y con granos purulentos, andar al lado de la Negra era una garantía: no es ninguna vergüenza no desafiar en un fulbito a Maradona. Aprendí, al lado de la Negra, que no había táctica posible. A fuerza de hacer el ridículo lo aprendí, porque ella me explicaba detalladamente lo que tenía que hacer y yo lo intentaba.

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Número 25/ Amigos
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