Unos 50 países están aplicando ahora impuestos al comercio exterior, para garantizar el abastecimiento interno y paliar el traslado del precio internacional de alimentos y energía a sus propios mercados.
Es lo que intenta hacer (con esos más otros objetivos fiscales, y con todos los problemas que le ha generado) el gobierno de la Argentina, pero también los de países como Bolivia, Ecuador, Perú, China, Vietnam, Rusia, Malasia, Indonesia, Egipto, etc. Ya quisiera hacerlo el de México, donde la suba del precio del maíz, la comida básica del pueblo, provocó el año pasado una crisis profunda. Pero a México lo atan las condiciones impuestas en el Tratado de Libre Comercio Norteamericano (el Nafta).
Sea por la enorme y creciente demanda de "nuevos" mercados (centralmente China, pero también India y otros, donde se han agregado cientos de millones de consumidores en pocos años), o por los problemas de oferta (por ejemplo, las sequías en Australia y Canadá el año pasado, dos grandes exportadores de granos y carnes, o la difusión de los biocombustibles, que desplazan cultivos), o sea finalmente por la especulación de inversores con precios futuros de commodities (si especularon con las punto.com y con las hipotecas, por qué no habrían de hacerlo con la comida), la inflación de precios en productos básicos volvió después de muchos años a preocupar en todo el mundo, no sólo en Argentina.
En la Unión Europea, entre las quejas que más se escucharon estos meses en España o Italia, por citar dos países con culturas afines a la nuestra, está la inflación, y en particular en alimentos. Lo reconoció la propia comisionada de Agricultura y Alimentos de la UE cuando vino a la Argentina a fines de 2007.
Y no es sólo por la fortaleza del euro. Países con divisa devaluada, como EE.UU y el dólar, también sufren inflación en este período. En Brasil, en los últimos doce meses el feijao, también clave en la dieta diaria del pueblo, subió 168% en un año.
También la energía sigue siendo un tema sensible ante un mundo que busca cambiar la matriz (fósiles versus energías limpias, auge explosivo de los biocombustibles, resurgimiento en el interés por la energía nuclear, nuevos descubrimientos de cuencas de petróleo y gas en Sudamérica, etc.), y es otro factor de aumento de precios, incluida su nada despreciable cuota de especulación en los tres mercados que oligopolizan el negocio: Nueva York y Londres en primer lugar, luego Singapur.
En el caso de los biocombustibles, el Food Policy Research Institute, de Washington, estimó recientemente que su producción da cuenta de entre un cuarto y un tercio del aumento reciente de los precios agrícolas mundiales.
En su reciente reunión anual en Washington, el FMI y el Banco Mundial, esa en la que el líder del BM Bob Zoellick graficó el tema con una bolsa de arroz y pan en una foto que recorrió el mundo, advirtieron sobre una caída en el crecimiento global (para 2008 y 2009, en torno al 3,7 por ciento), pero aún así dijeron que las preciones sobre precios de materias primas seguirán con su tendencia.
Y uno de los analistas críticos del orden actual más estudiosos de los ciclos económicos, el chileno Orlando Caputo, señala en su último estudio que la crisis hipotecaria en EE.UU. y la recesión en ese país podría mirarse como la séptima crisis cíclica de las últimas dos décadas.
En ese sentido, sostuvo que una de sus características podría ser -como en el perído 1974-1975, gatillada sobre todo por el boom de precios energéticos- una sobreproducción y caída de precios en productos industriales, por menor demanda global, pero al mismo tiempo una subproducción o escacez de materias primas, energético y alimentos, con aumento de precios en este caso.
El Fondo de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, la FAO, prevé tres años duros en precios de alimentos, para luego pronosticar una estabilización.
El índice de precios de alimentos de la revista The Economist es hoy el más alto desde su creación en 1845. Si por tres décadas hasta 2005 había caído tres cuartas partes, desde entonces subió 75%.
Nada de todo esto calma los temores en Argentina sobre la suba de precios. Temores de la gente y del gobierno, ya que si se consolidan aumentos anuales en torno al 15 a 30% promedio en alimentos, se desbarata los muchos avances que ha habido en los ingresos (en jubilaciones, en salarios, en negociaciones colectivas, en la derogación de la Ley Banelco, etc.).
Pero aunque no calme las cosas, es necesario no perder de vista el contexto mundial. Quizá no tengan los otros países la anécdota mediática de un Guillermo Moreno o un Alfredo De Angeli (o, al menos, no se conoce tanto desde aquí quiénes ocupan sus roles en, digamos, México o Vietnam). Pero sí a todos los une la inquietud sobre la inflación, luego de años en que más bien prevalecía el temor por la deflación.
Terra
/ Néstor Restivo.
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