La política y el poder son oficios siniestros en mi país. No creo que un escritor deba desentenderse de los asunto políticos, me gustan los escritores que se arriesgan y se pronuncian.
Siempre he dicho que me oponía a la reelección de Fujimori porque era ilegal, era algo que violentaba la constitución que él mismo había mandado a diseñar. Su elección ha sido muy tramposa, no estoy tan seguro de que la mayoría de los peruanos lo hayan votado. Sigo con atención la vida pública de mi país.
Miami es un espejismo, una quimera que está presente en mis libros. Es una fantasía instalada en la imaginación del latinoamericano promedio: si no sueña con irse a vivir a Miami, por lo menos sueña con ir de compras de vez en cuando.
De niño soñaba con ir a Disney, todos mi compañeros lo conocían y en cierta medida yo me sentía inferior por no conocerlo. Cuando finalmente fui, resultó ser una verdadera pesadilla: las colas, el calor, la idiotez general
Me preguntaba: ¿esto era lo que buscaba? Pero nos han hecho creer que esa es la felicidad.
Miami es la ciudad menos literaria del mundo, ser escritor allí es como ser torero en Suiza, no tiene ningún sentido, nadie lee libros, y menos aún en español. Curiosamente nunca pude escribir nada en Lima, siempre escribí en Washington o en Miami. Hace tanto calor en Miami que pocas veces salgo de casa y me paso días enteros encerrado escribiendo. Cuando estoy en Lima me divierto y no escribo nada.
Mi madre siempre me pregunta por qué escribo cosas tan feas y violentas, por qué no escribo historias en las que la gente sea feliz, en las que los hombres y las mujeres se casen y tengan hijos. Creo que la felicidad pocas veces hace buena literatura. Tal vez habría que preguntarle a Coelho cómo lo logra