El personaje central de mi novela se llama Manuel, es un escritor que vive en una casa en Miami; se siente muy solo y echa de menos a cinco amigos: cuatro amigos y una amiga, y uno de los amigos un poco más que amigo. Se trata de gente que en realidad tuvo una presencia muy intensa en su vida y que han perdurado en su memoria y su imaginación.
Hay una carta dirigida a su ex-amante, el otro Manuel también escritor, a quien conoció en Lima, ciudad que forjó a ambos como escritores. Entre ellos existió siempre una relación distante y recelosa que es, sospecho, la que suele existir entre escritores. No entiendo por qué los escritores, generalmente, tienen tantas dificultades para decir dos o tres cosas amables con respecto a algún colega, sobre todo cuando ese colega pertenece a la misma generación.
Acabo de llegar de Santiago, en donde le dieron el Premio Nacional de Literatura a Zurita, un poeta realmente valioso, autor de libros más que importantes y dueño de un verdadero arsenal de actos poéticos signados por una rebeldía sin par (casi queda ciego luego de haberse tirado ácido en la cara).
Medio establishment literario chileno ha dicho que es una verdadera vergüenza haberle dado el premio ya que se trata de un escritor mediocre reconocido nada más que por ser amigo de Lagos. Es un espectáculo bastante penoso cuando entre escritores nos decimos cosas tan mezquinas.
Lo que Manuel (el escritor de mi novela) intenta decirle al otro Manuel (a su ex-amigo) no es otra cosa más que hombre, si bien tu escribes bastante mejor que yo y eres un escritor de verdad porque eres fiel a tu pasión y no te quieres vender (risas) y has sabido preservar con un celo admirable tu anonimato, eso no te da derecho a subestimarme o a descalificarme. No me digas que porque yo salgo en la tele no puedo escribir o bien soy un escritor menor.