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Cuando
el tango ya supera los cien años aún son frecuentes las discusiones
sobre su origen. Todavía hay quienes aseguran sobre el componente
negro en sus raíces -tesis que larga en 1926 con el especialista
Vicente Rossi-. En la senda opuesta hay historiadores que afirman
que ni siquiera es primo lejano del afro candombe.
Lo que no se discute es el carácter portuario de la música.
Allí hay que remitirse para largar este siglo y pico de historia.
La fecha de surgimiento es también imprecisa. Ronda fines de
siglo XIX. La inmigración italiana acercó los primeros músicos;
el triangulo La Habana-Madrid-Buenos Aires fue crucial en los
ritmos fundadores: chotis y habanera. Una propuesta que antes
que prostibularia fue orillera.
En los márgenes saltaron los primeros bosquejos. Y en los boliches
(la calle Necochea de La Boca fue uno de los epicentos) esta
música alegre, juvenil y pícara encontró a sus primeros grandes
nombres: Rosendo Mendizábal, Eduardo Arolas, Angel Villoldo.
Fueron muchos más. La mayoría de ellos fueron
completamente autodidactas. Incluso componían sin conocer que
era una partitura.
El baile en el tango siempre fue crucial. Nació como una danza
improvisada, con dos características bien peculiares. Una, hay
una disociación entre lo que ocurre en las piernas y en el torso.
Dos, mientras las danzas se apoyan en el ritmo, el tango lo
hace en la melodía.
Fue tan fundamental la danza que permitió revivir al tango en
1913 cuando en medio de una de sus cíclicas crisis, triunfó
en París, gracias a la danza. Lo será también cerca de 1985
cuando el éxito norteamericano y europeo de la compañía Tango
Argentino rebota en su ciudad natal. Pero volvamos a los años
10. Carlos Gardel tuvo que ver en que el tango pase de los pies
al resto del cuerpo. En 1917 inauguró el tango canción
con Mi noche triste.
Si como sostiene la investigadora Nélida Rouchetto, Gardel "inventaba"
los tangos, porque a muchos de ellos directamente él los estrenaba,
entonces habrá que creer que con los años, efectivamente, esos
temas llegaron a ensayar solos por la noche. La impronta gardeliana
marcó los años 20 y 30. Y se agigantó tras su muerte.
La figura del cantor con orquesta tuvo como popes, además, a
Ignacio Corsini y a Agustín Magaldi. Entre las mujeres, las
cancionistas Tita Merello, Azucena Maizani, Ada Falcón, Rosita
Quiroga y Nelly Omar también hicieron época. Pero la crisis
del 30 hizo mella en el país y en el tango. Sólo el éxito de
Juan D`Arienzo a fines de la década comenzó a revertir la situación.
"Rianse pero gracias a él comemos" decía
Troilo cuando sus músicos bromeaban sobre el estilo rítmico
y apresurado de D `Arienzo. Los 40 fueron definitivamente los
mejores años del tango. Tiempos en que se unió una enorme generación
de poetas (Discépolo, Manzi, Expósito), cantores (Casal, Berón,
Marino) y orquestas (Troilo, Pugliese, De Angelis, Francini-Pontier),
que hasta tenían hinchada. Tiempos en los que se escribieron
las páginas más inspiradas de los 50 mil tangos que conforman
el género.
Si se reconoce que Astor Piazzolla es un capítulo aparte en
el tango, entonces habrá que decir que los años 60, 70 y 80
vieron como el tango, salvó excepciones (Julio Sosa), se desvaneció,
perdió orquestas, masividad y su estética empezó a desdibujarse.
En esto tuvieron que ver programas de televisión que mostraron
al tango como algo vetusto, perdido en el tiempo.
El milagro fue a comienzos de los 90. De golpe, el éxito internacional
de la compañía Tango Argentino abrió fronteras
en todo el mundo. Otra vez el baile lo hizo posible. Una nueva
generación salió a bailar el tango. Y de los pies se fue para
arriba. Se formaron algunas orquestas (una institución que estaba
prácticamente anulada) y dejó de ser visto como anacrónico.
Porteño o universal, tango-danza o poesía de Buenos Aires, el
tango sobrevivió todas las crisis. Con más de un siglo de tango,
aún está vivo y se sigue proyectando con nuevos músicos y compositores.
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