La culpa es un instrumento verdaderamente explosivo para hacer literatura. Si yo no cargara con tanta culpa sobre mis escuálidos hombros probablemente no hubiera escrito nada. Le agradezco la culpa a mis padres, a la Iglesia Católica y a muchas otras instituciones o personas que no quiero nombrar porque sería un lista verdaderamente infinita. Un escritor sin culpa es un escritor sin voz, sin penas, sin obsesiones. Mi madre, que es al mismo tiempo mi lectora más sufrida y sabia, me dijo en cuanto ojeó la novela, sin detenerse en detalles: ¿tu has escrito ese libro para recuperar los amigos que perdiste, o para perderlos definitivamente?.
Mi respuesta fue que no sabía, que no tenía la menor idea.
Son desde luego propósitos contradictorios e incompatibles, que revelan que uno suele ser también una contradicción en sí misma. Por eso hay en el libro cierto tono sincero de arrepentimiento y también, por momentos, una mirada cínica mezclada con ganas irreprimibles de contar más allá de lo que el pudor puede llegar a sugerir y permitir.
Por otra parte, en honor a la verdad, no he escrito el libro con la ilusión de recuperar esos amigos que inspiraron personajes ficticios; lo he escrito pura y simplemente porque no pude evitarlo.
Creo que existe un límite sobre aquello de lo que debe dar cuenta un escritor. Pero es un límite que yo no fijaría con criterios morales: nadie me creería, y a esta altura de mi vida yo no voy a fingir ser un predicador.
Creo mejor que lo fijaría con criterios estéticos, la literatura no es moral o inmoral: es buena o es mala. Es buena cuando te empuja y caes rendido frente a su hechizo, cuando frente a tus ojos, esos personajes que no te puedes sacar de encima aun después de leer el libro están vivos y sus historias te conmueven. Eso es buena literatura. Si hay o no parte de la biografía del autor en una obra me parece un dato irrelevante.