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Estreno
LOS COEN EN VIDEO
La historia de un peluquero con aspiraciones es el disparador de la arrolladora máquina de los hermanos Coen. Su desmedido homenaje al cine negro llega al video.

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Los Coen siempre están.
A partir de las primeras imágenes, toda la elegancia y la fluidez, todo el talento formal propio de los Coen cuando están en su mejor forma, cuando brillan. Pero también, su faceta chata, casi arcaizante, de un cine que desborda de referencias, bajo el riesgo de resultar tan vano como agotador.

Como todas las buenas películas de los hermanos Coen, El hombre que nunca estuvo oscila entre el innegable placer inmediato que produce en el espectador y su dificultad para dejar una huella duradera. A la película, infinitamente seductora, le cuesta prolongar su encanto, su hechizo, algo que se hace evidente en la carencia explícita de elementos que estén a la altura de sus más que evidentes virtudes de fabricación y buenas intenciones potenciales.

Sobre una intriga digna de una novela de James M. Cain -la referencia principal-, comienza con la voz en off de Ed Crane, un peluquero de vida minúscula que oculta su gran insatisfacción bajo toneladas de indiferencia. Buen marido, empleado modelo y ciudadano respetado por todos, Crane termina cediendo al demonio de la aventura, lanzándose en una de las más arriesgadas inversiones: ¡una empresa de lavado en seco! Para financiar su gran proyecto, chantajea de manera anónima al patrón y amante de su mujer. Y no hace falta más: se pone en marcha el fatal engranaje del aparato Coen.

El blanco y negro es espléndido, y está trabajado al mismo tiempo para mostrar toda la banalidad de una pequeña ciudad californiana de fines de los años 40 con algún que otro toque expresionista. Si la película se despliega armoniosamente en su bello envoltorio, se lo debe también a sus virtudes de escritura, al hecho de que los Coen están llenos de ideas y que no tienen equivalentes a la hora de extraer lo máximo posible de una escena.

Sin embargo, en lugar de contentarse con acumularlas como si fueran perlas, la película se apoya sobre sus innumerables y agotadoras referencias para proponer una galería de retratos, un desfile de personajes que le dan su espesor humano, su densidad de tragedia.
Ese contraste entre la pequeñez de los personajes, de los motivos norteamericanos, y el cuidado maniático con el que son animados, resume el film entero, una película en definitiva de “alta costura”.

Más ligera que una burbuja de champagne, que no da dolor de cabeza al día siguiente e inventa una categoría extraña, de la que los Coen son los campeones indiscutidos: lo irrisorio atractivo, y la euforia sin consecuencias.

Frédéric Bonnaud


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